Atentado al comedor de la Federal: el «favor insignificante» que le costó la vida a Josefina Melucci de Cepeda
Un favor entre vecinos, un almuerzo con una amiga y un desvío de rutina. Esa secuencia de eventos, aparentemente insignificante, selló el destino de Josefina Melucci de Cepeda un trágico 2 de julio de 1976. Ese mediodía, mientras sus tres hijos la esperaban engripados en casa, una bomba estalló en el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal, en Moreno 1417, provocando el atentado más sangriento del país hasta la voladura de la AMIA. Hoy, casi 50 años después, su hija María Alejandra Cepeda reconstruye su historia y exige justicia y reconocimiento.
Josefina, empleada administrativa en YPF, había roto su rutina para retirar una cédula de identidad para el hijo de una vecina y almorzar con una amiga, Olga, que trabajaba en la Policía. Un gesto solidario que la definía, pero que la colocó en el epicentro de la tragedia que dejó 23 muertos y más de 100 heridos, destrozando la vida de la familia Cepeda.
Una vida marcada por el esfuerzo y la alegría
María Alejandra describe a su madre como una mujer “muy emprendedora, activa y trabajadora”, con una historia de vida marcada por el dolor desde su infancia en Raxó, Pontevedra, España. Separada de su madre al nacer y criada por sus abuelos, Josefina se reencontró con ella en Argentina a los 11 años. A pesar de las adversidades, siempre fue “muy alegre”, le gustaba cantar, bailar y era el motor de las reuniones familiares.
Antes del atentado, la familia Cepeda vivía un momento de plenitud. Los padres de María Alejandra, Josefina y Manuel Antonio Cepeda, se habían conocido en un baile y, con gran esfuerzo, habían construido un hogar y un futuro. Habían comprado y reciclado la casa de sus sueños, inaugurada poco antes, y proyectaban expandir la gomería de Manuel. “Estábamos en el mejor momento”, recuerda María Alejandra, quien entonces tenía 12 años y compartía la vida familiar con sus hermanos Gabriel y Carolina.
El día que el frío entró en casa
El 2 de julio de 1976, María Alejandra llamó a la oficina de su madre, sin saber que Josefina ya no estaba allí. La ausencia de su madre esa tarde, pasadas las cuatro, fue el primer indicio de que algo terrible había sucedido. La casa se llenó de gente, mientras su padre, desesperado, buscaba a Josefina en todos los hospitales.
Ya era de noche, alrededor de las nueve. Subió una tía, una hermana de mi papá, y nos dijo: “Su mamá se fue al cielo”. Mi hermano salió corriendo gritando: “¡Mamá!”. Esos gritos, hasta el día de hoy, tengo el eco de esos gritos en mi mente.
La noticia dejó a María Alejandra petrificada. “Quedé helada. No lloré, no grité, no hablé. Nada. A partir de ahí era un autómata”, relata. Al día siguiente, la familia asistió al velorio. La muerte de Josefina sumió a la familia en una profunda tristeza. Gabriel sufrió una depresión, y María Alejandra, con solo 12 años, asumió responsabilidades que no le correspondían, haciéndose cargo de la casa y de sus hermanos. “Entró el frío”, sintetiza, refiriéndose a la calidez familiar que desapareció con su madre.
La búsqueda de justicia y reconocimiento
Durante años, el atentado fue un tema tabú en la casa Cepeda. María Alejandra cuenta que no se hablaba del hecho y que incluso se les sugirió retirar las fotos de su madre. Fue recién de adulta, tras una profunda depresión, que pudo empezar a sanar y a hablar públicamente de lo ocurrido, especialmente a partir de 2022, cuando fue contactada por el autor Ceferino Reato para su libro Masacre en el comedor.
A lo largo de los años, la causa judicial por el atentado ha tenido un recorrido errático. En 2012, la Corte Suprema dejó firme el cierre por prescripción. Sin embargo, en 2022, la Sala I de la Cámara Federal porteña, integrada por Mariano Llorens, Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia, revocó el archivo y ordenó reabrir la investigación. Aunque la jueza María Servini volvió a rechazar el planteo en 2023, la Cámara Federal revocó esa decisión en diciembre de 2024, y el expediente llegó a Casación en 2025. “Necesitamos justicia para todos, no solo para algunos”, enfatiza María Alejandra, reclamando una respuesta por parte de la Justicia.
Además de la falta de justicia, María Alejandra denuncia la ausencia de reconocimiento para su madre y otras víctimas civiles. “Mi mamá no tiene ni una placa”, lamenta. También expresa su indignación por la falta de indemnización y la minimización del dolor de las víctimas del terrorismo, comparando el sufrimiento con el de los familiares de desaparecidos. “El dolor no se compara. No hay un dolor para los desaparecidos y otro para las víctimas del terrorismo. El dolor es el mismo”, sentencia.
En el marco de este reclamo, los familiares de las víctimas convocaron a un acto por los 50 años del atentado al comedor de la Policía Federal. La ceremonia se realizará el 4 de julio, a las 11, en Moreno 1417, el lugar de la masacre. También se anticipó otro acto el 6 de julio, a las 17, en el Senado, organizado por el área de Cultura, al que fue invitada la vicepresidenta Victoria Villarruel.
A pesar del dolor y la lucha, María Alejandra busca que la imagen de su madre trascienda la tragedia: “La de una mujer alegre, a la que le gustaban la vida y la amistad. Una mujer solidaria, que siempre ayudaba a quien pudiera. Era exigente, sí, pero también muy luminosa. Tuvo una vida muy dura y, sin embargo, siempre tenía una sonrisa. Le gustaba cantar, cocinar, reunir a la familia, estar con amigos. Tenía una personalidad superfuerte. Esa es la imagen que quiero que quede de ella”.

