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Belgrano: la construcción de una imagen, entre retratos polémicos y el «pingo petiso» de Plaza de Mayo

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La figura de Manuel Belgrano, uno de los próceres fundamentales de la historia argentina, no solo se forjó en los campos de batalla y en los despachos diplomáticos, sino también a través de una rica y, a menudo, controvertida iconografía. Desde los primeros retratos en Europa hasta las estatuas que hoy pueblan plazas y ciudades, la imagen del creador de la bandera ha sido una construcción constante, plagada de detalles curiosos y anécdotas que revelan tanto sobre el hombre como sobre la época.

Sabemos que Belgrano se hizo retratar en varias ocasiones durante sus estadías en Europa, primero como estudiante en Salamanca y luego como diplomático al servicio de las Provincias Unidas. Estas representaciones iniciales sentaron las bases para la posterior difusión de su rostro, aunque no sin particularidades que aún hoy generan interrogantes.

Los primeros retratos: misterios y anacronismos

La iconografía más temprana que se conoce de Belgrano es una miniatura pintada por J. A. Bouchard en 1793. En ella se ve a un joven de veintitrés años. Sin embargo, un dato curioso y anacrónico se encuentra al reverso de este retrato: lo identifica como “general”, un grado militar que Belgrano obtendría muchos años después. La autoría de esta inscripción se atribuye al propio Manuel, quien probablemente la añadió póstumamente o fue escrita por terceros tras su fallecimiento, generando una pequeña paradoja histórica.

El cuadro más difundido y aceptado como la imagen del entonces diplomático es el que pintó Casimir Carbonnier en Londres, alrededor de 1815. Belgrano había viajado en esa ocasión junto a Bernardino Rivadavia y Manuel de Sarratea con la misión de buscar un príncipe europeo para establecer una monarquía en el Río de la Plata. Este retrato, de 130 × 110 centímetros, se encuentra actualmente en el Museo Dámaso Arce de Olavarría y ha servido de modelo para innumerables reproducciones en libros de texto y estatuas. Un detalle que capta la atención en el fondo de la obra es una bandera celeste y blanca con una división vertical, lo que lleva a preguntarse si esta era la concepción original de la enseña patria o simplemente un detalle artístico que Belgrano pasó por alto.

El pintor alemán Johann Moritz Rugendas, quien recorrió Sudamérica retratando personajes y paisajes, realizó en 1845 un dibujo de Belgrano que se basó en la obra de Carbonnier. Al parecer, Rugendas contempló el original que estaba en manos de la hija del general y plasmó una imagen que apenas se alejaba de las facciones ya conocidas.

Existe otro retrato al óleo, también atribuido a Carbonnier (aunque con algunas dudas), que llegó al país en 1822. Tras pasar por la familia de Bernardino Rivadavia, esta obra fue donada al Museo Nacional de Bellas Artes. Este cuadro, a su vez, sirvió de modelo para otras copias realizadas por Prilidiano Pueyrredón, que hoy se encuentran en clubes privados de Buenos Aires. Curiosamente, ninguna de estas obras atribuidas a Carbonnier o sus copias están firmadas, lo que añade un velo de misterio a su origen y autenticidad plena. Finalmente, un retrato de Pablo Núñez de Ibarra muestra a un Belgrano ya envejecido, realizado años después de su muerte.

El prócer en bronce: del busto de Luján al «pingo petiso»

La consagración definitiva de un prócer en la memoria colectiva de un país suele llegar con su ascenso al bronce. Manuel Belgrano fue uno de los primeros en recibir este honor. El primer busto erigido en su memoria en Argentina se encuentra en Luján, obra del escultor Luis Brunix, e fue inaugurado en 1858.

En 1870, se creó una comisión para honrar la memoria del prócer con un monumento financiado por suscripción popular. Esta comisión estuvo presidida por el general Bartolomé Mitre, quien había dedicado un libro a la gesta de Belgrano. Lo acompañaban en la gestión Manuel Guerrico, coleccionista de arte cuya colección sería la base del Museo de Bellas Artes, y el general Enrique Martínez.

La comisión encomendó la obra al escultor francés Carrier-Belleuse, quien delegó el diseño del caballo a un escultor argentino radicado en Francia, Manuel de Santa Coloma, miembro de una familia de raigambre rosista. La estatua ecuestre fue emplazada en la actual Plaza de Mayo, que en ese entonces estaba dividida por la Recova en la Plaza de las Victorias y la Plaza 25 de Mayo, donde se ubicó el monumento.

El 24 de septiembre de 1873, la obra fue descubierta con la presencia del presidente Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre como principal orador. Sin embargo, más allá de los discursos, el comentario obligado entre la concurrencia fue sobre el caballo de Santa Coloma. La gente murmuraba: “Petiso el pingo del general”. Santa Coloma, quien había vivido gran parte de su vida en Francia, había olvidado el porte de los caballos criollos y montó al general en un equino de menor tamaño, generando una anécdota que perdura hasta hoy.

Otra estatua de tamaño natural del prócer se encuentra en el barrio porteño de Belgrano, que llegó a ser capital transitoria del país. Esta obra, ejecutada por el escultor Héctor Rocha, fue inaugurada también un 24 de septiembre, pero de 1961.

Descanso final y homenajes internacionales

Los restos de Belgrano, que inicialmente habían sido enterrados bajo una humilde losa de mármol en el atrio de la iglesia de Santo Domingo, fueron trasladados en 1902 a un monumento diseñado por Ettore Ximenes. En el proceso de exhumación, una curiosa anécdota involucró a los ministros Joaquín V. González y el general Pablo Riccheri, quienes intentaron conservar como “souvenirs” una muela del prócer. Un medio periodístico denunció el hecho, obligando a los ministros a restituir las piezas dentales. Riccheri se excusó diciendo que pensaba regalársela al general Mitre, quien aún vivía en ese entonces.

Existen numerosos otros monumentos a Belgrano en distintas ciudades argentinas, como el ecuestre de Santiago del Estero, obra de Arturo Tomás, y otros en Jujuy, Salta y Tucumán. Se destaca también el monumento en Rosario, Santa Fe, que tiene una obra gemela en Génova, ciudad natal de la familia Belgrano. Esta estatua ecuestre rosarina es anterior al emblemático Monumento a la Bandera, obra de Fioravanti, inaugurado en 1957.

Más allá de Argentina, la figura de Belgrano es homenajeada en Italia, la tierra de sus ancestros. Además de la estatua en Génova, existe un broche en su honor frente a la embajada argentina en Roma y otro en Oneglia, la ciudad natal de Domingo Belgrano Peri, padre de Manuel. Estas representaciones en el exterior subrayan la trascendencia de su legado.

“Me glorío de no haber engañado jamás a ningún hombre y de haber procedido constantemente por el sendero de la razón y de la justicia, a pesar de haber conocido la ingratitud.”

Las palabras de Manuel Belgrano resuenan hoy, invitando a la reflexión sobre la ética y el compromiso en la vida pública.

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