EconomíaSociedadTecnología

De Villa Albertina al e-commerce: la historia de Leandro González, el joven que rompió barreras

Compartir:

Leandro González creció con una certeza: los sueños de progreso que tenía solo se harían realidad fuera de su barrio. Por eso, a los 19 años, decidió dejar las changas que hacía desde los 14 para ayudar en su casa y buscar un trabajo formal. Su primer impulso fue comprarse un traje en una feria de usados de Lomas de Zamora, pensando que así encajaría en el mundo corporativo al que aspiraba.

“Imaginate a un chico de 20 años trajeado para un puesto de vendedor. El efecto que logré fue el contrario al que buscaba: la gente me miraba raro”, recuerda sobre aquel choque de realidades. Esta anécdota resume una de las tantas barreras invisibles que separan a los jóvenes de contextos vulnerables del empleo formal: la falta de un referente que les enseñe los códigos de un mundo que les resulta ajeno.

Trabajar para sobrevivir y el sueño de un futuro mejor

Leandro nació en Salta y se mudó a Buenos Aires a los 5 años. La muerte de su padre, gendarme, cuando él tenía 9, transformó su hogar en un ejercicio permanente de supervivencia. Su madre, sin experiencia laboral, vendía chucherías en una feria barrial, y las aspiraciones familiares se redujeron a cubrir lo mínimo, como la comida.

A los 14 años, Leandro asumió un rol activo en la economía familiar, haciendo changas como ayudante de albañil, armador de cajas y vendedor de ropa, mientras se esforzaba por terminar el secundario. En ese contexto, empezó a soñar con un trabajo en el mundo corporativo, vinculado al marketing, la administración o el comercio exterior. “En mi familia vivíamos al día. Y cuando estás tan justo, tenés que saber administrarte”, explica.

Sin embargo, la búsqueda de un empleo formal se topó con prejuicios. “Como vivís cerca de una villa, la gente piensa que capaz no vas a rendir igual o vas a hacer algo malo, como robar”, relata. Sentía que, para las empresas de CABA, un joven de Lomas era sinónimo de impuntualidad o falta de capacitación. Además, buscar trabajo se convirtió en una inversión imposible: imprimir el CV, pagar el boleto de dos colectivos y el tren para viajar dos horas hasta el centro, pasar el día sin comer y volver con las manos vacías. “A veces no tenía ni para la SUBE”, recuerda.

A esto se sumaba la brecha digital: Leandro no tenía computadora ni sabía qué era LinkedIn o cómo debía ser el formato de un currículum. Sus primeros intentos incluían fotos gigantes y datos que, sin saberlo, le podían cerrar puertas, como haber sido vendedor en una feria.

El llanto por el primer sueldo formal y la beca para estudiar

A principios de 2018, Leandro conoció la Fundación Forge, una organización que actúa como puente entre jóvenes de contextos vulnerables y el mundo del empleo. Allí, no solo aprendió habilidades técnicas, sino también “habilidades blandas”: cómo presentarse, cómo hablar y cómo usar una computadora por primera vez.

Gracias al apoyo de la fundación, a fines de 2019, consiguió su primer empleo en blanco como camillero en el Hospital Británico. “Recuerdo que con el primer sueldo me puse a llorar. Nunca había ganado tanta plata junta”, confiesa, y cuenta que con ese dinero compró comida para su casa y una bicicleta para su hermana.

Su ambición, sin embargo, seguía siendo el Comercio Internacional. Había intentado estudiar la carrera en la Universidad Nacional de Quilmes, pero no había podido sostenerla por falta de una base de conocimientos suficiente. A través de Forge, logró que la Fundación ICBC le otorgara una beca para estudiar la tecnicatura en Comercio Internacional en su propia sede.

El apoyo de la ONG fue más allá de lo económico, con un seguimiento humano constante. A pesar de que sentía que el desafío de estudiar era enorme, teniendo que compensar la educación básica de su secundaria con horas de tutoriales en YouTube, Leandro se recibió de Técnico en Comercio Internacional después de cinco años. Hoy, trabaja en una empresa tecnológica, ocupándose de la logística y las alianzas comerciales con marketplaces de bancos como el Provincia y el Galicia, en modalidad híbrida. Vive junto a su mujer en Villa del Parque.

Cuando regresa a su barrio para visitar a su madre, reflexiona: “Veo a los chicos con los que jugaba a la pelota y los encuentro en situaciones vulnerables: sin trabajo, haciendo changas, viviendo con sus padres”. Cree que lo que lo diferenció de sus amigos no fue solo la voluntad, sino las oportunidades que le permitieron insertarse en el mundo del trabajo. “El barrio me cerraba puertas, pero pude abrir otras”, concluye.

Esta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables.

Compartir: