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Más allá del Malbec: los vinos argentinos que buscan conquistar al mundo

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El Malbec se consolidó como la carta de presentación de Argentina en el mapa vitivinícola global, un privilegio que, según el célebre flying winemaker Michel Rolland, debe ser aprovechado. Sin embargo, el sector mira más allá de la variedad insignia, impulsado por una evolución en el consumidor y la búsqueda de nuevos terruños y uvas que puedan sorprender a los paladares internacionales.

La apuesta por el varietalismo, que en su momento impulsó el éxito del Malbec y de los vinos del Nuevo Mundo frente al Viejo Mundo, ha dado paso a una nueva etapa. Los consumidores, cada vez más exigentes, buscan vinos que no solo se diferencien por la uva en la etiqueta, sino por su calidad intrínseca y su capacidad de expresar el lugar de origen. Esta tendencia ha llevado a las bodegas a revalorizar el concepto de terruño, donde el suelo y el clima juegan un rol fundamental.

Chardonnay y Cabernet Franc: los que pican en punta

Aunque los tintos dominan el mercado, la creciente demanda de vinos más frescos y livianos abre un espacio para blancos, espumosos, rosados y naranjos, así como tintos de menor cuerpo como el Pinot Noir y las Criollas. Sin embargo, la tarea de posicionar nuevas variedades es compleja debido a la fuerte asociación global de ciertas uvas con regiones específicas.

El Cabernet Sauvignon, por ejemplo, enfrenta la dificultad de competir con los afamados blends de Burdeos o los vinos de culto de Napa. Similar sucede con el Chardonnay, cuya vara es altísima por su protagonismo en los vinos más prestigiosos y longevos de Borgoña, Francia.

A pesar de ello, el Chardonnay argentino está demostrando un notable avance. Gracias a la diversidad de climas y suelos del país, sumado al expertise adquirido en los últimos años, se logran grandes exponentes que, si bien no convertirán a Argentina en un referente mundial de la categoría, sí implican un progreso significativo en la diversidad y sostenibilidad de la oferta. No es de extrañar que el Chardonnay empiece a destacarse en las exportaciones.

La verdadera sorpresa, sin embargo, es el Cabernet Franc. Proveniente de Francia pero sin el reconocimiento varietal de otras uvas, esta cepa encontró en Argentina un terreno fértil. Su salto a la fama se dio cuando un vino varietal local obtuvo 100 puntos de la crítica internacional. En menos de una década, la superficie cultivada de Cabernet Franc pasó de 600 a 2000 hectáreas, dando origen a etiquetas que cautivan tanto en el mercado interno como en el exterior. Al igual que el Malbec, el Cabernet Franc logra reflejar el origen en la copa, un atributo clave para la consagración de cualquier vino.

Bonarda, Torrontés y Criolla: el potencial local

Otras variedades autóctonas o con larga trayectoria en el país también buscan su lugar. Se ha intentado con el Bonarda y el Torrontés, uvas con una originalidad distintiva pero que aún necesitan evolucionar en su expresión varietal para trascender fronteras. Actualmente, la apuesta de muchos productores se centra en la Criolla, una uva local presente en diversas regiones que ofrece vinos de gran fluidez y frescura.

Exponentes de zonas como Barreal (San Juan), la Quebrada de Humahuaca (Jujuy), Altos Valles Calchaquíes (Salta y Catamarca) y diversas áreas de Mendoza, ya están logrando que la Criolla exprese un mayor carácter de lugar. Para que estas y otras uvas logren una verdadera trascendencia internacional, es fundamental encontrar los terruños adecuados que permitan una expresión particular y que, a su vez, sean múltiples los exponentes que demuestren su potencial.

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