Indio Solari: los recuerdos que mienten un poco y desnudan al artista detrás del mito
“La riqueza de la vida está en los recuerdos que hemos olvidado”. Esta frase del escritor italiano Cesare Pavese actúa como un leitmotiv central a lo largo de las 863 páginas de Recuerdos que mienten un poco, las memorias publicadas por Carlos Alberto Solari, conocido popularmente como el Indio Solari, en 2019. Escrito en colaboración con el periodista Marcelo Figueras, el libro se convirtió en un objeto de deseo tanto para sus fieles seguidores como para sus detractores, buscando “completar el cuadro” de una historia ya ampliamente documentada, especialmente tras la disolución de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota a fines de 2001.
Desde sus primeras páginas, Solari se presenta como un “niño dañino” y un “mal alumno” que siempre estuvo en el grupo de los “movilizadores, de los no obedientes”. Su esencia, según relata, siempre fue la de “desarmar lo que estaba armado”, convencido de que “el caos era lo que ordenaba todo”.
“Cuando escuché a los Beatles, mi reacción fue instantánea, hasta física, diría… A mí me sacudió todo lo que represetaban los Beatles. Quería vestirme como ellos, pero esa ropa no existía acá”
El libro abre el arcón de recuerdos que el artista había mantenido en reserva hasta ese momento. Aborda su relación con sus padres, su infancia en Entre Ríos, su llegada a La Plata, las constantes “rateadas” de los colegios y sus primeros roces con las instituciones. Recuerda su paso por la catequesis, no por fe, sino por las películas, series, metegoles y mesas de ping-pong que ofrecía, concluyendo que de lo religioso solo le quedó “esa parte de los Evangelios donde Jesús dice: No vengo a traer la paz, sino la espada”.
De la bohemia a la chispa ricotera
Lejos del formato biográfico ortodoxo, Solari opta por un relato charlado, estructurado en preguntas y respuestas con Figueras como guía temático. Esta metodología permite múltiples entradas a su historia, una de ellas centrada estrictamente en su devenir biográfico. Tras su niñez, el libro navega por sus andanzas de juventud bohemia, el temprano camino de la psicodelia, el despertar artístico, sus primeros amores y su afinidad por los “automarginados” del sistema. También relata su experiencia trabajando en un hogar de niños en Once, un capítulo previo al encuentro trascendental con Skay Beilinson, evento que encendería la chispa fundacional de Los Redondos.
En un ejercicio de desmitificación, Solari confiesa que nunca se le hubiera ocurrido subir a un escenario. “Me consideraba un cantante de fogón, o todavía menos que eso: podía tocar cuatro o cinco temas y después le pasaba la guitarra a otro”, afirma, revelando su inclinación inicial por la literatura, la poesía o la pintura antes que por la música en vivo.
A lo largo de la obra, el Indio se muestra sorprendido por el fenómeno popular que generó la banda y minimiza su propio talento. “Me considero un ingenioso antes que un artista. Lo cual tiene su mérito, ojo: los ingeniosos podemos hacer cosas que otros no… Yo creo que el arte me inventó”, reflexiona, reconociendo el arte como el interés más grande de toda su vida.
El tesoro de las letras: desnudar las canciones
La parte más exhaustiva de Recuerdos que mienten un poco está dedicada a una inmersión profunda en la poética y los métodos de composición de Solari. El artista repasa uno a uno todos los temas de su discografía, tanto con Los Redondos como en su etapa solista. Este segmento representa un verdadero tesoro para sus seguidores, quienes durante años se dedicaron a descifrar los mensajes ocultos en sus letras. Solari, que se había negado insistentemente a hablar del significado de sus composiciones, califica esta revelación como “una infracción” que solo ahora se permite.
“Como creo en la obra en sí, por sobre todas las cosas, creo que no tengo mucho que agregar”, había declarado a LA NACION días antes de la edición de Último bondi a Finisterre (1998). En esa ocasión, explicó que la personalidad del artista podía “desmerecer un poco y desproteger a la obra”, prefiriendo que el “carácter enigmático, misterioso y detonante de la obra, esté mejor protegido si uno no compite con ella”.
Ahora, en el libro, Solari desnuda cada una de sus canciones con anécdotas y recuerdos. Revela que el clásico ricotero “Susanita” era originalmente “un chiste pavo” que cantaba “Zulemita, tan bonita”. Sobre “Héroe del whisky”, confiesa que la letra se divide entre Enrique Symns y él mismo: “Cuando digo «es lo que puede ofrecer/ papeles tristes y sed/ de boca floja y perdón/ para su lengua», estoy hablando de Enrique. Cuando digo: «bailará para la prensa/ y dedicará/ el nuevo rock de las cavernas/ a su vanidad», estoy hablando de mí”.
Respecto a sus “excompañeros de sulky” (Skay Beilinson y “la negra” Poli), el Indio Solari los menciona brevemente para volver a contar su versión de los hechos que precipitaron el final de la banda.
El libro como complemento de la obra
Marcelo Figueras confía en que el libro sea “un perfecto complemento de la obra artística del Indio”. Destaca que la obra de Solari ha dado “entidad y protagonismo a una enorme cantidad de personajes que por lo general no entran en los grandes medios de comunicación”. Para Figueras, el libro “sigue contando la historia de la murga de los renegados que somos”. Celebra que los jóvenes se reúnan en plazas y clubes a leer el libro de forma colectiva, ya que les proporciona “contexto en el sentido de entender de dónde vienen, qué es lo que ha pasado para que estén como están y para entender, muy claramente, de qué lado de la mecha están”.
El libro, que repasa los 70 años de vida que tenía Solari al momento de su publicación, se erige así como una clave para comprender la complejidad del artista y el fenómeno cultural que lo rodea. Como advierte en el prefacio, “tampoco hay que olvidar que en 70 años –créanme– pueden pasar muchas cosas”.

