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Teatro en Parque Patricios: el fenómeno de ‘Santa mesa’ que agota entradas y termina en un almuerzo colectivo

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Cada domingo, las calles de Parque Patricios se transforman. Poco antes del mediodía, un centenar de personas se congrega en una centenaria construcción sobre la avenida Brasil: Los Pompas Club de Artes. Allí, la rutina barrial da paso a una experiencia teatral que agota entradas, conmueve y culmina en un gran almuerzo colectivo: la obra Santa mesa.

La propuesta, ideada y protagonizada por Agustina Ruíz Barrea, con dramaturgia suya y de Manu Mansilla (quien también la dirige), se estrenó en 2025 y desde entonces se presenta con localidades agotadas. La clave de su éxito radica no solo en la fuerza de su relato, sino en la singular costumbre de convocar a los espectadores a compartir una comida después de cada función, un rito que profundiza el significado de lo visto en escena.

La experiencia de ‘Santa mesa’

“La gente viene a vivir una experiencia”, asegura Agustina Ruíz Barrea. La obra se ha consolidado como un fenómeno “de culto”, con un público que repite la asistencia y que, atraído por consignas como “Nos juntamos a revivir la mesa del domingo” en redes sociales, incluye también a las generaciones más jóvenes. La actriz y autora destaca su fascinación por “el universo de los objetos” y la “memoria que conllevan”, una nostalgia que impregna la propuesta.

El disparador de Santa mesa fue un objeto de gran valor afectivo: una mesa que el padre de Agustina le regaló a su marido. “Cuidala mucho, porque sobre esta mesa pasó la historia de mi familia”, le dijo. Esta mesa fue lo único que pudo comprar en 1978, durante el “Rodrigazo”, tras vender un auto y perder mucho dinero. Años después, su madre le obsequió la vajilla de losa de su bisabuela, con la instrucción de “nunca dejes de poner la mesa y de usar esta vajilla, que no te importe si se rompe”. También un juego de cubiertos para 24 personas de su abuelo se suma a la escenografía, que se completa con objetos donados por las escenógrafas Lisa Gieco (hija de León Gieco) y Paola Tazzioli, e incluso por una vecina del barrio, reforzando el carácter colectivo del proyecto.

“En esa mesa aprendí a pensar y a discutir; él era muy feminista, así que le daba mucha importancia a mi palabra, aun siendo una niña; me enseñó la importancia de la duda metódica.”

La influencia familiar es palpable. El padre de Agustina, politólogo, inculcó en ella la importancia de la palabra y la duda metódica. Su hermano, Esteban Ruíz Barrea, músico y docente, es el responsable de la banda sonora de Santa mesa. “Fui viendo el proceso de Agustina para crear la obra e iba encontrando marcas de nuestra historia personal, ella pudo sintetizarlo muy bien”, comenta Esteban, quien, junto a su hermana, dirige Los Pompas desde hace 25 años.

El ritual del almuerzo post-función

El almuerzo que sigue a la función es tan crucial como la obra misma. “No existe la obra sin ese almuerzo, sin ese tiempo para poder compartir todas esas memorias que se movieron”, afirma Agustina Ruíz Barrea. Lo que comenzó como una prueba piloto, con su marido preparando el tuco, se ha convertido en una tradición donde la propia actriz elabora la salsa que acompaña la pasta. Botellas de agua, vino tinto, queso rallado y manteles de hule crean un ambiente de camaradería e intimidad. Los comensales, incluso quienes asisten solos, encuentran rápidamente con quién compartir la panera y los fideos caseros, como en casa.

La identificación es inmediata y profunda. Los espectadores comparten anécdotas y emociones. Agustina recuerda a una señora que, a los diez minutos de la función, no pudo dejar de ver una tacita y a su abuela en una “película en diapositivas”. Otros traen fotos de sus propios platos y cubiertos, detallando historias familiares. Mariana Berger, fotógrafa de Los Pompas y parte activa en la producción, relata cómo una mujer del público se puso a tocar el piano para todos los que almorzaban. Muchos de los asistentes entablan amistad y regresan a ver otras producciones de Los Pompas.

