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A 48 años del doble impacto: el asesinato de Bonavena y el KO inmortal de Galíndez

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El 22 de mayo de 1976 quedó grabado como una fecha de contrastes extremos en la memoria del deporte argentino. Mientras el país se conmovía por el asesinato de Oscar Natalio “Ringo” Bonavena en Nevada, Estados Unidos, a miles de kilómetros, en Johannesburgo, Sudáfrica, Víctor Emilio Galíndez protagonizaba una hazaña inolvidable en el ring. Este día, que fusionó la épica y la tragedia, se ha convertido en un ritual de respeto y orgullo para la familia boxística nacional.

La madrugada en que Bonavena fue ultimado a tiros en el lúgubre Mustang Ranch de Nevada, se cruzaba con la tarde en que Galíndez, malherido, defendía su título mundial semipesado con una gallardía suprema. Ambos púgiles, en circunstancias radicalmente opuestas, se transformaron en íconos de la memoria popular y pasional del pueblo argentino.

Ringo Bonavena: una nueva mirada sobre su trágico final

Oscar Natalio Bonavena, un peso pesado de gran nivel que se enfrentó a los mejores de su época, había logrado revertir una imagen inicial de soberbia para ganarse el cariño del público, especialmente después de su memorable pelea con Muhammad Alí en 1970. Al cumplirse 48 años de su muerte, una reciente investigación del autor argentino Al Camano, publicada en su libro Ringo RIP (2023), desmiente la «historia oficial» y arroja luz sobre los verdaderos motivos y circunstancias de su asesinato.

La narrativa popular solía describir a Bonavena descontrolado en un burdel, seduciendo a Sally, la exesposa del capomafia y dueño del lugar, Joe Conforte, y provocando su propio final. Sin embargo, Camano, quien recorrió comisarías, fiscalías y tribunales del Oeste americano, y dialogó con sobrevivientes del Mustang Ranch, presenta una versión diferente. En su libro, editado por Amazon, sostiene:

“Aquel Mustang Ranch de 1976 no tenía dirección. Te decían que tenías que manejar 14 km. desde Reno por la ruta 80 y bajar a la derecha. Y entonces llegabas a Sparks, una zona con bastantes carencias. Nunca situaron al pago de Sparks como base del final de Ringo”.

Camano refuta la idea de que Bonavena, de 33 años, mantenía una relación sentimental con Sally, de 59 años y con problemas para caminar. Conforte se había casado en dos oportunidades tras separarse de Sally, quien continuaba ligada a él por negocios en el Mustang Ranch. La investigación detalla que:

“Ringo, en su última noche, convivió con Fancy, la española, una alternadora de cabaret que la mismísima Sally le presentó. El día previo a su muerte Ringo cenó con Fancy y se fue hasta Reno a jugar blackjack en el casino Sundowner. Perdió 200 dólares y recibió una llamada urgente –anónima- para regresar al prostíbulo, donde Conforte preparaba su asesinato”.

Según la pesquisa, Bonavena buscaba una última oportunidad en el boxeo, una revancha con Muhammad Alí, y necesitaba reacomodar sus finanzas, lo que demoraba su regreso a Buenos Aires. Había logrado el aprecio de los empleados del lugar, algo que Conforte, quien era un admirador de Benito Mussolini, no toleraba. La furia del capomafia al ver la buena relación de Bonavena con su gente fue determinante.

En la página 167 de su libro, Camano describe el momento fatal: “Bonavena volvió de buen modo al burdel, llevaba en su bota una pistola que Sally Conforte le había confiado. Y John Colletti, el guardia de seguridad, le pidió –de buena manera- no ingresar al recinto, confesándole íntimamente que su vida corría peligro, detrás de los barrotes de un portón que nunca se abrió. De pronto, y al grito de freeze!!! (detente), Willard Ross Brymer, sicario de Conforte, le disparó desde 15 metros – a ras del piso- y lo ejecutó. Ringo apenas pudo girar y cayó para siempre” con el corazón destrozado.

El mito de Ringo Bonavena, que se ha transformado en libro, monumento, calle, tribuna, cine y serie de TV, sigue cautivando la atención de nuevas generaciones, manteniendo viva la curiosidad sobre un final que, gracias a esta investigación, empieza a desvelar sus verdaderas razones.

Galíndez y la gesta del «Leopardo de Morón»

Mientras Bonavena encontraba la muerte, Víctor Emilio Galíndez, «El leopardo de Morón», se preparaba para una de las peleas más dramáticas de su carrera. Galíndez, quien sentía un profundo cariño y admiración por Ringo, defendía su título mundial semipesado en el Randy Stadium de Johannesburgo, Sudáfrica, frente a Richie Kates de Estados Unidos. Todo el equipo argentino, incluyendo a su promotor Tito Lectoure, estaba al tanto del asesinato de Bonavena, pero la prioridad era mantener la noticia en secreto para no afectar al boxeador.

En el tercer round, un cabezazo de Kates destrozó el entrecejo y la zona derecha del ojo de Galíndez, quien comenzó a desangrarse profusamente. El médico sudafricano Clive Nole dilató la decisión de detener la pelea, mientras los 42.125 espectadores presagiaban el final. El árbitro local, Stanley Christodoulu, quien se convertiría en un personaje clave de esta historia, relató años después en Medellín, Colombia:

“La herida era muy difícil de controlar y se necesitaba tiempo para hacerlo. Tito Lectoure, desde el rincón de Galíndez, ensució la escena; presionó a los periodistas y fotógrafos argentinos a invadir el ring y perder tiempo, y eso fue fundamental. Pudo luchar con la herida y la sacó adelante. En lo personal, siempre le daré a un campeón la oportunidad de seguir en pie hasta que lo crea conveniente. Y a veces, resulta cuestionable”.

Galíndez, bañado en sangre, continuó la pelea hasta el decimoquinto y último round. Faltando apenas once segundos para el campanazo final, consiguió un KO con un gancho de izquierda, logrando una definición fabulosa que es considerada una de las mayores proezas del deporte nacional.

Una vez terminada la pelea y mientras el doctor Noble suturaba la herida de Galíndez, llegó el momento de notificarle la trágica noticia. El periodista Ernesto Cherquis Bialo, quien presenció la escena, evocó el momento: “El doctor Noble limpió la herida y comenzó la sutura; cuatro puntos de largo, tres de ancho en los tejidos de la ceja herida. De pronto, Tito tomó su mano derecha y con el doctor Roberto Paladino ¡sujetamos sus brazos! ‘¡Qué pasa! ¡Qué pasa!’ preguntó asustado. ‘Hoy asesinaron a Bonavena y ya no hay nada que hacer’. Víctor aflojó su cuerpo y sus piernas se desarmaron sin sentir el rigor de la aguja que seguía suturando. Quedó casi desmayado y solo decía: ‘¡No! ¡No!’”.

A 48 años de aquel 22 de mayo de 1976, la memoria de estos dos gigantes del boxeo argentino sigue viva, evocando un día que unió la gloria y el luto en una misma jornada.

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