Sociedad

Estancia Las Palmas: cuatro siglos de historia argentina en 62.000 hectáreas

Compartir:

La historia de la Estancia Las Palmas, un gigantesco predio que alguna vez abarcó 62.000 hectáreas entre el río Areco y el Paraná de las Palmas, se remonta a la fundación misma de Buenos Aires en 1580. Su origen está ligado a Cristóbal de Altamirano, un extremeño que acompañó a Juan de Garay y fue recompensado con tierras y la encomienda del cacique Bagual.

Altamirano, quien falleció en 1630 dejando una vasta descendencia, vio cómo uno de sus herederos, también llamado Cristóbal, se convirtió en sacerdote jesuita. Este último donó las tierras heredadas a la Compañía de Jesús. Los jesuitas, según destaca el R.P. Guillermo Furlong S.J., no solo poseyeron estancias sino que las organizaron “en forma científica, convirtiéndolas en centros de progreso”.

El esplendor jesuita y la expulsión

Bajo la administración jesuita, la estancia Las Palmas alcanzó un notable desarrollo. En 1761, poco antes de la expulsión de la orden, el establecimiento contaba con 110 esclavos negros y una impresionante dotación ganadera: 8.700 cabezas de ganado vacuno, 8.500 yeguas y potrancas, 1.500 caballos entre redomones y potros, más de 600 burras y miles de mulas. También disponía de unos 70 bueyes para transporte y labores agrícolas. La estancia estaba dividida en cinco puestos, siendo uno de ellos el que daría nombre al predio: Las Palmas.

Los religiosos fueron como lo señala Furlong “quienes no solamente tuvieron estancias sino que además las pudieron organizar en forma científica, convirtiéndolas en centros de progreso”

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, la estancia fue adquirida por José Antonio de Otálora, quien era suegro de Cornelio de Saavedra. Su hija, Ana María de Otálora, se convirtió en la primera propietaria de Las Palmas. Casada con Benito González Rivadavia (padre de Bernardino), Ana María fue una figura pionera, aunque a menudo olvidada, que cedió su patrimonio a su sobrina Cipriana Soler. A la muerte de esta, la estancia se dividió entre sus trece hijos.

La era de los Villanueva y Urquiza

Uno de los herederos, Rufino de la Torre, vendió su parte en 1882 a Benito Villanueva. Este destacado político, emprendedor y presidente del Jockey Club en cuatro oportunidades, aprovechó las antiguas instalaciones para introducir la cría de caballos en el lugar.

En 1889, Villanueva vendió el establecimiento al coronel Alfredo Froilán de Urquiza, quien junto a su esposa Lucila de Anchorena, le dio una nueva impronta durante catorce años. La cabaña que instalaron fue reconocida por su ubicación y eficiencia. El conjunto se componía entonces de 1.600 hectáreas, divididas en 30 potreros, con 600 hectáreas sembradas de alfalfa. La cría de ganado era la principal industria, complementada por tambos con tres ordeñes diarios que abastecían de leche a la capital.

A la muerte del coronel en 1939, su hija María Lucila Urquiza decidió mantener la propiedad, aunque, según se relata, “tuvo que pagar por ella lo que no valía”. Posteriormente, la estancia pasó a manos de sus hijas Lucilita y Eleonora. En 1992, un grupo privado compró la fracción perteneciente a Lucilita, quien falleció en 2017 a la edad de cien años.

La detallada historia de la Estancia Las Palmas, que atraviesa siglos y diversas familias, ha sido documentada con rigor por Josefina Fornieles en un libro publicado por Maizal. Esta obra no solo narra los avatares de la propiedad, sino que también ofrece una ventana a la historia social argentina, un testimonio de cómo el seguimiento de las propiedades rurales puede construir un relato completo de la evolución del país.

Compartir: