PolíticaSociedad

A 83 años del golpe del GOU: el día que Perón empezó a construir su poder

Compartir:

Este jueves se cumplen 83 años de aquel 4 de junio de 1943, cuando tropas del Ejército salieron de Campo de Mayo rumbo a Buenos Aires para derrocar al gobierno de Ramón Castillo. En la Casa Rosada, el presidente intentaba resistir mientras en el Ejército distintos grupos de conspiradores aceleraban sus movimientos. La sociedad y los partidos políticos vivían un desconcierto generalizado sobre el significado de aquella revolución.

Uno de los rasgos más singulares del golpe fue su ambigüedad inicial. Durante las primeras horas, sectores muy diversos creyeron que los militares actuaban en su nombre. Radicales, nacionalistas y aliadófilos interpretaron el levantamiento según sus propias expectativas, generando una confusión que el socialista Nicolás Repetto, desde Estados Unidos, resumió al ver a la Argentina “rebajada a la categoría de aquellas republiquetas sudamericanas de antaño”.

Sin embargo, detrás de esa confusión pública, una dinámica militar más definida se gestaba. El GOU (Grupo de Oficiales Unidos), conformado meses antes por oficiales nacionalistas y neutralistas, observaba con alarma el inminente proceso electoral. Faltaban solo tres meses para las elecciones presidenciales y temían tanto el triunfo fraudulento de Robustiano Patrón Costas, a quien consideraban pro-Aliados, como la victoria de una Unión Democrática integrada por radicales, socialistas y demócratas progresistas. Para estos oficiales, entre los que ya se encontraba Juan Domingo Perón, el golpe se presentaba como la única vía para impedir que la sucesión presidencial quedara en manos de los partidos civiles y para preservar la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial.

El golpe no fue un hecho aislado, sino la culminación de múltiples crisis acumuladas. La enfermedad y fallecimiento del presidente Roberto M. Ortiz, que buscaba erradicar el fraude; la restauración conservadora de Castillo; el fracaso del acuerdo entre radicales y conservadores de 1941; la división generada por la Segunda Guerra Mundial; la muerte de Agustín P. Justo y la candidatura de Patrón Costas, fueron todos factores que confluyeron en el Ejército, donde sectores pro-Aliados y los neutralistas del GOU, aunque por motivos distintos, coincidieron en la necesidad de derrocar al gobierno.

Las tensiones previas: Ortiz, Castillo y la Segunda Guerra Mundial

La relación entre Ortiz y Castillo fue tensa desde el inicio. Ortiz, radical antipersonalista, había sido impuesto por el presidente Agustín P. Justo como candidato, mientras que Castillo, conservador, fue aceptado como vice. Tras una elección marcada por el fraude, Ortiz impulsó una política para eliminar las prácticas fraudulentas y la violencia política. Intervino San Juan, Catamarca y la poderosa provincia de Buenos Aires, decisiones que generaron una guerra interna en la coalición gobernante, ya que Castillo desconfiaba del desmantelamiento del sistema conservador.

El proyecto de Ortiz iba más allá de sanear las elecciones. Buscaba una transformación política profunda, un nuevo bloque que superara las viejas divisiones partidarias. Su mirada internacional era distinta: menos dependencia del Reino Unido, más cercanía con Estados Unidos. En lo social, mostraba una sensibilidad inusual para la época, hablando de vivienda obrera y alentando una CGT independiente.

Sin embargo, Ortiz estaba gravemente enfermo de diabetes. En julio de 1940 delegó la presidencia en Castillo. A su enfermedad se sumó un escándalo por la venta de tierras de El Palomar, que llevó a la renuncia de Ortiz, rechazada por el Congreso. Lo que siguió fue una agonía política y física que duró más de dos años, con intentos de juicio político y un deterioro de su salud que culminó con su muerte en julio de 1942, tres semanas después de su renuncia formal.

El regreso conservador y la neutralidad

Tras asumir, Castillo reorganizó el gabinete. Aunque Justo conservó cierta influencia inicial, el rumbo político cambió rápidamente. El fraude electoral regresó con fuerza en Mendoza y Santa Fe a fines de 1940 y principios de 1941. Castillo avanzaba hacia la restauración del viejo orden conservador y el mantenimiento de la neutralidad argentina en la guerra.

Federico Pinedo intentó una última salida institucional: un acuerdo entre conservadores y radicales para normalizar la vida política y aprobar su Plan de Reactivación Económica. Propuso un pacto a Marcelo T. de Alvear que incluía el abandono del fraude y listas comunes, pero los conservadores se negaron a anular los comicios fraudulentos en Mendoza y Santa Fe. Pinedo renunció en enero de 1941, y Julio Argentino Roca (h) también dejó el gabinete, dejando a Castillo libre para imponer a sus propios hombres.

