Mar de las Pampas: cómo el “vivir sin prisa” lo postuló entre los mejores pueblos del mundo
Quien se adentra en Mar de las Pampas, dejando atrás la ruta 11, experimenta una transformación. La rigidez del asfalto y la lógica urbana se disuelven para dar paso a calles de arena sinuosas, que serpentean al ritmo de las dunas originales. Sin semáforos, sin apuros, sin veredas de cemento, este trazado errante no fue una casualidad, sino una promesa fundacional de sus pioneros: esperar el crecimiento de los pinos antes de abrir senderos. En este rincón costero, la naturaleza siempre tuvo la primera palabra.
Esa tenacidad colectiva por preservar la escala humana y el entorno recibió ahora una distinción de alcance global. La Secretaría de Turismo de la Nación seleccionó a Mar de las Pampas como uno de los ocho pueblos argentinos que representarán al país ante el jurado de ONU Turismo para obtener el prestigioso sello Best Tourism Villages. Esta iniciativa de las Naciones Unidas busca reconocer a destinos de menos de 15 mil habitantes que resguardan su identidad, adoptan un estilo de vida respetuoso con el entorno y protegen su biodiversidad, alejándose del lujo estandarizado del turismo tradicional.
En la comunidad, la noticia se vive con una cercanía particular. “Esto no es un premio ni una competencia con otros lugares”, aclaró una de las vecinas que participó activamente del proceso. “Lo sentimos más bien como una validación a una forma de trabajar por la positiva, a una identidad que elegimos cuidar todos los días, cuando las luces del verano se apagan y quedamos nosotros con el bosque”.
La génesis de una postulación comunitaria
El proceso de postulación de Mar de las Pampas se gestó de manera colaborativa. La chispa inicial la encendió un vecino que acercó la propuesta a la comunidad. A partir de allí, la idea se difundió de boca en boca, convocando a reuniones informales que comenzaron en livings de casas y, debido a la creciente participación, se trasladaron a locales y bares del pueblo.
Quienes participaron recuerdan que fue una de las iniciativas que más rápidamente y de forma más homogénea logró la aceptación de toda la comunidad. No hubo discusiones prolongadas ni fisuras a la hora de defender el territorio común. A este impulso civil se sumó el equipo técnico de la Secretaría de Turismo de Villa Gesell, que colaboró en la elaboración de un documento de casi cien páginas, repleto de mapas, fotos y registros, que plasmaba la singularidad de la localidad.
La verdadera guía, sin embargo, provino de la memoria colectiva del pueblo. Durante los encuentros, los vecinos aportaron carpetas repletas de recortes de diarios antiguos, fotos de época y documentos históricos. Al revisar este material, la conclusión fue unánime: el eje central, el concepto de “vivir sin prisa”, no era una invención reciente ni un eslogan de marketing estival. “No empezamos de cero, esto ya estaba hecho”, repiten los vecinos, conscientes de que solo hacía falta ordenar el material y recuperar el camino ya trazado por los pioneros.
Hoy, “vivir sin prisa” no es solo una declaración; fue declarado Patrimonio Cultural Intangible de la localidad. Funciona como un pacto existencial que invita a un andar lento, sintonizado con el pulso de las mareas y el crujir de las acículas de los pinos. Es la búsqueda de una vida más humana, donde el tiempo deja de ser una tiranía productiva para transformarse en un espacio de contemplación.
Guardianes del frente costero y la armonía arquitectónica
Lo que defiende este rincón de bosque frente al mar se traduce en una sólida red de patrimonios naturales que los marpampeanos custodian frente al desarrollo inmobiliario tradicional. En términos ecológicos, la localidad opera como un escudo verde esencial: limita directamente con los paisajes agrestes de la Reserva Natural Municipal Faro Querandí y sostiene una estricta franja marítima protegida para conservar intacto el ecosistema de las dunas costeras.
Mantener este frente costero libre de cemento es una de las grandes victorias silenciosas del pueblo. A diferencia de otros balnearios de la provincia que nivelaron sus playas y construyeron avenidas costaneras o paredones, Mar de las Pampas conservó sus médanos vivos e intactos. Estas inmensas formaciones no solo funcionan como barrera de defensa natural contra las sudestadas y la erosión del océano, sino que también cumplen un rol vital y menos visible: actúan como un gigantesco filtro que recibe el agua de lluvia y alimenta directamente las napas subterráneas, el único recurso hídrico de la comunidad.
Entender que la playa no es un espacio a pavimentar, sino un organismo vivo que necesita moverse y respirar al ritmo del viento, es el corazón de la postura ambiental de la aldea. Para el visitante, el impacto es inmediato: llegar al mar no implica cruzar una calle, sino caminar entre la arena silvestre, subiendo y bajando las dunas.
Para que la mística del lugar no se desvanezca ante el avance del cemento, el sector privado y el Estado han establecido reglas de juego claras. La actividad comercial está regida por ordenanzas pioneras, como la norma 1958, que impone exigencias de integración paisajística y arquitectónica estrictas. Los locales gastronómicos y paseos comerciales jamás deben competir visualmente con la altura y la densidad del bosque, teniendo la obligación de mimetizarse con el entorno, priorizando materiales como la madera y la piedra, y respetando la ubicación de cada árbol. La premisa es que la arquitectura sea un invitado silencioso y respetuoso, nunca un invasor.
Así, Mar de las Pampas llega a las puertas de la ONU para dar testimonio de que otra forma de entender el turismo y el desarrollo es posible. El sello de las Naciones Unidas podría consolidar un faro en la costa bonaerense, pero en el corazón de sus vecinos, el verdadero triunfo ya se respira cada tarde, cuando el sol cae detrás de los pinos y el tiempo se detiene.

