De Cañuelas a la estepa patagónica: Celina Cabezas, la mujer que dejó Disney por los caballos y creó un emprendimiento exitoso
El viento patagónico golpea la estepa y mueve los pastos amarillentos mientras un grupo de caballos Cuarto de Milla avanza entre los mallines de la estancia Alinco, cerca de Junín de los Andes. Allí, Celina Cabezas, una mujer que desde pequeña supo que su destino estaba ligado a estos animales, mira en silencio. “Aunque llueva o no llueva, esto sigue siendo una belleza igual. El otoño le pega muy lindo a los colores, es impresionante. La estepa no tiene estos árboles y no llueve mucho, pero igual es maravilloso”, dice a LA NACION, condensando en esa postal su historia de vida y su exitoso proyecto.
La historia de Cabezas comenzó lejos de la Patagonia, entre los campos familiares de Cañuelas y Pehuajó. Mientras otros niños soñaban con parques de diversiones, ella solo quería volver al campo. “Iba solo al campo, a ningún otro lado, tampoco quería ir. Me hablaban de Disney y yo ni idea, porque no me interesaba”, recuerda. En la estancia La Agustina, en Cañuelas, construyó una relación profunda con los animales desde muy chica. “Mis amigos eran los caballos”, resume, y detalla cómo allí aprendió a montar, arrear hacienda y convivir con el ritmo rural.
Esa conexión era tan fuerte que incluso evitaba comentarla en el colegio. “No lo hablaba con mis compañeras porque nadie me iba a entender que mi mejor amigo era un caballo”, dice entre risas. Los caballos eran su todo. Su padre, productor ganadero, fue quien le inculcó el amor y el respeto por ellos, enseñándole a hablarles y a entender su naturaleza.
Las caídas fueron parte natural de su aprendizaje; se caía cientos de veces pero nunca desarrolló miedo. Un accidente serio a los ocho años, que la dejó inmovilizada por 40 días con una fisura de pelvis, no disminuyó su pasión. “Lo primero que le pregunté al médico fue cuándo podía volver a andar a caballo”, cuenta.
Formación en el exterior y un quiebre en la doma tradicional
Después de terminar el colegio Northlands, Cabezas comenzó a estudiar Agronomía, pero su formación siguió ligada al universo ecuestre. Vivió en Estados Unidos y luego en Inglaterra junto a su marido, aprovechando esos años para especializarse. “Siempre que pude estudiaba algo relacionado a los caballos”, resume. Cursó Equine Science en St. Louis, Missouri, y Techniques of Training en Inglaterra.
Antes de partir al exterior, su padre le había encargado ocuparse de la manada de caballos de trabajo. Allí empezó a cuestionar algunos métodos tradicionales. “Sufrí bastante porque veía el trato que la gente le daba a los caballos”, relata. Aunque reconoce la sensibilidad de su padre, admite que las prácticas de doma de aquella época eran duras: “Los peones domaban de manera muy violenta, a la vieja usanza”.
La Patagonia: un nuevo comienzo y la elección del Cuarto de Milla
El verdadero punto de inflexión llegó después de regresar a la Argentina. Fue entonces cuando descubrió la Patagonia y decidió empezar de cero. “Me enamoré de este lugar”, dice sobre la estancia Alinco. La zona imponía desafíos productivos, con apenas 400 milímetros de lluvia al año y recursos forrajeros limitados, lo que exigía un cuidado especial de los mallines.
La elección de la raza tampoco fue casual. Había criado criollos, árabes y hasta un pura sangre, pero nada la convencía. Todo cambió cuando conoció al Cuarto de Milla. Lo descubrió en la Exposición de Palermo y después viajó a Estados Unidos para interiorizarse, encontrando en Montana y Wyoming ambientes similares a los de la Patagonia. Convencida, decidió iniciar su proyecto con esta raza.
El proyecto arrancó con un padrillo adquirido en Buenos Aires y algunas yeguas locales mestizas, sumando luego potrancas puras. La mansedumbre se convirtió en un criterio central de selección genética. “Mi programa de cría es que todas las yeguas que entren a la manada tienen que estar mansas”, afirma, basándose en la confianza que debe existir entre el animal y las personas. Un caso emblemático es el de Gitano, un padrillo tordillo que había vendido de destete y recuperó años después, convirtiéndose en uno de los ejemplares más importantes de su cabaña.
Actualmente tiene unas 20 yeguas madres en la Patagonia y otras en provincia de Buenos Aires, incorporando genética de Estados Unidos, como el padrillo cremello Busy Winning Jacks adquirido hace una década. La crianza en Alinco combina selección genética y manejo racional; los potrillos son acostumbrados al contacto humano desde pequeños “para que se cree un vínculo y no tengan miedo”.
La influencia de Monty Roberts y un futuro con capacitaciones
Su filosofía terminó de consolidarse cuando conoció el trabajo del reconocido entrenador estadounidense Monty Roberts. Viajó a California junto a una de sus hijas para capacitarse con Roberts y profundizar técnicas de doma sin violencia. “Desde chica, me costaba mucho entender el latigazo a los caballos. Sentía que tenía que haber otra manera de amanzarlos. Cuando conocí a Monty Roberts entendí aún más la relación con los caballos”, afirma.
Ese aprendizaje derivó en un nuevo sueño: convertir Alinco en un espacio de formación. “Quisiera hacer cursos de dos semanas en el verano patagónico”, cuenta. Para eso, trabaja junto a Denise Heinlein, una de las principales entrenadoras del equipo de Roberts, quien ya visitó varias veces la estancia.
A sus 63 años, Cabezas sigue pensando en el futuro. “Me gustaría envejecer pasando cada vez más tiempo en el campo”, asegura. Su objetivo con la cabaña continúa intacto: mejorar genética y conformación de los ejemplares, competir y seguir creciendo. “Siempre se puede mejorar”, afirma. Mientras tanto, cada salida a caballo por la Patagonia sigue teniendo el mismo efecto que en su infancia. “Estar arriba de un caballo es realmente una cosa extraordinaria: el mundo se detiene”, concluye, mirando la inmensidad del sur: “La Patagonia nuestra es maravillosa. Me enamoré rotundamente”.

