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Guantes de arquero: el taller familiar que vistió a Amadeo Carrizo y a campeones del mundo

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Cada 12 de junio, el Día del Arquero conmemora el nacimiento de Amadeo Carrizo, el legendario guardameta de River Plate que no solo revolucionó la posición entre 1945 y 1968, sino que también fue el primer arquero argentino y latinoamericano en usar guantes. Esta decisión audaz, inspirada en una experiencia internacional, dio origen a una historia de innovación y tenacidad familiar en un taller de barrio.

Carrizo recordó cómo, en 1957, durante un partido de la Selección en Italia, el arquero local, Giovanni Viola, utilizaba guantes. «Le pregunté si le daban resultado y me contestó: ‘Buono, buono’. Y me regaló un par. Me compré unos más y a la vuelta, contra Racing, los estrené. Acá nadie usaba y me daba un poco de vergüenza, entonces me los chanté en el elástico del pantalón para no deschavar. Recién antes de que el árbitro tocase el silbato, me los puse”, relató el ídolo.

A su regreso, Carrizo, vecino de Devoto, acudió a Leopoldo Monastirsky, un artesano del cuero, para que le replicara aquellos guantes. Leopoldo aceptó el desafío, sin saber que marcaría el inicio de una empresa familiar que trascendería generaciones. “Eran guantes finos de vestir, de cuero muy delgado, de cabretilla, con goma de paletas de ping pong en la palma y también en la zona de los nudillos, para poder despejar los centros. Eso fue a comienzos de los años 60. Mi papá aceptó enseguida porque era artesano: para él todo lo nuevo era un desafío”, cuenta Jorge Monastirsky, hijo de Leopoldo y actual director de Reusch Argentina.

El encargo de Carrizo llegó en un momento clave para el taller, ya que el negocio de los guantes finos comenzaba a declinar, y el fútbol presentaba una oportunidad inesperada. “Antes, las mujeres tenían un par de guantes para combinar con cada cartera o con cada par de zapatos; esa costumbre se fue perdiendo. Entonces, los guantes de arquero se convirtieron también en una posibilidad de reinventarse”, explica Jorge.

Del ingenio con látex de corpiños al Mundial de México 86

El taller de Leopoldo Monastirsky, inicialmente dedicado a guantes finos y prendas de cuero, operaba de manera artesanal. La necesidad de guantes para arqueros se hizo evidente con la evolución de las pelotas de fútbol, que al volverse impermeables, dejaban de absorber agua pero se tornaban más resbaladizas. Este cambio impulsó la búsqueda de materiales que mejoraran el agarre.

La relación entre Leopoldo y Amadeo Carrizo se mantuvo durante casi dos décadas, forjando una amistad de barrio y fútbol. Aunque Carrizo luego pasó a usar guantes Adidas, su vínculo con los Monastirsky fue fundamental en los orígenes de la empresa.

A principios de los 80, Jorge Monastirsky, con una visión más comercial y tras una experiencia en corporaciones como Xerox, decidió involucrarse plenamente en el negocio familiar. Su padre, Leopoldo, atravesaba dificultades económicas, y Jorge vio la oportunidad de industrializar y expandir la producción. “Si yo algo sé hacer es vender”, le dijo a su padre tras una mala experiencia con un mayorista en Rosario, y juntos salieron a recorrer el país, vendiendo guantes directamente en casas de deportes.

El desafío principal era encontrar el material adecuado para la palma, similar al látex que usaban los guantes profesionales europeos. La solución llegó de manera ingeniosa en 1984, cuando Topper les pidió fabricar guantes para el arquero de Independiente que disputaría la Copa Intercontinental en Tokio. “Las tazas de los corpiños se hacían con látex, entonces conseguí ese material y lo usé como relleno para los guantes”, revela Jorge. Aunque el látex de corpiños ofrecía un buen agarre, su durabilidad era limitada, requiriendo varios pares por partido. Con esos guantes, Carlos Goyén defendió el arco de Independiente en la victoria que consagró al equipo campeón del mundo. Goyén, quien luego se unió a la empresa, fue clave en el desarrollo y la relación con otros arqueros profesionales.

