Sociedad

De Corea a Escobar: el viaje de Ju Young Lee y el ritual que la conecta con su origen

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Los recuerdos más profundos de la infancia de Ju Young Lee no se asocian a grandes eventos, sino a sensaciones: el vapor, el silencio, el ruido del agua caliente y las manos de su madre limpiándole la espalda en las termas de Corea del Sur. Hoy, a sus 43 años, desde Argentina, el país que eligió para vivir, Ju Young reflexiona sobre esa conexión profunda y no verbal que experimentaba con su madre, quien usaba audífonos y debía quitárselos al sumergirse en el agua.

Ese ritual, que se convirtió en un aprendizaje sobre la calma, el cuerpo y el cuidado, es hoy el centro de su vida después de una existencia marcada por viajes, búsquedas y decisiones drásticas que la llevaron a cruzar medio continente.

Los domingos de termas: un ritual de conexión y calma

Nacida en una ciudad costera del sudeste de Corea del Sur, Ju Young creció en una familia tradicional. Su padre era profesor y su madre se dedicaba al hogar y a la crianza de las tres hijas. Dentro de esa rutina, los domingos de termas eran sagrados. “Para mí era un ritual sagrado. Nos levantábamos temprano y nos íbamos a estos lugares que allá son muy comunes”, recuerda. Estos centros, con diversas piletas, temperaturas y saunas, son para los coreanos una forma cotidiana de descansar y recargar energía, no un lujo.

Para Ju Young, la experiencia era aún más significativa debido a la hipoacusia de su madre. Sin audífonos, la comunicación se transformaba en un intercambio de miradas, manos y gestos. “Yo sentía que esas horas con ella eran un nivel de conexión distinto. Me limpiaba la espalda, yo la limpiaba a ella y era una caricia. Había vapor, silencio, agua caliente y una sensación muy fuerte de protección. Creo que ahí aprendí algo sobre la calma, sobre el cuerpo y sobre el cuidado”, relata.

De la televisión al amor en Argentina

Después de terminar la universidad, Ju Young llegó a Argentina, atraída por Buenos Aires. Con estudios en producción de televisión y documentales, rápidamente comenzó a trabajar para canales coreanos, cubriendo noticias en América Latina. Su labor periodística la llevó a cruzar caminos con Matías, un camarógrafo argentino, en 2010. Se conocieron mientras ella cubría el debate de la ley de matrimonio igualitario, pidiéndole imágenes de una marcha. “Él convenció a su jefe para dármelas y bueno… algo pasó ahí”, cuenta entre risas.

El amor avanzó rápidamente y la llegada de su primer hijo consolidó su decisión de quedarse en Argentina. “Yo estaba completamente enamorada de Buenos Aires, de la forma de vivir de los argentinos, de cómo reciben a la gente. Y también sentía que quería criar a mis hijos acá y no en Corea”, afirma. Con el tiempo, se mudaron a Escobar, donde nació su segundo hijo, y la vida parecía tomar un rumbo estable. Sin embargo, una vieja idea resurgió: el sueño de recorrer el mundo en motorhome, inspirado por la historia de la familia Zapp.

Dos años en motorhome: la vida en el camino y el freno en Panamá

La oportunidad apareció cuando un amigo les ofreció un motorhome en venta. Con su hijo mayor de seis años y el más chico de apenas uno, Ju Young y Matías decidieron lanzarse a la aventura, con la idea de llegar a Alaska sin un plan demasiado estructurado. Durante dos años, recorrieron América Latina a un ritmo diferente al del turismo, quedándose semanas en cada lugar, forjando vínculos y organizando talleres audiovisuales comunitarios.

“Nosotros sentíamos que recibíamos muchísimo amor de la gente. Nos abrían las puertas de sus casas, nos daban comida, nos dejaban bañarnos, nos ayudaban en todo. Entonces queríamos devolver algo”, explica Ju Young. Así, en pueblos, escuelas y comunidades indígenas, los niños aprendían a escribir, actuar y filmar sus propias historias, proyectando los cortometrajes frente a sus comunidades. Esta experiencia no solo les permitió conocer la vida de la gente, sino que también transformó su propia percepción de lo esencial. “Cuando vivís viajando te das cuenta de que necesitás muy poco”, reflexiona.

El viaje se detuvo abruptamente en Panamá, al llegar al Tapón del Darién, que imposibilita el paso por carretera hacia Centroamérica. Tras despachar el motorhome, la pandemia paralizó el mundo, dejándolos varados. La situación fue angustiante, con meses de refugio provisto por familias panameñas y experiencias de discriminación hacia Ju Young por su origen asiático. Finalmente, tomaron la difícil decisión de abandonar el motorhome y regresar a Corea.

El retorno a su país natal no fue fácil. “Corea estaba muy controlada sanitariamente y eso daba seguridad, pero emocionalmente yo no me sentía cómoda. La sociedad estaba muy dura. Muy exigente. Muy cerrada”, describe. Además, no quería esa vida para sus hijos, extrañando la forma de vivir en Argentina.

El regreso a Argentina y el nacimiento de Makaku

Después de dos años de espera, la familia regresó a Argentina en 2023. “Cuando llegué otra vez a Escobar sentí que necesitaba parar. Habían sido muchos años viviendo según lo que iba pasando, resolviendo urgencias, moviéndonos constantemente. Necesitaba sentarme y preguntarme qué quería de verdad para mi vida”, confiesa Ju Young. Fue entonces cuando esa sensación de la infancia, el agua caliente y la calma, reapareció en su mente.

“Si tengo que descartar todo y quedarme con una sola cosa, ¿qué elijo? Y la respuesta era esa sensación. Estar sumergida en agua caliente, sentirme abrazada, protegida, tranquila”, revela. Así, casi sin darse cuenta, comenzó a reconstruir el ritual coreano. Una empresa le prestó una tina exterior, armó un sistema a leña y empezó a grabar contenidos. Lo que inició como algo íntimo, se viralizó, y mujeres de todo el país comenzaron a contactarla. “Me decían: ‘Yo quiero vivir eso’. Y ahí entendí que había una necesidad muy profunda”, explica.

Con el tiempo, esa experiencia tomó forma y nació Makaku (@makaku.house), un espacio en Escobar donde Ju Young recrea los rituales de agua caliente, descanso y pausa que aprendió de su madre. “Muchas mujeres llegan agotadas, sobrecargadas, con ansiedad, con estrés. Y yo siento que hoy necesitamos recuperar esos espacios de pausa sin culpa. Poder descansar, sentir el cuerpo, desconectarnos un rato del ruido”, concluye, volviendo a pensar en esa niña coreana que, sin saberlo, cruzaría el mundo para recrear el recuerdo más profundo y amoroso de su infancia.

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