Sociedad

Inclusión laboral: la historia de Javier, el empleado bancario con discapacidad que logró vivir solo

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Todos los días, a las seis de la mañana, en un departamento del barrio porteño de Núñez, suenan dos despertadores que

Javier Pizzini programa para no quedarse dormido. A sus 35 años, no solo es un empleado consolidado en el área de Prevención de Fraudes de Banco Macro, sino un hombre que logró vivir bajo sus propias reglas, gestionar su dinero y ser el único dueño de sus decisiones.

Javier tiene una parálisis cerebral congénita que se expresa como una hemiparesia, afectando la movilidad de su lado derecho y requiriendo apoyos específicos para su aprendizaje. Sin embargo, su historia se centra en la autonomía y la superación de las barreras sociales y del entorno que, según un estudio de 2023, impiden que solo el 12,6% de las personas con Certificado Único de Discapacidad (CUD) tengan trabajo en Argentina.

Con 13 años de trayectoria bancaria, su vida laboral comenzó tras un curso de formación para el empleo en la Fundación Discar, que trabaja por la inclusión laboral y social de personas con discapacidad intelectual. “Terminé el curso y, al poquito tiempo, desde la fundación me avisaron que estaba esta posibilidad. Yo no podía creer que pasara tan rápido”, reconoce.

Inicialmente, Javier realizaba tareas operativas en el área de Cobranzas del Banco Itaú (absorbido por Macro en 2024). Hoy, su rol es más analítico: se dedica a analizar estafas virtuales. En este camino, Adrián Souto, su orientador laboral asignado por la fundación, fue fundamental, no solo como puente para su progreso profesional, sino también como sostén clave cuando Javier decidió mudarse solo.

De tareas operativas a la prevención de fraudes

Javier creció en Belgrano, donde cursó la primaria en varias escuelas y la secundaria en una común con apoyos, aunque recuerda haber sido excluido por sus compañeros. Poco después de finalizarla, llegó a Discar, un punto de inflexión que lo llevó a su actual empleo.

En el banco, empezó con una jornada reducida y tareas sencillas, como imprimir certificados de “libre de deuda”. “Estaba aburrido de lo que hacía”, confiesa. A pesar de que los planes de carrera no suelen ser la norma en el mundo de la discapacidad intelectual, Javier comunicó su deseo de postularse para un puesto en Prevención de Fraudes.

El banco le exigió el mismo requisito que a cualquier otro empleado: rendir y aprobar un examen. Adrián le brindó los apoyos pedagógicos necesarios para que pudiera estudiar y comprender la lógica bancaria. Javier aprobó, lo que significó un salto cualitativo: pasó de tareas mecánicas a un rol analítico donde debe determinar si una transacción es un fraude, a quién derivarla y cómo registrarla. “Trabajar en un banco es muy difícil, tenés que estar atento a un montón de cosas. Te sentís presionado por las responsabilidades, es algo muy grande”, dice con orgullo.

El rol clave del orientador laboral

La historia de Javier también destaca la importancia del orientador laboral como figura profesional para la verdadera inclusión. En un entorno donde a menudo hay desconocimiento sobre cómo tratar a una persona con discapacidad, el orientador prepara el terreno antes de que la persona comience a trabajar.

“A veces identificamos la necesidad de apoyos edilicios, como una rampa. También trabajamos con los empleados y con los equipos. Vamos con cierta periodicidad a hacer observación al lugar de trabajo. Nos reunimos con los empleados, con los jefes y a veces con ambos a la vez”

explica Adrián Souto, psicopedagogo de 43 años, quien lleva 15 años en Discar y ha acompañado la trayectoria de unas 50 personas. Identifica que “sobre las personas con discapacidad intelectual se suele pensar que son nenes con cuerpo de grande” y que “el mayor problema es que la gente tiende a la sobreprotección”.

La función del orientador es fundamental para que el equipo incorpore a la persona con discapacidad como un empleado más, señalándole incluso los errores para que aprenda. “A veces pasa que les asignan pocas tareas por temor a que no puedan cumplirlas”, comenta Adrián. Su desafío es amalgamar las necesidades de la empresa, los miedos de la familia y las ambiciones del trabajador con discapacidad en un equilibrio saludable.

Javier lo resume así: “Adrián cumple una función bastante importante en mi vida porque me apoya y me escucha siempre que lo necesito. Si es urgente, se hace un hueco. Siempre está ahí. Muchas veces habla con mi psicólogo”.

De orientador a consejero y la vida independiente

Con el crecimiento laboral, surgió el deseo de mayor autonomía. “Mi familia es muy sobreprotectora. Hasta que logré convencerlos, yo mismo decía que me iba a costar y resulta que no es tan costoso”, reflexiona Javier con orgullo. Actualmente, alquila un departamento y cuenta con el apoyo de su hermana para cuestiones puntuales, ya que su madre se mudó a Córdoba.

Adrián ha estado presente para contener y acompañar a Javier en cada cambio importante de su vida personal. “No soy su terapeuta pero soy quien lo aconseja y lo ordena. Algo así como un consejero en temas extralaborales”, se define.

En Núñez, Javier demuestra una gran madurez administrativa en su manejo cotidiano. “Soy muy aplicado con los pagos, trato de pagar lo antes posible para no olvidarme”, dice. Con el resto de su sueldo, ahorra y se da gustos, como la computadora y el horno para hacer pan que se compró. Cada mañana, toma el tren en la estación Núñez para ir a trabajar a Retiro, donde cumple un horario de 7:30 a 13:30. De vuelta en casa, hace las compras, organiza el hogar y trata de hacer ejercicio. Cada vez que cierra la puerta de su casa, se completa un ciclo que comenzó en 2013, demostrando que la vida independiente es una construcción colectiva.

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