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Rescate patrimonial: La historia de «El Tropezón», el restaurante porteño donde comían Gardel y Susana Giménez

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Raquel Rodrigo no buscaba un ícono de la gastronomía porteña. Su objetivo era adquirir un estacionamiento en la Avenida Callao. Sin embargo, las particularidades de un remate la llevaron a quedarse también con el local lindero. Lo que su familia visualizó como una futura ampliación para cocheras, resultó ser un viaje inesperado al pasado de Buenos Aires. Una tarde de abril de 2015, tras inaugurar el garage, una mayólica antigua en la fachada del local adyacente reveló la identidad de lo que había comprado: El Tropezón, uno de los restaurantes más antiguos y emblemáticos de la ciudad.

“Cuando vi eso pensé: no puedo creer que hayamos comprado El Tropezón”, rememora Rodrigo. Desde ese instante, comprendió que no se trataba de un espacio abandonado, sino de una parte dormida de la historia porteña que había esperado 34 años para volver a encender sus luces.

Un clásico con más de un siglo de historia

El Tropezón fue fundado en 1896, inicialmente en la esquina de Bartolomé Mitre y Callao, debajo de un hotel. Tras un incendio que destruyó el hotel, el restaurante se trasladó a su ubicación actual en Callao 248, donde ha permanecido por un siglo. Permaneció cerrado desde 1984 hasta que Raquel Rodrigo lo reabrió el 12 de septiembre de 2017.

En la Buenos Aires de fines del siglo XIX y principios del XX, con una oferta gastronómica mucho más limitada, El Tropezón se consolidó como uno de los cinco restaurantes más antiguos y un punto neurálgico para la vida social de la ciudad. Su cercanía al Congreso y a los teatros lo convirtió en un lugar de encuentro para políticos, artistas, escritores y figuras de la sociedad porteña. Fotografías de la época atestiguan la presencia de personalidades como Hipólito Yrigoyen y Ricardo Balbín.

Sus fundadores fueron dos inmigrantes españoles, Manuel Fernández (asturiano) y Ramiro Castaño (gallego), quienes, como muchos de sus compatriotas, se dedicaron a la gastronomía. El lugar también funcionó como punto de reunión para la comunidad española en Buenos Aires.

El nombre “El Tropezón” no alude a la acción de caer, sino a la jerga gastronómica española, donde los “tropezones” son los pequeños trozos de jamón, panceta o tomate que se encuentran en una salsa.

Gardel, Susana y el emblemático puchero

La historia de El Tropezón está íntimamente ligada a la vida social y cultural de Buenos Aires. Fue un punto de encuentro para poetas, literatos y artistas. Un programa de mano de teatro antiguo, conservado por Rodrigo, lo muestra como auspiciante y destaca que estaba “abierto toda la noche”, funcionando las 24 horas.

Entre los asiduos visitantes, nombres como Carlos Gardel ocupan un lugar central. Gardel utilizaba la mesa 48, un espacio que hoy sigue siendo el más solicitado por los comensales. “Gardel es nuestro emblemático. Hay fotos de cuando venía a comer con Libertad Lamarque y Azucena Maizani. Venían a comer puchero”, relata Rodrigo. La mesa 48 se conserva y cuenta con un trofeo de bronce que la identifica. Otras figuras como Susana Giménez, quien visitó el restaurante tras su reapertura, recordó haber ido con Carlos Monzón. También lo frecuentaron Graciela Borges y Luis Brandoni.

El puchero de gallina es y sigue siendo el plato insignia de la casa. Se sirve todos los días, al mediodía y a la noche, manteniendo la receta original. Este plato está tan arraigado a la historia del lugar que, según la tradición, un tango que dice “el pucherito de gallina con viejo vino carlón” fue escrito allí por Medina y popularizado por Edmundo Rivero. La carta combina platos de raíz criolla y española, incluyendo croquetas, paella, rabas, milanesas y buñuelos de acelga, pero el puchero sigue siendo el protagonista indiscutible.

La reapertura: un regalo inesperado

La decisión de reabrir El Tropezón no fue sencilla. La familia de Raquel Rodrigo, acostumbrada al negocio de los estacionamientos, se mostró reticente. “¿Cómo te vas a poner a abrir un restaurante?”, le decían, ante su falta de experiencia gastronómica. Sin embargo, la persistencia de Raquel y una señal del destino cambiaron el rumbo. Mientras ella averiguaba por la marca El Tropezón, que estaba a punto de quedar libre, su hijo mayor, Ezequiel, se adelantó y la compró, reservándosela como un regalo. La condición fue clara: “Si vos querés abrir un restaurante, andá a estudiar”.

Así, Raquel combinó su trabajo como docente, la gestión de los garages, el estudio de administración gastronómica en la Di Tella y la supervisión de la obra. La restauración duró “un año y dos días” y tuvo como premisa fundamental respetar la historia del lugar, sin inventar un espacio nuevo sino poniendo en valor lo existente.

“Yo le agradezco a Dios que se haya valido de mí para abrir El Tropezón. Podría haber sido cualquier persona, pero se valió de mí para abrir una joya de Buenos Aires que estaba cerrada.”

Con el tiempo, El Tropezón se convirtió en el primero de otros rescates patrimoniales de Raquel Rodrigo, quien también está al frente de Clásica y Moderna y de Albur, otros espacios con historia propia en Buenos Aires. Para ella, estos no son simples negocios, sino lugares que aún tienen algo que contar de la ciudad. “Donde había ruinas, pude ver futuro”, concluye.

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