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Geopolítica de la energía: Argentina ante la oportunidad de ser un «electroestado»

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La energía vuelve a posicionarse en el centro del debate estratégico global, impulsada por tensiones en las cadenas de suministro como la crisis de 1973, la invasión rusa a Ucrania y los conflictos en el estrecho de Ormuz. Sin embargo, el paradigma energético está virando del tradicional petróleo hacia la electricidad, dando lugar al surgimiento de los llamados «electroestados».

Juliana Montani, politóloga (UBA, ISIAE/CARI), destaca que si el siglo XX estuvo dominado por los «petroestados», el actual siglo XXI ve cómo el poder se desplaza hacia aquellos países con capacidad para generar, almacenar y gestionar electricidad y desarrollar la tecnología asociada. La electricidad se consolida como un insumo estratégico, equiparable al petróleo en la era industrial, mientras que la energía nuclear experimenta un resurgimiento global. Al respecto, el ingeniero Alfredo García (@operadornuclear), consultor del Organismo Internacional de Energía Atómica, subraya que la clave no es la confrontación, sino la colaboración entre renovables y energía nuclear.

El cambio de paradigma y el rol de las baterías

A pesar de la creciente importancia de la electricidad, el petróleo y el gas seguirán siendo fundamentales para sectores como la agricultura, la industria química y farmacéutica. No obstante, el eje del poder se está moviendo del control de los combustibles fósiles al dominio de las tecnologías que sustentan la nueva economía eléctrica. Un factor disruptivo en este escenario son los centros de datos, que actúan como verdaderos actores energéticos, con un consumo comparable al de ciudades enteras y cuya localización depende directamente de la disponibilidad eléctrica.

Luciano Silva, especialista en almacenamiento energético para América Latina de una de las principales empresas chinas de energía solar, propone una nueva perspectiva sobre la transición energética. Para países sin abundantes combustibles fósiles propios, como Chile, la verdadera transformación radica en pasar de una escasez energética a una abundancia de energía renovable no convencional (solar y eólica). En este contexto, la escasez actual reside en la gestión eficiente de esta energía renovable variable, y las baterías emergen como la tecnología habilitante para esta transformación.

Argentina: una posición estratégica con desafíos

Este cambio global encuentra a la Argentina en una posición «excepcional», según Montani. El país reúne simultáneamente vastas reservas de petróleo y gas no convencional (Vaca Muerta), litio, cobre y uranio. Además, cuenta con una industria nuclear desarrollada a lo largo de más de siete décadas, empresas tecnológicas capaces de exportar reactores, una agroindustria competitiva y una sólida cadena de proveedores de ingeniería y servicios especializados en el sector energético. A esto se suma una geografía estratégica en el Atlántico Sur, con proyección antártica y comunicación bioceánica, elementos cruciales en un mundo donde energía, alimentos, minerales críticos, rutas marítimas y seguridad se entrelazan.

Un activo menos visible pero igualmente significativo es la presencia de Rafael Grossi al frente del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y su candidatura a la Secretaría General de la ONU, lo que refleja décadas de construcción de capacidades científicas, tecnológicas y diplomáticas argentinas.

La «trampa de la abundancia» y el «dumping político»

Sin embargo, la mera posesión de recursos no garantiza el desarrollo. La historia está plagada de ejemplos de países ricos en materias primas que no lograron un crecimiento sostenido, lo que se conoce como la «paradoja de la abundancia» o la «maldición de las materias primas»: exportar recursos primarios mientras otros países los transforman en inversión y valor agregado. Este riesgo se agrava con la velocidad de la evolución tecnológica; mientras Argentina debate cómo explotar el litio, China ya avanza en baterías de sodio, un mineral mucho más disponible. El recurso cambia, pero la capacidad de innovar permanece.

La politóloga identifica un desafío adicional que denomina «dumping político»: la dificultad de sostener estrategias de largo plazo en sistemas con alta rotación política. Proyectos como centrales nucleares, redes eléctricas o ecosistemas tecnológicos requieren décadas para madurar, mientras que los calendarios electorales se miden en meses. Para superar esta trampa, se necesitan acuerdos políticos capaces de trascender los cambios de gobierno y orientar inversiones cuyos frutos se verán a largo plazo. Montani cita los casos de Noruega, que utilizó su renta petrolera para construir un fondo soberano, y Australia, que transformó su liderazgo minero en un ecosistema exportable de ingeniería y servicios tecnológicos.

Para Argentina, la clave está en consolidar sectores donde ya posee ventajas: la industria nuclear, la economía del conocimiento, el software industrial, la inteligencia artificial aplicada a energía y minería, la biotecnología, la ingeniería de alta complejidad, las tecnologías para el agro y los servicios asociados a la transición energética. La diferencia entre riqueza y desarrollo dependerá, en última instancia, menos de lo que se extraiga del subsuelo y más de lo que el país sea capaz de construir «por encima de él».

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