EconomíaPolíticaSociedadTecnología

El INTA en el siglo XXI: expertos proponen repensar su rol ante la nueva era científica y tecnológica

Compartir:

La discusión sobre el futuro del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) no puede limitarse a una defensa nostálgica de su pasado. Así lo plantean Eduardo Trigo y Martín Piñeiro, quienes, junto a otros especialistas, proponen una pregunta estratégica central: ¿qué tipo de institucionalidad necesita hoy la Argentina para mantenerse conectada con la frontera mundial de la ciencia, la tecnología y la innovación agropecuaria?

La historia económica demuestra que las sociedades que lograron un desarrollo sostenido fueron aquellas capaces de construir capacidades científicas y tecnológicas acordes a cada época. No se trata solo de producir conocimiento, sino de crear instituciones capaces de absorberlo, adaptarlo y traducirlo en productividad, competitividad y bienestar. Esta visión fue recientemente reforzada por el Premio Nobel de Economía 2024, otorgado a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson, cuyos trabajos subrayan la dependencia del desarrollo económico en la calidad institucional y su adaptabilidad a los cambios.

La agricultura, en particular, ha sido un sector donde la relación entre ciencia, tecnología e instituciones es clara. Los grandes saltos productivos nunca fueron resultado exclusivo del mercado o de decisiones empresariales individuales. Siempre requirieron ecosistemas institucionales capaces de sostener investigación a largo plazo, formar recursos humanos, generar capacidades territoriales y conectar a productores con las nuevas tecnologías. Estados Unidos, con su sistema integrado por el USDA, universidades estatales y servicios de extensión, es un ejemplo de esta dinámica evolución, desde la mecanización hasta la actual convergencia con biotecnología, inteligencia artificial y bioeconomía.

El origen del INTA y un contexto que ya no es el mismo

La creación del INTA en 1956 respondió a la visión estratégica de acercar la ciencia moderna al agro nacional y generar capacidades tecnológicas adaptadas a las condiciones locales. En ese momento, las provincias tenían capacidades institucionales y científicas limitadas, lo que posicionó al INTA como una plataforma nacional de articulación tecnológica, con presencia territorial e integración de investigación, extensión y desarrollo productivo. Su financiamiento, a través de una tasa sobre las exportaciones, también buscaba un mecanismo distributivo entre la región pampeana y las economías regionales.

El impacto de esta decisión fue enorme. La modernización agrícola argentina, desde la expansión de la siembra directa hasta los avances en genética y sanidad animal, es incomprensible sin el papel del INTA. La institución contribuyó a transformar a la Argentina en una potencia agroalimentaria y un actor relevante en la producción global de alimentos, fibras y biomasa.

Sin embargo, el contexto actual es profundamente diferente. La base científica y tecnológica mundial cambia a una velocidad inédita, redefiniendo la producción y la generación de valor. La agricultura se expande hacia biomateriales, bioenergías, bioproductos y servicios ecosistémicos, impulsada por la convergencia de biología, digitalización, nanotecnología e inteligencia artificial.

Repensar el INTA para el siglo XXI

Paralelamente, Argentina también ha cambiado. Las provincias poseen hoy capacidades institucionales, universitarias y científicas mucho más robustas que hace setenta años. Existen ecosistemas regionales de innovación, clusters tecnológicos, startups agtech y redes de investigación con creciente autonomía y sofisticación. El sistema científico es más complejo, descentralizado e interconectado globalmente.

Ante este nuevo escenario, el desafío no es preservar al INTA exactamente como fue concebido en el siglo XX, sino repensarlo para el siglo XXI. Esto implica preguntarse cuál debe ser su función estratégica en un mundo donde el conocimiento circula globalmente y la innovación ocurre cada vez más en redes abiertas, colaborativas y multidisciplinarias. Los expertos sugieren que el INTA del futuro podría ser una estructura que asegure el acceso a los conocimientos de frontera relevantes para Argentina, mientras que las funciones de implementación y aplicación sean asumidas crecientemente por otros actores como provincias, organizaciones de productores y el sector privado.

Si el INTA se convirtiera en un integrador entre ciencia global, territorios, empresas, provincias y productores, se asemejaría más al modelo de Estados Unidos, donde los estados, a través de las universidades Land Grant, son actores determinantes. La misión esencial del INTA seguiría siendo la misma, pero con una estructura institucional “agiornada” a la ciencia y al país actual. Esta tarea es indispensable, ya que los países que no logran adaptarse institucionalmente a las nuevas revoluciones tecnológicas pierden competitividad y oportunidades de desarrollo. El problema, como enseña la historia económica, nunca es solo tecnológico, sino institucional.

El debate sobre el futuro del INTA, concluyen los autores, debe partir de esta premisa: no se trata de defender estructuras heredadas ni de desmantelar capacidades acumuladas, sino de construir la institucionalidad que permita a la Argentina seguir siendo protagonista en la agricultura y la bioeconomía del futuro.

Compartir: