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Las cinco tragedias del cadáver de Perón: un cuerpo en el centro de la política argentina

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El 1º de julio de 1974, en la Quinta de Olivos, falleció Juan Domingo Perón, a los 78 años. El líder, el único argentino elegido tres veces Presidente, llevaba veinte días sin poder ejercer su cargo debido a un rápido deterioro de su salud. Sin embargo, su muerte no marcó el final de su protagonismo en la vida política argentina; por el contrario, inició un derrotero de 11.796 días que lo mantendría en el centro de amores y odios, tal como había ocurrido con el cuerpo de Eva Perón.

Este complejo periplo es el eje de El cuerpo de Perón. La muerte, las manos, los tiros, el último libro del periodista y escritor Facundo Pastor. La obra explora cómo el cadáver de Perón, incluso después de su fallecimiento, continuó siendo un símbolo y un campo de batalla para las disputas políticas del país.

La primera intervención: el formol para extender el adiós

Tras tres horas de intensos y fallidos intentos de reanimación, Perón fue declarado muerto oficialmente a las 13:15 del 1º de julio de 1974. La conmoción fue inmediata y masiva, con miles de personas congregándose en el Congreso Nacional para darle el último adiós. La magnitud del velatorio exigió una extensión del mismo, pero el cuerpo del General no estaba preparado para tantas horas de exposición pública y comenzó a mostrar signos de descomposición.

Ante esta situación, se tomó una decisión crucial: un médico del círculo de atención sanitaria de Perón, de apellido Tamashiro, inyectó el cadáver con formol. Primero drenó la sangre y luego aplicó el líquido para preservar el cuerpo y permitir que el velatorio continuara. Esta práctica, que trascendió con tintes de sensacionalismo, fue la primera intervención inesperada sobre el cuerpo del líder justicialista.

De la cripta de Olivos al Cementerio de la Chacarita

El plan original de erigir un monumental Altar de la Patria en Figueroa Alcorta, donde descansarían juntos Perón y Eva, cambió. Isabel Perón, ya viuda y asumiendo la Presidencia, decidió que ambos féretros reposarían en una cripta de la capilla de Nuestra Señora de Luján, en la Quinta de Olivos. Esta cercanía le permitía a Isabel mantenerse junto a su esposo, en un contexto político cada vez más complejo.

Sin embargo, la cripta fue escenario de rumores y prácticas esotéricas de José López Rega, y con el tiempo, su mantenimiento se descuidó. El abandono se profundizó tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que derrocó a Isabel. La dictadura militar, liderada por Jorge Rafael Videla, se encontró con los cuerpos de los líderes justicialistas en la residencia presidencial. Alicia Raquel Hartridge Lacoste, esposa de Videla, se negó a vivir en el mismo predio que albergaba los féretros, temiendo atentados.

En una reunión de gabinete, Emilio Eduardo Massera propuso una idea macabra: cubrir los féretros con cemento y arrojarlos al Río de la Plata. Videla rechazó la propuesta, que prefiguraba los tristemente célebres “vuelos de la muerte”. En su lugar, se decidió trasladar los cuerpos a sus bóvedas familiares: Eva al panteón de los Duarte en Recoleta, y Perón a la bóveda de su madre y abuelo en el Cementerio de la Chacarita. Este traslado se realizó en un operativo secreto y bajo estricta reserva.

El misterio del robo de las manos y las disputas finales

Durante más de una década, el féretro de Perón permaneció en la bóveda familiar, custodiado por un blindex de ocho centímetros y doce llaves. Pero en 1987, trece años después de su muerte, la bóveda fue intrusada. El marido de una de las sobrinas nietas de Perón descubrió que el féretro había sido violentado y, lo más impactante, las manos del General habían sido cortadas y robadas. La profanación conmocionó a la sociedad argentina, desatando una serie de especulaciones y una investigación judicial llena de pistas falsas e infiltraciones.

La pesquisa, reabierta años después, apuntó a Licio Gelli, líder de la logia masónica italiana Propaganda Dúe (P2). Gelli, quien había apoyado el regreso de Perón al país, habría buscado cobrar favores, y la negativa del entonces Presidente, quien supuestamente habría dicho: “Antes de pagar un favor con los intereses nacionales, me corto las manos”, se convirtió en una teoría central sobre el móvil del robo.

Finalmente, en 2006, el 17 de octubre, se organizó el traslado del féretro de Perón a la Quinta de San Vicente, donde el líder había expresado su deseo de descansar. El evento, marcado por un vasto operativo de seguridad y la presencia de militantes, se vio empañado por un violento enfrentamiento entre facciones sindicales: los camioneros de Hugo Moyano y los obreros de la UOCRA. La disputa por el control del espacio y la cercanía al féretro escaló hasta que Emilio “Madonna” Quiroz, colaborador de Pablo Moyano, abrió fuego, dejando una vez más al cuerpo de Perón en medio de la violencia política.

El viaje final de Perón a San Vicente, donde reposa desde hace casi veinte años, fue un reflejo de la turbulenta historia de su cadáver. Como reflexiona Facundo Pastor, “el destino de los cuerpos de Eva y de Perón quedó atravesado por decisiones políticas casi absurdas y, al mismo tiempo, siniestras”, demostrando que en Argentina, ciertos líderes siguen siendo escenario de disputas de poder y mensajes políticos incluso después de muertos.

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