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Un Messi «más sensible y auténtico»: el Mundial del capitán que ya no tiene nada que demostrar

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ATLANTA (enviado especial).- Lionel Messi se detuvo unos segundos, con la mirada perdida y los ojos llenos de lágrimas. El reciente empate frente a Egipto, que devolvía la esperanza a la Selección Argentina, lo encontró respirando hondo, procesando el torbellino de emociones. Minutos antes, había fallado un penal, había visto a su equipo quedar 0-2 y, por un instante, sintió que su sexto Mundial podía terminar esa misma tarde. Luego llegó el gol, la remontada y el desahogo, pero la imagen que perduró fue la de un Messi visiblemente conmovido, como pocas veces se lo había visto.

No es la primera vez que el astro llora con la camiseta argentina. Lo hizo en derrotas dolorosas, como las finales perdidas con Chile; también al levantar la Copa del Mundo en Qatar, y hasta cuando debió salir por lesión en la decisiva final de la Copa América 2024 contra Colombia. Sin embargo, este Mundial parece exhibir una versión diferente del capitán: más sensible, más auténtica y más permeable a todo lo que sucede a su alrededor. Es como si, después de tantos años de cargar con la responsabilidad de hacer feliz a un país entero, por fin se permitiera expresar abiertamente lo que siente.

El compromiso con el equipo y el penal errado

La entrevista posterior al partido también reveló mucho del momento que atraviesa. Cuando le consultaron sobre las lágrimas y la posibilidad de que ese hubiera sido su último partido mundialista con la selección, Messi no se centró en sí mismo. Volvió una y otra vez al penal errado, al esfuerzo de sus compañeros y a una frase que explicó su desahogo mejor que ninguna otra:

“Tenía mucha bronca por haber errado el penal, porque si lo metía cambiaba la dinámica del partido”.

No se reprochó el error por una cuestión personal, sino porque sintió que le había fallado a un grupo que, según sus propias palabras, “merecía seguir peleando”. Es una responsabilidad que Messi parece cargar más que nunca: sabe que hay una selección entera que corre, presiona y se sacrifica para potenciarlo, y siente la obligación de devolverles ese esfuerzo. Esa misma exigencia se la aplica a sí mismo. “Los goles son parte de mi trabajo”, dijo alguna vez, lo que explica por qué los penales errados lo golpean tanto. No es por una cuestión de marca personal, sino por el enorme compromiso con este grupo.

El afecto del público y el legado de Qatar

Lo mismo ocurre con la gente. Messi tardó muchos años en ganarse el cariño incondicional de los argentinos. Salvo algunos pasajes, como la Copa América de 2007 o el Mundial de 2014, recién logró derribar esa barrera con la Copa América de 2021 y, posteriormente, con los títulos que cambiaron para siempre su relación con la selección. Hoy, basta con que toque la pelota para que la gente estalle, un nivel de devoción incomparable con el que despierta cualquier otro deportista. Quizás por eso también se lo ve distinto al finalizar los partidos: se detiene a recibir una carta, un rosario, un dibujo, una camiseta o el regalo de un niño. Los recibe, sonríe, agradece. Gestos que antes pasaban más desapercibidos y que ahora parecen movilizarlo de manera especial.

Qatar cambió mucho más que el lugar de Messi en la historia. También modificó la manera en que vive el fútbol. Durante casi dos décadas, jugó con una mochila muy pesada: la de tener que ganar un Mundial para completar una carrera única. Esa presión quedó atrás el 18 de diciembre de 2022. Lo que sigue intacto es su competitividad. Sigue obsesionado con ganar, se enoja cuando pierde una pelota y es el primero en reprocharse un error, pero también se permite conectar con el afecto del público y de sus compañeros. La diferencia es que ahora ya no oculta lo que siente.

La familia, el paso del tiempo y el futuro

El paso del tiempo también juega su papel. A los 39 años, Messi sabe mejor que nadie que ya no quedan muchas oportunidades. Si bien nunca confirmó que este es su último Mundial, deja claro que cada partido puede ser el último con la camiseta argentina en una Copa del Mundo. Y eso se nota en la forma en que vive cada himno, cada clasificación y cada abrazo. Ya no existe la revancha; solo existe el próximo partido.

En ese recorrido personal también emerge un costado más íntimo. Durante la fase de grupos, trascendieron distintas versiones sobre el estado de salud de su padre, Jorge, la persona que lo acompañó durante toda su carrera y que hoy lo sigue a la distancia. Messi nunca hizo referencia pública al tema, pero es otro factor que lo acompaña en este Mundial, manteniéndolo con las emociones a flor de piel y con esa necesidad de darle una alegría a su familia en un momento delicado.

El paso del tiempo también se refleja en su familia. Thiago, Mateo y Ciro ya no son los chicos que corrían por el césped de Lusail sin comprender del todo la dimensión de lo que acababan de vivir. Hoy tienen 13, 10 y 8 años, y entienden mucho más de lo que pasa. Sufren los partidos, festejan los goles y también se angustian por su papá. Messi también parece valorar esa posibilidad de compartir con ellos esta etapa de su carrera, mucho más consciente del valor de cada recuerdo.

El sábado, frente a Suiza, Argentina volverá a jugarse el pase a las semifinales. Con varios de los candidatos ya eliminados, el cuadro se abrió y la selección vuelve a estar entre las grandes favoritas. No solo por la jerarquía de sus futbolistas, sino también por el carácter que volvió a demostrar frente a Egipto. Messi volverá a cargar con la responsabilidad de siempre, pero con un liderazgo distinto, que ya no solo se refleja en la cancha, sino también en una forma mucho más abierta de vivir este Mundial. Durante años, Messi jugó con la obligación de hacer historia. Hoy juega sabiendo que esa historia ya está escrita. Quizás por eso llora más. Quizás por eso se demora unos segundos frente a cada abrazo o cada obsequio que le acerca un hincha. Quizás por eso un penal errado lo golpea tanto y un gol lo emociona más que nunca. Porque, por primera vez en mucho tiempo, Messi ya no parece jugar solo para ganar. También juega para disfrutar. Porque hace tiempo que ya no tiene nada que demostrarle a nadie.

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