Récord de trigo con sabor amargo: la calidad argentina, en jaque
La última campaña de trigo en Argentina batió récords de producción y rendimiento, con casi 28 millones de toneladas y más de 41 quintales por hectárea. Sin embargo, este hito se ve empañado por una preocupante realidad: la mala calidad comercial del grano, que en gran medida lo relega a uso forrajero, para alimento animal, en lugar de consumo humano.
Los análisis post-cosecha revelan valores de proteína por debajo del 9% y un contenido de gluten tan escaso que la masa no liga. Esta situación ha provocado que el valor del trigo argentino, durante los últimos meses, sea incluso inferior al de la cebada forrajera, lo que genera un profundo lamento en el sector.
De «trigo corrector» a forraje: una tendencia que preocupa
La tradición de Argentina como productor de trigos correctores, reconocidos por su alta calidad industrial, se perdió hace años, según especialistas. Esta declinación se atribuye a la introducción de materiales genéticos de origen francés en la década de 1990, una tendencia que persiste hasta la actualidad. La búsqueda de alto rendimiento por parte de los productores, y la respuesta de los semilleros a esta demanda, priorizaron la cantidad sobre la calidad.
La cadena de producción de trigo involucra a cinco actores clave, cuyas decisiones individuales no siempre se alinean con un beneficio colectivo:
La pregunta es cómo lograr que la suma de decisiones de esta cadena pueda abastecer sus propias necesidades, sumando esfuerzos para que toda la cadena se beneficie.
El productor busca maximizar el rendimiento para lograr el mejor negocio. Los semilleros seleccionan variedades que satisfagan esa demanda de rendimiento. Los molinos, por su parte, buscan abastecerse al menor costo posible, pero se encuentran con la escasez de trigos de calidad. La exportación vende lo que el mercado demanda, sin importar la calidad si hay margen de beneficio. Finalmente, los asesores y técnicos, si bien logran récords de producción, ven cómo los descuentos por mala calidad desdibujan los resultados económicos.
El desafío de integrar la cadena y recuperar la calidad
Existe una máxima en el campo que reza: “sonrisa del chacarero, lágrima del molinero”, que se traduce en que a mayor rendimiento, menor calidad industrial, o más precisamente, menos contenido de proteína y gluten. Sin embargo, esta realidad puede atenuarse mediante un manejo adecuado del nitrógeno aplicado al cultivo y la selección de genética específica para calidad.
Los molinos han intentado establecer programas de producción con convenios directos con productores, incentivando variedades específicas y premiando la calidad. No obstante, estos esfuerzos tuvieron poco éxito, ya que las variedades propuestas solían ofrecer rendimientos menores a los nuevos materiales genéticos. Actualmente, los molinos se lamentan por la falta de estos trigos y se ven obligados a ofrecer primas de calidad altísimas para cumplir con sus clientes.
Ante este panorama, se vuelve imperativo que los cinco eslabones de la cadena productiva del trigo —productores, semilleros, molinos, exportadores y asesores técnicos— se sienten a dialogar. Es fundamental que cada actor exponga sus necesidades y potencialidades para buscar soluciones conjuntas que permitan a Argentina recuperar su lugar como “granero” que alimenta a personas, y no solo como productor de alimento para animales.

