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Formación docente: la caída de ingresantes y el «universo fragmentado» que desafía a la política

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La mejora de la formación docente inicial en Argentina se enfrenta a un desafío estructural que trasciende las urgencias electorales: la necesidad de una visión de largo plazo. Así lo subraya Emmanuel Lista, especialista en políticas sociales y ex funcionario en áreas de formación docente, quien destaca que las decisiones en este ámbito no mostrarán resultados en la próxima elección, sino en la próxima década. Esta perspectiva, si bien incómoda para cualquier gestión política, es la que el sistema educativo nacional requiere con urgencia.

Lista, investigador asociado de CIPPEC, describe un escenario complejo y fragmentado. La formación docente se imparte en más de 1300 Institutos Superiores y 70 universidades a lo largo del país, muchos de ellos con baja matrícula. Este vasto y disperso universo dificulta la coordinación y la implementación de políticas unificadas. Paradójicamente, los gobiernos suelen concentrarse en la formación de docentes en ejercicio, la distribución de materiales o la modificación de planes de estudio escolares, dejando en un segundo plano la formación de los futuros educadores, a pesar de su rol clave para la sostenibilidad de cualquier política educativa a largo plazo.

Desafíos críticos: caída de ingresantes y alto abandono

Los problemas son serios y acumulados. Uno de los más preocupantes es la disminución en la elección de la docencia como profesión. Los ingresantes a profesorados de primaria en 2023 fueron un 20% menos que en 2013. Ante la caída de la natalidad, surge el interrogante sobre si esta disminución se equilibrará con la baja de la matrícula escolar o si, por el contrario, Argentina enfrentará una escasez de docentes, como ya ocurre en otros países, incluso en áreas donde tradicionalmente había superávit.

El ingreso al nivel superior también es un punto crítico. El 75% de los estudiantes de profesorado abandona en los dos primeros años. Si bien algunos debates se centran en las evaluaciones de ingreso, no puede ignorarse que más del 80% de los estudiantes del último año de secundaria obtuvo resultados insatisfactorios en matemática en 2024. Frente a los filtros en un sistema desigual, Lista sugiere que una alternativa pueden ser los ciclos de nivelación, con tiempos adecuados y estándares exigentes, especialmente para quienes se formarán como docentes.

Planes de estudio desactualizados y falta de supervisión

Los planes de estudio de los profesorados son otro foco de preocupación. Suelen ser extensos pero, al mismo tiempo, incompletos. Se observan materias poco orientadas al perfil de egreso y la ausencia de contenidos esenciales como la evaluación de estudiantes, la atención a la desigualdad de aprendizajes, la gestión del aula o la resolución de conflictos. El egreso, además, se define por la acumulación de notas individuales y no por la verificación de competencias mínimas para ejercer la profesión. El tiempo real de aprendizaje en las escuelas –observando clases, interactuando con directivos, familias y docentes más expertos– es escaso, generando una gran brecha entre la formación teórica y la práctica. En este sentido, se menciona la existencia de residencias médicas rentadas como un modelo a considerar.

«Mejorar la formación docente inicial exige algo que en la política argentina suele verse poco: la voluntad de actuar en el largo plazo. Las decisiones que hoy se tomen en este terreno no darán frutos en la próxima elección, sino en la próxima década. Esa lógica, incómoda para cualquier gestión, es exactamente la que el sistema necesita.»

Finalmente, existe una notable distancia entre el gobierno central y las instituciones formadoras. No suele haber supervisores, sistemas digitales de gestión académica, ni se han implementado procesos sistemáticos de evaluación de la calidad. Incluso en institutos superiores que dependen directamente de los ministerios y con tamaños reducidos, prevalecen lógicas de conducción entre claustros con un alto nivel de autonomía. Años de desatención han generado culturas endogámicas y resistentes al cambio, lo que exige un compromiso que trascienda los intereses electorales y particulares para revertir la desconfianza y garantizar a las generaciones presentes y futuras el derecho a una educación de calidad.

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