La alianza con Reusch y una apuesta memorable

Los arqueros profesionales, como Carlos Fernando Navarro Montoya, se convirtieron en aliados fundamentales, probando los productos y demandando la calidad de los guantes importados. Esta presión llevó a Jorge Monastirsky a buscar el material directamente en Europa.

En 1986, durante el Mundial de México, Jorge contactó a Gebhard Reusch, dueño de la reconocida marca alemana, a través de la Cámara de Comercio Argentino Alemana. Reusch le ofreció venderle el material o evaluar una licencia de fabricación. Jorge, con 32 años y sin hablar alemán ni inglés, viajó a la fábrica cerca de Stuttgart.

Me senté frente a Gebhard Reusch y nos empezamos a reír. Le pedí un papel. Como había estudiado diseño y dibujaba bastante bien, le dibujé una máquina de coser y le puse “x 4”. Después dibujé un guante y le puse “x 100”: eran los guantes que hacíamos por día con cuatro máquinas. Así, con señas, dibujos, café y masitas, empezamos a entendernos.

Durante la visita, Jorge demostró su habilidad para coser guantes, sorprendiendo a Gebhard, quien lo reconoció como un fabricante, no solo como un importador. “You are my partner”, le dijo Reusch, sellando la base de un acuerdo que se concretaría con dibujos y señas antes de la llegada de un traductor.

El acuerdo de licencia coincidió con el Mundial de México 1986. Jorge, sin dinero para quedarse en Alemania, viajó a Barcelona. Al regresar, Gebhard le propuso una apuesta: “Si gana Argentina, la primera partida de látex para los guantes va sin cargo. Pero si gana Alemania, la pagás el doble”. Jorge aceptó de inmediato. Argentina ganó el Mundial, y la primera partida de látex fue gratuita, un golpe de suerte que impulsó el negocio.

Crisis, reinvención y el legado de una «artesanía de precisión»

El acuerdo con Reusch transformó el negocio familiar, que se formalizó como JAM Sport Sociedad Anónima, la primera empresa con licencia de Reusch en Argentina. Leopoldo Monastirsky, aunque inicialmente reticente a cambiar sus métodos, se enorgulleció del crecimiento de la empresa y participó activamente hasta el final.

La relación con Reusch se basó en la confianza hasta que Gebhard vendió la empresa a una corporación inglesa. A pesar de un contrato de tres años que Jorge había firmado con Gebhard, la nueva dirección decidió prescindir de él en medio de problemas personales y la crisis económica del “efecto Tequila”. Jorge perdió la empresa, pero se aseguró de que sus 60 empleados no fueran despedidos, “regalando prácticamente la fábrica”.

Después de esta caída, Jorge se reinventó con su propia marca, Kalong, fabricando guantes y ropa deportiva para clubes argentinos. Para el año 2000, Reusch también atravesaba dificultades, y Carlos Goyén, aún vinculado a la firma, recomendó a Jorge como la persona ideal para manejar la marca en Argentina. En 2001, Monastirsky recuperó la licencia, asegurándose de que la empresa se llamara Reusch Argentina para evitar futuras exclusiones, consolidando una «filial» que en realidad es de su propiedad.

Hoy, Reusch Argentina mantiene una estrecha relación con los arqueros profesionales, quienes son fundamentales para la identidad de la marca. Aproximadamente el 60% de los arqueros de Primera División, incluyendo a figuras como Franco Armani, Facundo Cambeses y Agustín Marchesín, utilizan sus guantes bajo contrato de patrocinio. A pesar de la evolución de materiales y diseños, Jorge Monastirsky enfatiza que la fabricación de guantes de arquero sigue siendo una “artesanía de precisión”, que requiere un año de formación para un buen costurero y produce entre 100 y 250 pares diarios.

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