“A todos los toca, más allá de su entorno ideológico”, destaca Ruíz Barrea, convencida del poder unificador de la emoción y el acto de compartir el pan y el vino, una “experiencia bíblica” en el corazón de Parque Patricios. “Me interesa remarcar lo ritual del teatro. No es lo mismo compartir una emoción juntos que separados”, subraya. La organización de Los Pompas es grupal, sin individualismos. Mariana Berger, por ejemplo, atiende a los comensales y registra sus testimonios, y muchos extienden la sobremesa hasta la tarde. “Se mezclan las clases sociales, pero todos se conmueven por igual”, reflexiona Esteban Ruíz Barrea, esperanzado en la larga vida de esta obra.

La mesa: un símbolo de memoria y futuro

Para Agustina Ruíz Barrea, la mesa es “el espacio común que nos encuentra, donde compartimos lo más primario de la vida que es comer, la función nutricia, pero esto no solo tiene que ver con el alimento literal, sino también con cómo nos nutrimos con la palabra”. La actriz lamenta la pérdida de la transmisión transgeneracional que antes permitía el encuentro alrededor de la mesa. “Si no resguardamos eso tan primario como es compartir el tiempo para contarnos y escucharnos, hay algo que estamos haciendo mal, entramos en la locura”, advierte. La obra se inspira en el concepto de “narrador” de Walter Benjamin, y busca arraigar y cobijar a través de las historias que nos anteceden, una “trama” donde “haciendo memoria parimos futuro”.

Santa mesa jerarquiza el trabajo con los objetos, dándoles sentido semántico y reivindicándolos físicamente. Platos, cubiertos y tazas dialogan, humanizando lo inanimado. El mantel se convierte en “la piel de la mesa”, según María Antonia, el alter ego de la actriz. Esta puesta en valor de los objetos recuerda al trabajo de colectivos como El Periférico de Objetos. Agustina Ruíz Barrea valora la colaboración con Manuel Mansilla, quien “conoce mucho sobre el universo de los objetos y las materias y sabe escuchar a la condición humana que tiene por delante”, destacando la importancia de lo colectivo en un mundo que “quiere tener el patrimonio de las ideas”.

Los Pompas: 25 años de teatro comunitario

Los hermanos Agustina y Esteban Ruíz Barrea dirigen Los Pompas desde hace 25 años. Comenzaron en 2002 haciendo teatro de calle en el Parque de los Patricios, en la avenida Caseros. Agustina se formó en Andamio 90 con Alejandra Boero, en el Celcit con Juan Carlos Gené y en la UNA. Sus inicios estuvieron ligados al teatro comunitario y callejero, convocada por referentes como Adhemar Bianchi y Ricardo Talento, en proyectos que expandieron esta forma de arte con vecinos. Con solo 23 años, Agustina ya dirigía a un centenar de vecinos en la vía pública.

Originalmente llamado Pompapetriyasos, el colectivo se inició con la estética del clown, el teatro físico y temáticas ligadas a los intereses de la zona. Tras pasar por un pequeño local, hoy un supermercado, Los Pompas se instalaron en su actual sede. Además de Santa mesa, el espacio ofrece Lo que la peste nos dejó, otra obra que se presenta los sábados por la noche desde hace 14 años, también con localidades agotadas. El esfuerzo por mantener el espacio es constante: “Es mucho esfuerzo pagar el alquiler todos los meses, por eso, todos los que formamos Los Pompas hacemos otras actividades para poder sobrevivir”, cuenta Esteban Ruíz Barrea, quien es docente en el colegio Carlos Pellegrini e integra la banda infantil Los Raviolis.

Agustina Ruíz Barrea concluye con una reflexión esperanzadora: “Tenemos un mundo común para parir, es, desde ahí, de donde nos tenemos que agarrar; tiene que ver con el cuidado de la memoria, el amor y la vida”, reafirmando el poder sanador del teatro, la comida y el encuentro colectivo en comunidad.

Para agendar

Santa mesa se presenta los domingos a las 12 en la Sala de Los Pompapetriyasos (Av. Brasil 2640).

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