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Violeta Rivas y Néstor Fabián: la historia de amor que desafió al tiempo y la enfermedad

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Hay historias de amor que parecen desafiar la lógica del tiempo y las vicisitudes de la vida. La de Violeta Rivas y Néstor Fabián es una de ellas. Novios por tres años y casados durante cincuenta y uno, compartieron escenarios, aplausos, una hija, una nieta y una existencia entera. Su vínculo se forjó en los pasillos de Canal 13 en 1964, cuando ambos eran jóvenes promesas de la música argentina, y se mantuvo inquebrantable incluso ante la enfermedad.

El primer encuentro, sin embargo, no fue auspicioso. Él recuerda haberla visto caminar concentrada con un libreto y, al presentarse, no recibió respuesta. Ella siguió su camino, sumergida en su profesionalismo. Décadas más tarde, Néstor Fabián aún se reía de aquel inicio fallido, sin saber si Violeta no lo había escuchado o simplemente estaba demasiado absorta en su trabajo. El destino, sin embargo, insistiría.

Del «Club del Clan» a una promesa sagrada

Poco tiempo después, Jorge “Cacho” Fontana los convocó a un programa de Radio El Mundo. Esta vez, el encuentro fue diferente. Violeta se mostró amable y conversadora, rompiendo el hielo de inmediato. A partir de entonces, comenzaron a verse con frecuencia. La relación avanzó rápidamente; Violeta lo presentó a su numerosa y unida familia, y Néstor se integró hasta sentirse uno más. Fue entonces cuando admitió que había sido amor a primera vista, conquistado por la sencillez, naturalidad y simpatía de la cantante.

La relación se consolidó aún más cuando Violeta se unió a El Club del Clan en Canal 9, donde Néstor ya trabajaba. Los ensayos, grabaciones y presentaciones compartidas multiplicaron sus encuentros y afianzaron su noviazgo. Pero una amenaza inesperada puso a prueba su amor: Violeta sufrió una severa disfonía que la dejó sin voz, una situación devastadora para una cantante.

En 1966, mientras trabajaba en Santa Fe, Néstor Fabián vivió lo que siempre describió como un hecho extraordinario. Al salir de una presentación, se unió a una multitud que se dirigía a la Iglesia de Guadalupe. Allí, arrodillado, la imagen de Violeta apareció claramente en su mente. Lo interpretó como una señal y, en ese mismo instante, hizo una promesa: si ella recuperaba la voz, se casarían en esa iglesia. La recuperación llegó, y Néstor cumplió.

El casamiento se celebró en marzo de 1967 y se convirtió en un acontecimiento nacional, transmitido en vivo por Nicolás “Pipo” Mancera en el mítico Sábados Circulares. Los argentinos, que sentían a la pareja como propia, siguieron su historia con entusiasmo. No solo construyeron una familia sólida con su hija Analía Verónica y más tarde su nieta Zoe, sino que también compartieron escenarios, fusionando la técnica lírica de Violeta con la sensibilidad tanguera de Néstor.

El amor en la adversidad y el adiós inolvidable

La vida de Néstor Fabián, nacido como José Cotelo en un conventillo de San Telmo, estuvo marcada por la adversidad temprana, perdiendo a sus padres a corta edad. Fue Rosita, una mujer de Avellaneda, quien lo adoptó y “le salvó la vida”, acompañándolo en su carrera y siendo madrina de su boda con Violeta. Él se convirtió en una de las voces más reconocidas del tango, compartiendo con figuras como Mariano Mores, Aníbal Troilo y Julio Sosa. Sin embargo, la presencia más determinante en su vida fue siempre la de Violeta.

A lo largo de las décadas, el matrimonio atravesó problemas y dificultades, pero el vínculo nunca se quebró. La prueba más dura llegó cuando Violeta enfermó de Alzheimer. La enfermedad fue apagando lentamente sus recuerdos, rostros y nombres. Néstor tomó entonces una decisión inquebrantable: cuidarla en casa mientras fuera posible. Amigos le ofrecieron ayuda y geriátricos especializados, pero él prefirió que permaneciera rodeada de afecto, con el apoyo de Analía y Zoe. La convicción era simple: “Amor, amor y más amor”.

Cuando Violeta tenía momentos de lucidez, compartían reuniones con amigos. En otras ocasiones, ya no reconocía a quienes la rodeaban. Con el avance irreversible de la enfermedad, los cuidados superaron las posibilidades del hogar y debieron internarla. Néstor siempre destacó el trato humano recibido en el Sanatorio Güemes. Un día, mientras una enfermera la asistía, Violeta lo miró fijamente y pronunció las últimas palabras que él jamás olvidaría:

Me muero.

Néstor alcanzó a besarla por última vez. Hoy, años después, la extraña con la misma intensidad. En su dormitorio conserva fotografías y recuerdos de su esposa. Cada noche, antes de acostarse, observa sus imágenes y le habla en silencio: “Hasta mañana, querida”. A veces, aún cree escuchar sus pasos o imagina que se levantó a buscar un vaso de agua. La ausencia persiste, pero también el amor, en los gestos y en las pequeñas ceremonias cotidianas que mantienen viva su presencia. Para Néstor Fabián, Violeta Rivas fue, desde aquel lejano encuentro, el gran amor de su vida, un vínculo que ni siquiera la muerte logró romper.

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