Política exterior de Milei: la «paradoja regional» entre la integración y la dependencia
La política exterior del gobierno de Javier Milei presenta una marcada contradicción, según analiza Dolores Gandulfo, secretaria de Relaciones Internacionales e Integración del Parlamento del MERCOSUR. Por un lado, el oficialismo reivindica el avance del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea como un logro diplomático de más de dos décadas. Por otro, impulsa decisiones que, a su juicio, socavan los cimientos políticos, institucionales y estratégicos del propio bloque regional, como el acuerdo recíproco con Estados Unidos o la adhesión al tratado transpacífico.
Gandulfo subraya que el acuerdo con Europa no fue una estrategia nacional aislada, sino el resultado de una construcción colectiva. Fue el Mercosur, sostiene, quien otorgó a sus Estados miembros la capacidad negociadora necesaria frente a uno de los mayores bloques económicos del mundo. Ninguno de los países de la región, individualmente, habría logrado un entendimiento de tal magnitud. Esto lleva a la pregunta central sobre el verdadero lugar de la integración regional en la visión internacional del actual gobierno argentino.
Las tres contradicciones según el pensamiento de José Paradiso
Para analizar esta paradoja, Gandulfo recupera el pensamiento de José “Pepe” Paradiso, a quien muchos consideran el padre de la Escuela de las Relaciones Internacionales en Argentina. En su obra póstuma El ideal unificador en América Latina, Paradiso argumenta que la integración regional no es una construcción artificial ni una preferencia ideológica, sino una constante histórica desde los procesos de independencia.
Paradiso identificaba tres factores estructurales que explican la persistencia del ideal integracionista:
El primero es la condición periférica compartida por los países de la región. América Latina ocupa una posición subordinada dentro de la economía mundial, caracterizada por la dependencia tecnológica, la vulnerabilidad financiera y una limitada capacidad de incidencia sobre los grandes procesos globales. Frente a esa realidad, la integración aparece como una estrategia para ampliar márgenes de autonomía y fortalecer la capacidad de negociación colectiva.
El segundo factor es la convivencia con una potencia hegemónica de escala continental: Estados Unidos. Las experiencias de integración latinoamericana se interpretan como intentos de construir espacios de coordinación para equilibrar la enorme influencia de Washington. No se trata de confrontar, sino de evitar que la asimetría de poder impida definir intereses propios.
Finalmente, Paradiso destacaba un componente cultural compartido: una historia común, lenguas predominantes, tradiciones políticas semejantes y una identidad latinoamericana que alimenta la aspiración de una comunidad regional.
La inserción económica y el alineamiento geopolítico
Desde esta perspectiva, la política exterior del gobierno de Milei parece ir en dirección opuesta a las tres dimensiones señaladas por Paradiso. La primera contradicción se observa en la inserción económica internacional. Mientras se celebra el acuerdo Mercosur-UE, se impulsa una estrategia de negociaciones bilaterales que erosiona la lógica integracionista. El reciente acuerdo comercial con Estados Unidos es un ejemplo elocuente. Más allá de las discusiones jurídicas sobre su compatibilidad con las normas del Mercosur y de la Organización Mundial del Comercio, el mensaje político es claro: Argentina busca negociar unilateralmente con grandes potencias, incluso si ello afecta la construcción de una política comercial común y el interés nacional.
Paradiso advertía que la debilidad latinoamericana radicaba en la incapacidad de transformar intereses compartidos en acción colectiva. La fragmentación regional nunca fortaleció a los países, sino que amplificó la influencia de actores externos. Esta discusión adquiere especial relevancia en vísperas de una nueva cumbre regional, donde se definirá si el Mercosur seguirá siendo una plataforma estratégica o un espacio residual frente a acuerdos individuales como el intento argentino de adherir al Tratado Transpacífico.
La segunda contradicción se da en el plano geopolítico. Mientras gran parte de América Latina busca diversificar y generar autonomía estratégica en sus relaciones con Estados Unidos, China y Europa, la administración Milei ha optado por un alineamiento casi automático con Washington. Esto no es solo una preferencia diplomática, sino una redefinición profunda de la posición internacional argentina. Las votaciones recientes en Naciones Unidas, donde Argentina acompañó a Estados Unidos e Israel en resoluciones sobre esclavitud, tortura, derechos indígenas y el embargo a Cuba, evidencian un alejamiento de posiciones históricamente compartidas por la mayoría de los países latinoamericanos.
El plano institucional y la comunidad política
La tercera contradicción se expresa en el plano institucional. Mientras el gobierno proclama la necesidad de ampliar la presencia internacional de Argentina, el país ha reducido significativamente su participación en espacios multilaterales y de diplomacia parlamentaria. Representaciones argentinas en organismos como el Parlamento Latinoamericano y Caribeño, ParlAmericas o la Unión Interparlamentaria han perdido protagonismo o permanecen vacantes. Esta situación es paradójica en un contexto de creciente competencia geopolítica y revalorización de los espacios multilaterales, donde la influencia de los Estados también se construye a través de parlamentos, organismos regionales y redes institucionales.
Más allá de lo económico y político, Gandulfo destaca una dimensión más profunda: América Latina es una comunidad política construida sobre valores compartidos. En un escenario internacional de proteccionismo, nacionalismos y discursos antimigratorios, la región ha sostenido una tradición de convivencia, movilidad humana, diversidad cultural y resolución pacífica de conflictos. América Latina sigue siendo una de las principales zonas de paz del planeta, gracias a mecanismos políticos e institucionales para resolver diferencias mediante el diálogo. Preservar esta condición exige fortalecer la concertación regional, no debilitarla, y construir posiciones comunes frente a desafíos globales.
La próxima Cumbre del Mercosur ofrece una oportunidad para discutir no solo acuerdos comerciales, sino el papel de la región en un mundo dominado por la competencia entre grandes potencias. La enseñanza de Paradiso sigue vigente: la integración latinoamericana nunca fue solo un proyecto económico, sino una respuesta política a una condición estructural compartida. Los países de la región, actuando aisladamente, tienen una capacidad limitada para influir en las dinámicas globales que condicionan su desarrollo.
La principal incoherencia de la política exterior de Milei, concluye Gandulfo, no radica solo en celebrar el acuerdo Mercosur-UE mientras se debilita al propio bloque. La contradicción más profunda es reivindicar los beneficios obtenidos gracias a la acción colectiva regional al mismo tiempo que se erosionan los principios políticos que históricamente justificaron esa acción. En un mundo dominado por gigantes, renunciar a la región, argumenta, no es una demostración de independencia, sino, muchas veces, la forma más rápida de volver a la dependencia.

