Los orígenes de Julio Grondona: del corralón familiar a la cúspide del poder en AFA y FIFA
Mucho antes de ser el influyente presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y vicepresidente sénior de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), Julio Humberto Grondona pasó una parte fundamental de su vida entre bolsas de cemento, ladrillos y libretas de cuentas. El flamante libro Julio Grondona. Una historia argentina, de Federico G. Polak, reconstruye esos años y plantea una hipótesis central: que la lógica política que lo convirtió en uno de los dirigentes deportivos más poderosos del mundo nació en el ámbito del corralón familiar, entre créditos a vecinos y las relaciones tejidas en los bajofondos suburbanos de Avellaneda.
LA NACION publica un fragmento del primer capítulo de esta obra que busca desentrañar la figura de Grondona desde sus raíces.
Sarandí: cuna de una personalidad
Grondona era oriundo de Sarandí, una de las ciudades que componen el Partido de Avellaneda, en el sur del conurbano bonaerense. Esta zona, antaño rústica y con fuerte impronta industrial, fue el crisol donde se forjó su carácter. Un lugar que, a lo largo de su historia, pasó de ser un punto de comercio ganadero a un polo fabril, multiplicando su población y atrayendo a oleadas de inmigrantes españoles, vascos e italianos.
El libro describe una Avellaneda que, además de su pujanza industrial, convivía con el universo de los “taitas” y milongueros, con zonas de prostitución y juego. Esta amalgama de entornos, desde el arrabal hasta el espíritu asociativo y solidario de las agrupaciones barriales, encendió en Grondona su vocación por el trabajo colectivo y su capacidad para moverse en espacios institucionales. Se lo incluye en la lista de vecinos destacados de Avellaneda, junto a figuras como el arqueólogo Salvador Debenedetti y el político radical Fabián Onsari.
El Corralón de Lombardi y Grondona: la génesis del poder
La historia de la familia Grondona está intrínsecamente ligada a El Corralón de Lombardi y Grondona, una ferretería fundada en 1923. Este negocio, ubicado en Independencia al 500 en Sarandí, se convirtió en un pilar de la edificación y urbanización de la zona, vendiendo materiales de construcción y, crucialmente, financiando a los inmigrantes que llegaban a los nuevos barrios loteados por empresas como Fiorito.
“Los dueños de los corralones muestran un ojo comercial extraordinario; desde 1890 hasta 1950 contribuyen a la edificación y urbanización de zonas hasta entonces vírgenes o abandonadas.”
El mecanismo era simple pero efectivo: Emilio Lombardi y Henrique Grondona, padre de Julio, anotaban en libretas los pagos de los clientes, muchos de ellos trabajadores de frigoríficos que solo podían abonar pequeñas cuotas mensuales. No solo financiaban las casas, sino que también proveían baldosas para construir veredas en un lugar donde muchas calles no estaban pavimentadas. Así nacieron barrios como Villa Porvenir, Villa Pobladora y Villa Barceló. En este ambiente de comercio, crédito y construcción comunitaria, crecieron Julio Humberto y sus hermanos, incorporándose al negocio familiar. Fue también en este contexto donde Nélida Enriqueta Pariani, quien luego sería su esposa y compañera de toda la vida, comenzó a trabajar a los catorce años.
De la academia al negocio familiar
Las metas tempranas de Julio Grondona eran otras: deseaba jugar al fútbol profesionalmente y ser ingeniero. Estudió con un maestro particular hasta tercer grado, para luego asistir al Colegio N°1 de Avellaneda y completar el secundario en el prestigioso Colegio El Salvador de los jesuitas. Era un estudiante destacado, incluso obteniendo una medalla de oro en matemáticas, según Ernesto Cherquis Bialo.
Sin embargo, la enfermedad de su padre, Henrique, lo obligó a dejar sus estudios de ingeniería en la Universidad de La Plata a los 21 años para hacerse cargo de la Ferretería junto a su tío. Este giro inesperado lo ancló al negocio familiar, un lugar que nunca abandonaría, incluso cuando se convirtió en una celebridad del fútbol. La costumbre de visitar el corralón cada mañana antes de ir a la AFA, o comprar ravioles los domingos en Sarandí, lo mantuvo arraigado a sus orígenes, incluso después de mudarse a Puerto Madero y luego a su campo en Loma Verde.
El libro destaca que la forma de hacer negocios en El Corralón, basada en la ayuda y el fiado a los inmigrantes, no se replicó linealmente en su carrera como dirigente. Más bien, esa experiencia le brindó la sabiduría para edificar poder, como lo demostró al crear el Consejo Federal y expandir las competencias de primera y ascenso a clubes de todo el país, integrando el interior al sistema y consolidando su liderazgo a través de los votos de estos clubes.

