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Producción sustentable: un tambero santafesino integra agricultura y lechería para capturar carbono

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En el corazón productivo de Santa Fe, la familia de Juan Cruz Tibaldi, agrónomo y productor de Aapresid, desarrolló un modelo agrícola-ganadero que hoy se posiciona como referente en sustentabilidad. Ubicados en Sastre, en el centro-oeste provincial, los Tibaldi lograron integrar la lechería con la agricultura de manera tal que el suelo dejó de ser un simple recurso para convertirse en el eje central de todas las decisiones productivas.

Lo que hoy es un sistema consolidado, no surgió de un cambio abrupto, sino de un proceso evolutivo de más de tres décadas. “No fue una decisión puntual ni un cambio brusco”, reflexiona Juan Cruz Tibaldi. “Fue un proceso de muchos años, con aprendizajes y ajustes. Un sistema que se fue construyendo en el tiempo”. Esta evolución silenciosa permitió que el establecimiento dependa cada vez menos de insumos externos, potenciando el funcionamiento interno del ecosistema productivo.

La génesis de un sistema integrado y la apuesta por los cultivos de servicios

La clave del éxito de los Tibaldi reside en la integración de actividades. En lugar de concebir la agricultura y la ganadería como entidades separadas, el enfoque siempre fue que “el sistema funcione como un todo”. Las rotaciones, los cultivos de servicios (CS), las pasturas, la cosecha y el pastoreo no son prácticas aisladas, sino herramientas que se articulan para maximizar la eficiencia y la resiliencia del campo.

«Más que pensar en agricultura y ganadería por separado, siempre buscamos que el sistema funcione como un todo”, Juan Tibaldi

El camino hacia la sustentabilidad comenzó hace mucho tiempo, con decisiones pioneras en su momento. Juan Cruz recuerda acompañar a su padre, también agrónomo, cuando apostó por la siembra directa y los verdeos pastoreados, prácticas que aún no tenían la validación técnica ni el rótulo de “cultivos de servicios”. “Con el tiempo entendí que no se trataba de ocupar un espacio de barbecho entre dos cultivos de renta, sino de mantener vivo el suelo, expandir raíces y darle continuidad biológica al sistema”, explica Tibaldi.

Hoy, esta mirada se traduce en una diversidad de especies adaptadas a cada lote y momento. Gramíneas como la avena o el centeno se utilizan para cobertura y estructura del suelo, mientras que las leguminosas aportan nitrógeno. Frecuentemente, se recurre a mezclas para combinar los beneficios de distintas especies, siempre buscando la eficiencia en función del antecesor, el ambiente y la disponibilidad hídrica.

Agua y carbono: de desafíos a aliados productivos

Uno de los mayores desafíos en este proceso fue la gestión del agua. Durante años, la preocupación radicaba en el consumo hídrico de los cultivos de servicio. Sin embargo, al medir y ajustar, los Tibaldi comprendieron que la clave estaba en la administración. La evidencia técnica respalda esta percepción: los CS mejoran la infiltración, aumentan la capacidad de retención y estabilizan los perfiles del suelo. “No es que ‘gastan’ agua, sino que ayudan a que el sistema la use mejor”, asegura Tibaldi, transformando al agua de una variable en disputa a una parte fundamental de una sinergia.

En este sistema, el carbono no fue un objetivo inicial, sino una consecuencia natural. “No se ve solo en una medición, sino en cómo responde el lote”, dice Tibaldi, destacando la mejora en la infiltración, la humedad y la uniformidad de los cultivos. Las mediciones de la Red de Carbono de Aapresid confirmaron estas percepciones, revelando que los cultivos de servicios aportan cobertura, biomasa y biodiversidad, pilares clave para el secuestro de carbono y la regeneración del suelo. Un informe de la Red indica que un CS puede producir hasta 7 toneladas de materia seca por hectárea, traduciéndose en hasta 1 tonelada de carbono por hectárea por año en esquemas bien manejados.

Aprendizajes y el futuro de la producción integrada

El camino no estuvo exento de errores. Tibaldi admite que hubo cultivos de servicios que consumieron más agua de lo esperado, manejos de pastoreo ineficaces o terminaciones que complicaron al cultivo siguiente. “Con el tiempo entendés que no hay una única variable que mande. Todo juega: el suelo, el clima, los animales y el cultivo que viene”, explica. Este aprendizaje continuo llevó a un manejo que se enfoca en “leer el sistema en cada momento”, evaluando la cobertura, el volumen y calidad de biomasa, el perfil de agua y las necesidades del cultivo posterior.

Este equilibrio entre los servicios al suelo, la producción animal y el rendimiento agrícola se redefine campaña a campaña, con años donde se prioriza la construcción del suelo y otros donde el foco está en la eficiencia productiva. La historia de los Tibaldi es una historia en constante construcción, donde la convicción de que el suelo es la base de todo ha guiado cada paso, demostrando que la sustentabilidad no es una meta fija, sino un proceso dinámico y en evolución.

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