Mientras la política interna estaba en crisis, la Segunda Guerra Mundial profundizaba las divisiones. Ortiz había declarado la neutralidad en 1939, pero su gobierno se inclinó hacia los Aliados. Con Castillo, la neutralidad adquirió otro sentido, convirtiéndose en una bandera compartida por nacionalistas militares, grupos católicos y conservadores autoritarios.

En enero de 1942, durante la Conferencia de Río de Janeiro, el canciller Ruiz Guiñazú se negó a romper relaciones con el Eje. La Argentina quedó cada vez más aislada dentro del continente.

En agosto de 1942, Brasil declaró la guerra al Eje. Al día siguiente, Justo se ofreció a combatir junto al Ejército brasileño, un gesto que lo proyectó políticamente como la gran alternativa electoral pro-Aliada. Su casa se convirtió en centro de reuniones para radicales, socialistas, demócratas progresistas y militares, con la idea de una Unión Democrática liderada por él. Sin embargo, el 10 de enero de 1943, Justo sufrió un derrame cerebral y falleció al día siguiente, desarticulando a la oposición y fortaleciendo a las logias nacionalistas dentro del Ejército.

La muerte de Justo dejó huérfana la construcción de la Unión Democrática. Los partidos no lograban acordar una fórmula presidencial, con negociaciones que se extendieron sin éxito hasta el día del golpe. Simultáneamente, la muerte de Justo aceleró la consolidación del GOU, que veía con alarma tanto la posibilidad de una Unión Democrática con participación comunista como el triunfo de Patrón Costas, considerado aliadófilo.

El detonante y la marcha hacia el poder

El detonante inmediato se produjo a fines de mayo, cuando diputados radicales ofrecieron la candidatura presidencial de la Unión Democrática al ministro de Guerra, general Pedro Ramírez. Castillo, al enterarse, le exigió explicaciones y le pidió la renuncia la noche del 3 de junio.

Minutos después, Ramírez buscó al general Arturo Rawson, quien explicó la situación a 14 jefes de unidades y trazó el programa del movimiento: romper relaciones con el Eje, devolver las libertades al pueblo y asegurar elecciones limpias. Era un programa aliadófilo y democrático, que poco tenía que ver con los objetivos del GOU y del sector nacionalista del Ejército, pero esa contradicción se postergaría.

A las cuatro de la mañana del 4 de junio, una columna de aproximadamente 10.000 hombres de Campo de Mayo y Liniers marchó hacia Buenos Aires. Un confuso tiroteo con tropas leales frente a la Escuela de Mecánica de la Armada dejó decenas de muertos y heridos, siendo la única resistencia seria.

Al pasar frente a la Escuela de Mecánica de la Armada hubo un confuso tiroteo con las tropas leales, que dejó decenas de muertos y heridos. Fue la única resistencia seria.

Castillo pasó la noche en la Casa Rosada, decidido a resistir. Designó al general Carlos Márquez como “comandante supremo de las fuerzas de represión”, pero Márquez concluyó que la resistencia era inviable. Al mediodía, Castillo, sus ministros y los candidatos Patrón Costas e Iriondo abandonaron la Casa Rosada y se refugiaron en el buque A.R.A. Drummond, intentando organizar una resistencia apoyada en la Marina, que tampoco lo respaldaría.

Horas más tarde, Rawson y los militares sublevados ingresaron a la Casa Rosada, ocuparon el despacho presidencial y ordenaron liberar a Ramírez. A las 17:30, ambos generales salieron al balcón de la Casa de Gobierno ante una multitud en la Plaza de Mayo. El gobierno de Castillo había terminado.

Otra historia abierta: el ascenso de Perón

El golpe del 4 de junio de 1943 fue el resultado de una crisis acumulada: el fraude que destruyó la legitimidad, la enfermedad de Ortiz que frustró una salida regeneradora, el fracaso del acuerdo Pinedo-Alvear, la división por la guerra mundial y la muerte de Justo. La candidatura de Patrón Costas, por diversos motivos, terminó uniendo a todo el Ejército en la decisión de derrocar al gobierno.

Sin embargo, ninguno de los militares que encabezaron la revolución logró consolidar un nuevo orden político. Rawson permaneció apenas tres días en el poder, y Ramírez, su sucesor, debió abandonar la presidencia pocos meses después, acosado por disputas internas y presiones faccionales.

En medio de estas tensiones emergió la figura, entonces secundaria, de un coronel prácticamente desconocido: Juan Domingo Perón. Vinculado al general Edelmiro Julián Farrell y cercano en el pasado al círculo de Justo, Perón comenzó a construir su poder desde el interior mismo del gobierno militar. Tres años después, aquel oficial casi ignoto se convertiría en el hombre más poderoso de la Argentina.

Compartir: