Belgrano: de la lápida de mármol de una cómoda al mausoleo que tardó 83 años en llegar
Manuel Belgrano, una de las figuras más trascendentales de la historia argentina, vivió sus últimos días sumido en la pobreza, la enfermedad y el desencanto. A fines de 1819, el prócer le escribió a José Celedonio Balbín, su amigo y proveedor del Ejército del Norte, una frase que condensaba su estado de ánimo: “Yo quería a Tucumán como la tierra de mi nacimiento, pero han sido aquí tan ingratos conmigo, que he determinado irme a morir a Buenos Aires, pues mi enfermedad se agrava cada día más”. Este lamento reflejaba el sentimiento de abandono de una provincia donde había luchado por la independencia y donde vivía su hija.
En aquel entonces, Bernabé Aráoz, caudillo provincial, concentraba el poder en Tucumán, una Argentina fragmentada por guerras civiles. Aráoz, que pretendía formar una República del Tucumán autónoma, ordenó el arresto de Belgrano, quien estaba vinculado al poder político central. La situación llegó a un extremo humillante: a pesar de padecer hidropesía, que le hinchaba las piernas y dificultaba su respiración, intentaron ponerle grilletes. Solo desistieron cuando su médico, Joseph Redhead, advirtió que sería una tortura. Finalmente, el 2 de enero de 1820, Aráoz ordenó su liberación.
El regreso a Buenos Aires y la confesión de su pobreza
El viaje de regreso a Buenos Aires solo fue posible gracias a un préstamo de 2000 pesos de Balbín. Las autoridades tucumanas se negaron a darle el dinero, argumentando que las arcas provinciales estaban exhaustas, ignorando que aún le debían salarios y que Belgrano había destinado los 40.000 pesos de la victoria de Salta, en 1813, a la construcción de escuelas. Llegó a la casa donde había nacido, sobre la actual avenida Belgrano 430, en el barrio de Monserrat, “enfermo, pobre y desencantado”, según el historiador Ovidio Giménez.
A pesar de sus reclamos de pagos atrasados al gobernador bonaerense Manuel de Sarratea, los montos fueron escasos. Su salud se deterioraba rápidamente. En una visita de Balbín, Belgrano le confesó, según Daniel Balmaceda en Belgrano. El gran patriota argentino: “Me hallo muy malo, duraré pocos días, espero la muerte sin temor, pero llevo un gran sentimiento al sepulcro […]. Muero tan pobre que no tengo cómo pagarle el dinero que usted me tiene prestado”.
El último deseo y el “Día de los Tres Gobernadores”
El 25 de mayo de 1820, Belgrano dictó su testamento, disponiendo ser enterrado en el Convento de Santo Domingo, a metros de su casa. Nombró albacea a su hermano Domingo Estanislao Belgrano, sacerdote y fraile de la orden. Su fe católica, que había marcado toda su vida, quedó plasmada en el documento:
[…] creyendo ante todas cosas como firmemente creo en el alto misterio de la Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas, y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y Sacramentos que tiene, cree y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir como Católico y fiel Cristiano que soy […]
También ordenó que su cuerpo fuera amortajado con el hábito del Patriarca de Santo Domingo y sepultado en el panteón de su casa en dicho Convento.
Belgrano falleció el 20 de junio de 1820, a los 50 años. Su cuerpo fue trasladado en un cajón de pino cubierto por un paño negro a la iglesia Santo Domingo. No hubo demostraciones públicas, ya que su muerte coincidió con “el día de los tres gobernadores”, un período de gran inestabilidad política en Buenos Aires. Su hermano programó el funeral para el 27 de junio, al que solo asistieron familiares y amigos íntimos. Fue enterrado en el atrio, con una lápida de mármol de una cómoda de su madre, cedida por su hermano Miguel, que solo decía: “Aquí yace el general Belgrano”. En 1855, la lápida tuvo que ser reemplazada por el desgaste de las pisadas de los peatones.
El reclamo estudiantil y el ambicioso mausoleo
Durante 83 años, los restos del prócer permanecieron olvidados en ese patio. En 1895, un movimiento surgido en el Colegio Nacional de Buenos Aires y la Escuela Nacional de Comercio comenzó a pedir que se honrara al héroe. El 8 de julio de ese año, estudiantes marcharon por la Avenida de Mayo hasta el monumento a Belgrano. Gabriel Souto, uno de ellos, reclamó la construcción de un mausoleo digno y propuso crear una comisión para reunir fondos mediante una suscripción pública.
La propuesta tuvo una repercusión inmediata. Legislaturas provinciales, el Ejército, la Armada, escuelas y particulares donaron dinero. El Congreso Nacional aportó recursos mediante la ley 3363, reuniendo un total de 107.725 pesos. Se abrió un concurso internacional, que ganó el escultor italiano Ettore Ximenes, reconocido por obras como el busto de la República en la Casa Rosada.
Exhumación, escándalo y la inauguración final
El 4 de noviembre de 1902, con el mausoleo casi terminado, se realizó la exhumación de los restos. El diario La Prensa describió la sorpresa al no encontrar los restos en la bóveda principal, sino “algunos huesos del esqueleto de Belgrano, varios trozos de madera y unos cuantos clavitos de bronces” en el fondo de la fosa. Los restos fueron depositados en una bandeja de plata y luego en una urna provisoria bajo el altar mayor.
Sin embargo, la ceremonia derivó en un escándalo. Según denunció La Prensa, varios dientes en buen estado de Belgrano terminaron en los bolsillos del ministro del Interior, Joaquín V. González, y el ministro de Guerra, Pablo Ricchieri. El periódico reaccionó con dureza, exigiendo la devolución de los dientes “al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la Nación”. La indignación pública obligó a ambos ministros a devolverlos pocos días después.
Finalmente, el 20 de junio de 1903, 83 años después de su muerte, se inauguró el mausoleo. La obra de Ximenes, de nueve metros de altura, es una síntesis visual de la vida del prócer: dos figuras de bronce representan el pensamiento y la acción; bajorrelieves evocan las batallas de Tucumán y Salta y la creación de la bandera; cuatro figuras femeninas aladas sostienen un sarcófago de aluminio, simbolizando la humildad en la victoria, la educación, la vida militar y el impulso a la industria. En la parte superior, un cóndor de bronce despliega sus alas, representando la libertad.
El convento de Santo Domingo también conserva las marcas de balas de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, en las que Belgrano participó activamente. La lápida improvisada fue reemplazada por una inscripción que reza: “Precursor y Fundador de la Independencia Argentina –Vencedor en Tucumán y Salta– El pueblo y el Gobierno inauguran el mausoleo a su inmortal memoria”. La Fuerza Aérea y el Ejército también añadieron sus propias placas de homenaje. La gratitud llegó, finalmente, después de casi un siglo de olvido.

