Milo desafía un diagnóstico irreversible: de “no caminará” a correr en la playa
El nacimiento de Milo, el hijo de Florencia Di Croche y Alejandro, estuvo marcado por la angustia y un diagnóstico devastador. Después de una semana de contracciones y 36 horas internada con la bolsa rota y líquido meconial, Florencia dio a luz a un bebé con hipoxia severa. Milo no podía respirar por sus propios medios, estaba azul y sin tono muscular, presentando además problemas para deglutir, cifosis y una marcada rigidez en sus extremidades. Un embarazo que había transcurrido con normalidad en la semana 38, sin alertas previas, desembocó en un escenario impensado para la pareja.
Pocos días después, el pronóstico médico fue lapidario: “No va a caminar, no va a hablar, no va a comer. La condición es irreversible”, les comunicaron un genetista y un neonatólogo. Ante la pregunta de Florencia sobre qué podían hacer, la respuesta fue aún más dura: “Mamá, primero hay que ver si sobrevive más de 15 días; si lo hace, probablemente no viva mucho más de dos años”. Este momento, recuerda Florencia, fue profundamente shockeante, no solo por la crudeza del mensaje, sino porque se basaba en un síndrome genético aún no confirmado y que, posteriormente, sería descartado.
Un camino de lucha y esperanza contra los pronósticos
Frente a la desoladora sentencia, Florencia y Alejandro se negaron a aceptar un destino preescrito. Comenzaron un arduo camino de búsqueda de segundas opiniones y estudios, consultando a unos 25 neurólogos y genetistas. Descartaron progresivamente síndromes como Edwards, Poland, Steinert, miastenia congénita y artrogriposis. Durante los primeros tres años de vida de Milo, su hogar se transformó en una clínica, con internación domiciliaria, enfermeras 24 horas y terapias constantes: kinesiología respiratoria y motora, musicoterapia, fonoaudiología y terapia ocupacional, además de terapias complementarias como biodescodificación y reiki.
Florencia describe esos años como un tiempo de sueño escaso y alerta constante, una vigilia agotadora. “Tu cuerpo nunca se relaja del todo. Dormís, pero con un oído atento a cualquier sonido, pendiente de cada respiración, de cada cambio de color en la piel, de cada alarma de los equipos”, relata. A pesar de la exigencia física y emocional, cada pequeño avance de Milo se convertía en una celebración monumental.
Milo, un niño que desafió todas las expectativas
Contra todo pronóstico, Milo logró avances extraordinarios. Se identificó una variación genética que explica gran parte de sus condiciones, pero lo que sorprendió a los especialistas fue su capacidad de progreso a una edad temprana, algo inédito en casos similares documentados a nivel mundial. Florencia recuerda con emoción los hitos que llenaron de orgullo y amor a la familia:
Lloré de emoción el día que empezó a caminar, el día que empezó a comer solo, el día que dijo ‘mamá’ y tantos otros. Pero también hay hitos más simples que para mí fueron enormes: verlo sonreír y escucharlo reírse a carcajadas, verlo meter la cabeza bajo una ola en el mar, verlo correr por la playa, verlo treparse a un árbol.
Hoy, Milo es un niño sano y feliz, que vive su vida sin ningún tipo de limitación y disfruta plenamente de su infancia. Es divertido, alegre, cariñoso y con una picardía que sorprende a los adultos. Le encanta jugar con sus amigos, dibujar, pintar, y se siente atraído por el mar y las piletas. Últimamente, se volvió fanático de las rampas de skate, demostrando una valentía que inspira.
Una transformación personal y un mensaje de esperanza
El nacimiento de Milo y la lucha por su salud transformaron profundamente la vida de Florencia. Antes, se definía como una workaholic, obsesionada con el logro profesional. Sin embargo, el desafío de la maternidad la obligó a frenar y replantearse sus prioridades. “Con el tiempo entendí que quería vivir de otra manera: más conectada con el presente, con lo esencial y con las personas que amo”, afirma.
Durante la internación de Milo, Florencia comenzó a escribir sobre sus vivencias más íntimas, un acto de sanación personal que se convirtió en su primer libro, Amar para sanar. La obra busca abrir una conversación sobre el amor inquebrantable, la fe y el poder personal para enfrentar lo que parece imposible.
Florencia envía un mensaje de esperanza a quienes enfrentan un cambio inesperado, como una discapacidad: “No entreguen su poder tan rápido. Cuando atravesamos algo inesperado es muy fácil quedar atrapados en los diagnósticos, en los pronósticos y en todo lo que otros dicen que no va a ser posible. No se trata de negar la realidad ni de romantizar lo difícil. Se trata de no aceptar que esa realidad sea un techo definitivo”. Para ella, las historias difíciles pueden abrir caminos insospechados, y los límites que creemos absolutos son, a menudo, solo el punto de partida para descubrir de lo que somos capaces.

