Borges y su miedo a la inmortalidad del alma: «Estoy cansado de ser Borges»
En un diálogo íntimo y revelador que tuvo lugar en 1973, el icónico escritor argentino Jorge Luis Borges compartió sus más profundos temores y convicciones sobre la existencia y el final de la vida. Lo que comenzó como una respuesta sorpresiva en Madrid —»Sólo tengo miedo a la inmortalidad del alma. Sé que debo morir y quisiera morir entero. Ese es mi único miedo»— se profundizó en Buenos Aires, donde el autor desgranó una perspectiva singular sobre la muerte, la identidad y la trascendencia.
«Le tengo miedo a la inmortalidad del alma porque estoy cansado de ser Borges, porque estoy cansado de ‘ser’», explicó el autor de Fervor de Buenos Aires. Esta afirmación no implicaba un deseo de aniquilación total, sino una esperanza de disolución de la identidad tal como la conocemos. «Si yo después de la muerte corporal me encontrara en otro estado, en una vida totalmente distinta, no me importaría. Pero como la identidad consiste en la memoria siquiera parcial del pasado, no sé si sería yo o sería otro», puntualizó.
La muerte como liberación y el escepticismo ante Dios
Lejos de temer a la muerte, Borges la concebía como una liberación. «No, todo lo contrario [a tenerle miedo a la muerte]. Como yo no creo en la inmortalidad, creo que –al revés del verso de Horacio– moriré entero. Espero morir corporal y mentalmente», afirmó. Para el escritor, esta certeza era un consuelo en momentos de desdicha, permitiéndole ver sus problemas como inherentes a un «ser transitivo, perecedero».
Respecto a la creencia en Dios, Borges fue categórico: «No creo en un Dios personal, no creo que haya un Señor al que le preocupe mi conducta y como dije en un soneto me siento indigno tanto del infierno como del cielo». Aunque se consideraba escéptico, no descartaba por completo la posibilidad de una deidad, reconociendo la extrañeza del universo. «Este universo es tan extraño… todo es tan raro que quizá no sea mucho más raro el hecho de que exista un dios personal», reflexionó, citando incluso a Chesterton.
El misticismo, la obra y el placer de escribir
A pesar de su escepticismo religioso, Borges no rechazaba el misticismo, al que concebía como la creencia en un «universo de carácter mágico, onírico; este universo es una especie de alucinación compartida». Reconocía la influencia de filosofías como el budismo y el idealismo de Berkeley o Schopenhauer en su pensamiento.
Sobre la «inmortalidad» de su obra, la aceptaba como una «generosa hipótesis», pero sin apego. «Espero que la humanidad progrese y quede –si es que queda– como una mera curiosidad. Esa inverosímil perduración de mi obra no me molestaría, porque yo no estaría para percibirla», sentenció. Para Borges, lo verdaderamente importante, más allá de las amistades y el amor, era el placer de escribir:
Lo más importante, fuera de las amistades y del amor, es el placer que me da escribir.
No solo el acto de escribir, sino «el hecho de concebir, imaginar, urdir frases, pulirlas, tratar de que no sean demasiado consonantes», y la búsqueda de una escritura «sencilla» que no requiera «la consulta al diccionario».
La muerte anhelada: súbita y purificadora
Borges expresaba su deseo de una muerte súbita y sin agonía, como una «purificación total, la purificación del olvido». Esta visión la emparentaba con el budismo, donde el Nirvana representa la extinción de los apetitos y el fin del ciclo de reencarnaciones. «No me gustaría molestar a la gente cuando esté muerto figurando en la historia de la literatura y dando trabajo a los muchachos para estudiarme», bromeó.
Imaginando su propio funeral, el escritor se mostró despreocupado. Citando a Sócrates, afirmó: «si no me les escapo, hagan conmigo lo que quieran». Aunque preveía un entierro en el panteón familiar de la Recoleta, junto a sus ancestros, aclaró: «Pero todo eso me tiene sin cuidado, porque como yo no estaré presente…». Su esperanza era una muerte «callada como sueles venir en la saeta», mientras conversaba con un amigo, «sin que siquiera fuera sorprendido sino anulado o borrado por la muerte». Recordó el caso de su amigo Pedro Henríquez Ureña, quien falleció súbitamente en un tren, como el tipo de final que anhelaba. La entrevista fue publicada originalmente en 1973 en la revista Panorama.

