De Cañuelas a la Patagonia: la mujer que transformó su amor por los caballos en un exitoso emprendimiento
En la inmensidad de la estepa patagónica, donde el viento modela el paisaje y los pastos amarillentos se mecen al compás de la naturaleza, Celina Cabezas observa a sus caballos Cuarto de Milla. Cerca de Junín de los Andes, en la estancia Alinco, esta mujer de 63 años ha materializado un sueño que la acompaña desde la infancia: convertir su profunda pasión por los equinos en un proyecto de vida y un exitoso emprendimiento.
«Aunque llueva o no llueva, esto sigue siendo una belleza igual. El otoño le pega muy lindo a los colores, es impresionante», expresa Cabezas a LA NACION, en una postal que condensa su historia. Lejos de los parques de diversiones que fascinaban a otros niños, ella solo anhelaba volver a los campos de Cañuelas y Pehuajó, donde pasaba sus vacaciones. «Me hablaban de Disney y yo ni idea, porque no me interesaba», recuerda, dejando en claro la centralidad que los animales, especialmente los caballos, tuvieron desde siempre en su vida.
Una infancia entre campos y el despertar de una vocación
La estancia La Agustina, en Cañuelas, fue el escenario donde Cabezas construyó una relación íntima con los animales. «Mis amigos eran los caballos», sintetiza. Allí aprendió a montar, a arrear hacienda y a entender el ritmo rural, una afinidad tan profunda que incluso la mantenía en secreto en el colegio. «No lo hablaba con mis compañeras porque nadie me iba a entender que mi mejor amigo era un caballo», dice entre risas. Para ella, los equinos eran «todo», una fuente de un «sentimiento muy especial» inculcado por su padre, un productor ganadero que le transmitió el amor y el respeto por ellos.
Las caídas, inevitables en su aprendizaje, nunca minaron su determinación. «Si me caía enseguida me levantaba y volvía a montar», asegura. Ni siquiera un accidente serio a los ocho años, que la dejó 40 días inmovilizada con una fisura de pelvis, la detuvo. Su primera pregunta al médico fue cuándo podría volver a cabalgar, una anécdota que ilustra la fuerza de su vocación.
Formación internacional y el giro hacia la doma racional
Tras finalizar sus estudios en el colegio Northlands, Cabezas inició la carrera de Agronomía, aunque su formación académica se mantuvo ligada al universo ecuestre. Vivió en Estados Unidos y luego en Inglaterra, especializándose en el camino. En St. Louis, Missouri, cursó Equine Science, y más tarde en Inglaterra, estudió Techniques of Training. Antes de su partida al exterior, ya había gestionado la manada de caballos de trabajo de su padre, lo que la llevó a cuestionar los métodos tradicionales de doma, a menudo violentos.
«Desde chica, me costaba mucho entender el latigazo a los caballos. Sentía que tenía que haber otra manera de amanzarlos. Cuando conocí a Monty Roberts entendí aún más la relación con los caballos», afirma.
El verdadero punto de inflexión llegó con su regreso a Argentina y el descubrimiento de la Patagonia. «Me enamoré de este lugar», confiesa sobre la estancia Alinco. La zona, una estepa con apenas 400 milímetros de lluvia anual, imponía desafíos productivos, pero también la inspiró a buscar la raza adecuada para ese ambiente. Tras criar criollos, árabes y pura sangre, encontró en el Cuarto de Milla la respuesta. Viajó a Estados Unidos, a Montana y Wyoming, donde encontró paisajes similares a la Patagonia, y se convenció de que esta raza era la indicada para su proyecto.
Cabaña Alinco: genética, mansedumbre y un sueño de formación
El proyecto de Cabezas se inició con un padrillo adquirido en Buenos Aires y yeguas mestizas locales, a las que luego sumó potrancas puras. La mansedumbre se convirtió en un criterio fundamental de selección genética. «Mi programa de cría es que todas las yeguas que entren a la manada tienen que estar mansas», explica, basándose en la confianza que debe existir entre la madre y el potrillo para un trabajo efectivo. Un ejemplo de esta filosofía es la historia de Gitano, un padrillo tordillo que, tras ser vendido de destete, logró recuperar años después y hoy es uno de los pilares de su cabaña.
Actualmente, cuenta con unas 20 yeguas madres en la Patagonia y otras en provincia de Buenos Aires, incorporando genética de Estados Unidos y ejemplares como el padrillo cremello Busy Winning Jacks. La crianza en Alinco combina una rigurosa selección genética con un manejo racional, acostumbrando a los potrillos al contacto humano desde temprana edad para fomentar un vínculo sin miedo.
Su filosofía se consolidó al conocer el trabajo de Monty Roberts, el renombrado entrenador estadounidense. Viajó a California con una de sus hijas para capacitarse en técnicas de doma sin violencia, lo que reforzó su convicción de que existía una forma más empática de relacionarse con los caballos. Este aprendizaje ha derivado en un nuevo sueño: convertir Alinco en un centro de formación. Junto a Denise Heinlein, una de las principales entrenadoras del equipo de Roberts, planea ofrecer cursos de dos semanas durante el verano patagónico, buscando compartir su conocimiento y pasión.
A sus 63 años, Celina Cabezas sigue mirando al futuro. «Me gustaría envejecer pasando cada vez más tiempo en el campo», asegura. Su objetivo con la cabaña permanece intacto: mejorar la genética y conformación de los ejemplares, competir y seguir creciendo. «Siempre se puede mejorar», afirma. Para ella, cada salida a caballo por la Patagonia sigue siendo un momento mágico. «Estar arriba de un caballo es realmente una cosa extraordinaria: el mundo se detiene», concluye, contemplando la inmensidad del sur que la ha enamorado rotundamente.

