#NiUnaMenos: Expertos alertan que la prevención de la violencia debe comenzar en la infancia
A más de diez años de la primera marcha bajo la consigna #NiUnaMenos, la violencia sigue siendo una realidad recurrente, con un preocupante protagonismo de adolescentes en los titulares. Esta situación reaviva una pregunta incómoda en escuelas, consultorios y hogares: ¿se está llegando tarde en la prevención?
Sofía Rodríguez Barnes, coordinadora de la Diplomatura en Educación Sexual Integral de la Universidad Austral y especialista en salud integral de la adolescencia, subraya que la prevención efectiva no puede basarse únicamente en respuestas posteriores a los hechos. La clave, según su análisis, es anticiparse, comprendiendo que la violencia rara vez se inicia con el hecho extremo.
Las señales tempranas de la violencia en los vínculos adolescentes
La evidencia científica es contundente al señalar que las dinámicas vinculares que derivan en daño comienzan mucho antes de ser catalogadas como violencia. Datos de la OMS (2024) revelan que casi uno de cada cuatro adolescentes de entre 15 y 19 años que tuvieron una relación de pareja sufrió violencia física o sexual. UNICEF, por su parte, destaca que la puerta de entrada a estas situaciones no suele ser el golpe físico, sino la humillación, la crítica sistemática y la desvalorización del otro; la violencia psicológica es, en muchos casos, la primera manifestación.
Las investigaciones de la Universidad Austral confirman que muchas experiencias de violencia emergen en los primeros vínculos afectivos de la adolescencia. Estas relaciones suelen estar atravesadas por el control, celos normalizados, el aislamiento de amistades, presión emocional, humillaciones, control digital o dificultades para reconocer límites propios y ajenos. Si bien no siempre se presentan como violencia física o sexual, estas dinámicas suelen ser bidireccionales en su inicio, aunque las consecuencias son frecuentemente más graves para las mujeres que para los varones. La pregunta es cuántas de estas señales se pasan por alto por no ser identificadas aún como violencia.
El rol de la ESI y la familia en la prevención
Rodríguez Barnes enfatiza que se llega tarde si la conversación sobre prevención de la violencia comienza recién a los 14 años. Educar para vínculos saludables es una tarea que debe abordarse desde siempre, adaptada a cada etapa del desarrollo. En este contexto, la Educación Sexual Integral (ESI) en las escuelas se presenta como un ámbito privilegiado para la prevención de la violencia y la promoción de relaciones sanas.
Los programas escolares más efectivos son aquellos donde la escuela y la familia trabajan en sintonía, y donde los contenidos se enseñan con metodologías participativas, transversales y adecuadas al desarrollo de los estudiantes. La UNESCO (2024) resalta que este tipo de educación requiere generar espacios de diálogo y participación que a menudo desafían los modelos tradicionales de enseñanza. Esto plantea el interrogante sobre la disposición de las instituciones y adultos a salir de las formas conocidas para abrir estos espacios de interacción adolescente.
La especialista sostiene que la pregunta no es si alguien educará a los adolescentes en vínculos y sexualidad, ya que esto ya está ocurriendo. La cuestión central es quién lo hace, cuándo y con qué base de evidencia. Es un dato consolidado en la investigación que la pornografía y las redes sociales ocupan hoy el lugar que antes tenían la familia y la escuela en la educación afectivo-sexual de los adolescentes. Si los adultos y las instituciones educativas se corren de este rol, ese espacio no queda vacío, sino que es ocupado por otros.
«Cuando llegamos tarde, el costo no se mide solo en estadísticas… se mide en vidas perdidas y en sufrimiento evitable», afirma Rodríguez Barnes. El compromiso concreto para que el #NiUnaMenos no se limite a una conmemoración anual implica trabajar en las aulas, con los equipos de orientación escolar, en las consultas pediátricas y psicológicas, y en las familias. Esto incluye identificar señales tempranas, abrir conversaciones incómodas, enseñar a poner límites y a reconocerlos en otros, y promover entornos de cuidado donde niños, niñas y adolescentes puedan vincularse saludablemente. La prevención de la violencia no comienza con una denuncia, sino con un vínculo sano que se aprende –o no se aprende– a desarrollar.

