Arsat bajo la lupa: de los millones de Leal al interés de Peter Thiel por la «joya» de la fibra óptica
Cuando la discusión pública se centra en Arsat, la atención suele recaer en sus satélites. Sin embargo, una parte fundamental de sus activos estratégicos reside bajo tierra, en miles de kilómetros de fibra óptica, y dentro de edificios blindados que resguardan información crítica. Esta infraestructura conecta desde organismos de seguridad hasta empresas privadas, convirtiendo a la gestión de Arsat en un tema que trasciende la administración de una simple compañía pública.
La Justicia ha puesto el foco en la empresa por los casi US$2,5 millones hallados en los domicilios de su extitular, Facundo Leal, y por la imputación por corrupción de al menos otros tres funcionarios, entre ellos Gerardo Boschin, expresidente de Trenes Argentinos y exgerente de compras de Arsat.
La Red Federal de Fibra Óptica y el Centro Nacional de Datos
Arsat ha construido una posición única a lo largo de los años. A través de la Red Federal de Fibra Óptica (REFEFO), desplegó decenas de miles de kilómetros de tendido que atraviesan el país, llegando a zonas donde la falta de rentabilidad desincentivó la inversión privada. Replicar esta red demandaría miles de millones de dólares y plazos de recuperación inviables para cualquier operador, lo que le otorga a Arsat una posición prácticamente sin competencia en los servicios que ofrece.
Incluso compañías privadas de telecomunicaciones utilizan la capacidad de esta infraestructura, que se ha convertido en una verdadera autopista digital por donde circulan comunicaciones, servicios de internet y datos que sostienen gran parte de la actividad económica y estatal. Es, además, una red observada por su capacidad de generar inteligencia a través de sus nodos.
Otra infraestructura igualmente crítica y menos conocida es el Centro Nacional de Datos. Esta instalación está diseñada para albergar sistemas con altos estándares de disponibilidad y seguridad, alojando no solo plataformas estatales, sino también servicios para compañías privadas que demandan capacidad de procesamiento, almacenamiento y transmisión de información.
Dentro de este ecosistema operan las llamadas “jaulas”: espacios físicos cerrados donde empresas y organismos instalan sus propios servidores y equipamiento. Aunque comparten la infraestructura general del centro de datos, el acceso a estos equipos está restringido exclusivamente a sus propietarios. Bancos, compañías energéticas y otras organizaciones que manejan información sensible recurren a este esquema para proteger activos críticos, destacando la importancia de estas instalaciones no solo por los datos que almacenan, sino por la capacidad de cómputo y transmisión que concentran.
El interés de Peter Thiel y Palantir
Esta infraestructura sensible adquiere una nueva dimensión por el interés manifestado por un nuevo residente en Argentina: Peter Thiel. Hace un par de meses, un importante funcionario estadounidense visitó la estación de Arsat en Benavídez, poco después de presentar, junto a la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, y el embajador de Estados Unidos en Argentina, Peter Lamelas, el Criaco (Centro Regional de Información y Análisis sobre Crimen Organizado).
La visita, según diversas fuentes, estaría vinculada a la intención de alojar en el centro nacional de datos los servidores necesarios para este centro. Los sistemas son provistos por la empresa de Thiel, Palantir, que recientemente se mudó al país. Testimonios indican que esta no fue la única ocasión en los últimos meses en que oficiales estadounidenses se acercaron a Arsat.
Arsat y el 5G: un debate por el espectro
Un punto de atención, en el marco de las investigaciones en curso, es la relación entre Arsat y el 5G. Mientras la licitación definía qué empresas se adjudicaban las frecuencias para operar la nueva tecnología móvil (a través del Enacom), Arsat ya controlaba una parte fundamental de la infraestructura necesaria para su funcionamiento. Las telefónicas pueden operar antenas y espectro, pero sin fibra, no hay 5G masivo.
Una antena 5G puede transmitir enormes volúmenes de datos, pero sin una red troncal capaz de mover ese tráfico, la red se convierte en un cuello de botella. En esta infraestructura estaba interesada Huawei, la empresa china proveedora mundial de equipamiento para redes 5G. Las reuniones en Arsat, o fuera de sus oficinas en lugares como Nordelta, eran frecuentes entre directivos de la compañía y Facundo Leal.
En 2023, Arsat recibió una asignación de 100 MHz en la banda de 3,5 GHz para desarrollar un plan federal vinculado al 5G. Esta resolución oficial establecía que esas frecuencias serían utilizadas por Arsat para implementar el plan estratégico que definiera el Estado Nacional. Esto generó controversia, ya que implicaba que Arsat pasaba a tener un activo extremadamente valioso: espectro 5G que no había sido subastado como el del resto de los operadores. Algunos sectores llegaron a imaginar que Arsat podría convertirse en un operador mayorista de 5G, alquilando capacidad a empresas o impulsando cobertura en zonas desatendidas por las grandes telefónicas.
En términos políticos y económicos, esto aumentaba enormemente la relevancia de quienes conducían la empresa, que ya no solo administraban fibra óptica, satélites y centros de datos, sino también espectro, uno de los recursos más codiciados del sector de telecomunicaciones.
Sin embargo, con el cambio de gobierno, la administración de Javier Milei anunció en 2024 que esos 100 MHz reservados para Arsat serían incluidos en una nueva licitación, junto con otros bloques vacantes de la subasta anterior. Es decir, el espectro reservado pasaría a ser considerado parte del stock a licitar al mercado, un anuncio oficializado en una conferencia de prensa por Manuel Adorni, pero que aún no se concretó.
Desafíos presupuestarios y soberanía digital
Mantener una estructura de esta magnitud requiere inversiones constantes. La operación de un centro de datos de alta disponibilidad demanda sistemas redundantes de energía, refrigeración, conectividad y seguridad física. Los equipos deben renovarse periódicamente y la infraestructura especializada exige contratos de mantenimiento costosos, algunos de los cuales están actualmente bajo observación. Lo mismo ocurre con la red federal de fibra óptica, cuyos nodos y enlaces requieren supervisión técnica permanente.
Fuentes vinculadas al sector señalan que el deterioro presupuestario de los últimos años impactó particularmente en estas tareas. Sistemas que requieren asistencia especializada comenzaron a enfrentar dificultades para obtener soporte, y equipamiento que demanda mantenimiento periódico pasó a depender de recursos cada vez más escasos. En infraestructura crítica, el problema no suele manifestarse de inmediato, sino que aparece cuando ocurre una falla.
La complejidad aumenta al observar los servicios que Arsat presta a organismos del Estado. Fuerzas Armadas, áreas de seguridad, empresas públicas y dependencias gubernamentales utilizan distintas capacidades de la compañía. En algunos casos, la red debe extenderse hacia ubicaciones remotas donde el último tramo de conexión, la llamada “última milla”, obliga a contratar proveedores locales o realizar obras específicas para llegar hasta instalaciones estratégicas.
Esta realidad convierte a Arsat en administradora de información extremadamente sensible, no solo por el contenido de los datos que almacena, sino por el conocimiento operativo que posee sobre redes, enlaces, ubicaciones, capacidades y requerimientos de organismos públicos y privados.
En paralelo, existe un debate cada vez más presente alrededor de la llamada soberanía digital. La discusión gira en torno a dónde se almacenan los datos críticos del país y quién controla la infraestructura que los procesa. Mientras gran parte de la economía mundial migra hacia plataformas de computación en la nube operadas por gigantes tecnológicos extranjeros, algunos sectores sostienen que determinadas capacidades deben permanecer bajo jurisdicción nacional.

