Selección Argentina: el «hilo invisible» que une a Scaloni con la mística de México 86
KANSAS CITY (Enviado especial).- Cuarenta años después, la impronta de México 86 sigue reverberando en cada paso de la Selección Argentina. Más allá de la omnipresencia de la camiseta de Diego Maradona, solo superada por la de Lionel Messi en las ciudades que el equipo recorre durante el Mundial, las coincidencias entre el plantel de Carlos Bilardo y el de Lionel Scaloni trascienden la figura del mejor jugador del mundo y la consecución de la Copa. Un «hilo invisible» parece conectar a ambas generaciones.
Argentina ha reconstruido un equipo con los atributos que suelen distinguir a los grandes campeones: un entrenador con la plena confianza de sus dirigidos, un líder capaz de asumir la presión, un grupo que prioriza el conjunto sobre las individualidades, una profunda identificación con la afición y la habilidad para superar los momentos más complejos. Aunque el fútbol, los jugadores y la experiencia mundialista hayan evolucionado, ciertas esencias se mantienen.
Este vínculo se extiende incluso fuera del campo de juego. Muchos de los campeones de México 86 acompañan al equipo desde los palcos, algunos como invitados de la AFA y otros aprovechando la visita a Estados Unidos para comentar partidos o cumplir compromisos. Durante los encuentros, se transforman en un hincha más, compartiendo el mismo deseo de ver a esta Selección avanzar y festejar un nuevo Mundial, esta vez desde una perspectiva diferente. Mientras Nicolás Otamendi anticipa una pelota, Oscar Ruggeri imita el gesto; cuando Emiliano Martínez vuela de palo a palo, Nery Pumpido aplaude. Sergio Batista disfruta de Messi y de la personalidad de Enzo Fernández, y Ricardo «Chino» Tapia sigue de cerca a Leandro Paredes. La figura de Maradona, aunque ausente, se materializa en las tribunas y en el recuerdo de un plantel que, pese a no haber nacido en 1986, creció con sus gambetas y entendió el poder del fútbol para unir a un país.
Liderazgos y construcción de equipo
Las similitudes comienzan con los líderes. Ayer fue Maradona; hoy es Messi. Distintos en su estilo de vida, pero igualmente cruciales en la cancha. Ambos han cargado sobre sus hombros la ilusión de millones de argentinos, liberando de esa presión al resto del equipo. No es casualidad que Diego fuera el primero en entregarle la cinta de capitán a Messi en un Mundial, en Sudáfrica 2010. Con el tiempo, Messi forjó un liderazgo propio, más discreto que el de Maradona, pero igual de contundente, conduciendo desde el ejemplo y el respeto ganado dentro del grupo.
Ningún capitán, sin embargo, gana un Mundial en solitario. Bilardo y Scaloni lograron que sus planteles acompañaran cada decisión sin que esto afectara la convivencia. Bilardo apostó por José Luis Brown en lugar de Daniel Passarella. Scaloni, por su parte, ha repetido que el único jugador con el puesto asegurado es Messi. En la antesala de este Mundial, dejó en el banco al subcapitán Nicolás Otamendi. Previamente, Paredes cedió su lugar a Enzo Fernández, Lautaro Martínez perdió la titularidad ante Julián Álvarez, e incluso Ángel Di María fue suplente en algunos encuentros. A pesar de estos movimientos, todos continuaron remando en la misma dirección, priorizando a la Selección por encima de cualquier nombre.
El caso más reciente es el de Lautaro Martínez. Perdió el puesto en Qatar, volvió a empezar desde atrás en este Mundial y nunca dejó de trabajar para recuperar su lugar, incluso después de ser goleador de la Copa América 2024 y participar en 22 goles en sus últimos 28 partidos. Esperó su oportunidad y respondió cuando Scaloni le devolvió la confianza, marcando ante Jordania y posicionándose como la principal opción para jugar de nueve en los octavos de final ante Cabo Verde, en Miami, por delante de Julián Álvarez.
Conexión con la gente y la mística
La relación con la gente es otro punto de encuentro entre aquella Selección que conquistó la primera estrella fuera del país y esta que busca repetir la hazaña en un Mundial con México como sede. La del 86 terminó de conquistar al país durante el torneo, tras llegar en medio de críticas y dudas. Esta generación, en cambio, hizo el camino inverso: el romance con el público nació antes, con la Copa América 2021, se fortaleció con Qatar 2022 y hoy se percibe en cada ciudad que visita. Miles de hinchas llenan los estadios, organizan banderazos, esperan horas en las puertas de los hoteles y crean una fiesta que ya es una de las grandes atracciones del torneo. Esta conexión no se explica solo por los resultados, sino por la manera en que el equipo representa la camiseta, una identificación que se había perdido tras México 86 y que ahora parece más fuerte que nunca.
Hay una coincidencia más difícil de explicar, que algunos llaman mística y los más jóvenes, aura: esa sensación de que el equipo siempre encuentra una salida a tiempo, incluso en los momentos más complejos. La Selección del 86 la exhibió frente a Inglaterra, Bélgica y Alemania. La de Scaloni también, tras el revés contra Arabia Saudita en Qatar y en este inicio de Mundial, donde fue de menor a mayor en el rendimiento y, en ocasiones, volvió a depender de Messi para resolver los partidos. Una idea que los jugadores suelen resumir en una frase: nunca dejar de creer.
La gloria no se hereda, pero sí la manera de competir, de convivir y de construir un grupo capaz de afrontar cualquier desafío. Cuarenta años después de México 86, el sueño es que el viaje vuelva a terminar con una copa en alto, esta vez en New Jersey, con los campeones de México 86 como testigos de una historia que trasciende equipos y épocas.

