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De Concordia a Núñez: Alyson Guerra, la promesa de 11 años que fichó en River Plate

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Desde los cuatro o cinco años, Alyson Guerra y la pelota son inseparables. Su historia comenzó en una plaza de Concordia, Entre Ríos, donde sus primeros toques definieron una pasión que la llevaría a vestir la camiseta de uno de los clubes más grandes del país. Con solo 11 años, Alyson se convirtió en jugadora de River Plate, un logro que corona un camino de esfuerzo, talento y el incondicional apoyo familiar y comunitario.

La joven promesa, que actualmente cursa Sexto Grado, se destaca por su versatilidad en el campo de juego. “Tengo ojos para cualquier puesto: depende del equipo y del rival, me sé acomodar donde haga falta”, explica Alyson, demostrando una madurez táctica poco común para su edad. En el Club Defensores del Barrio Nebel, donde juega en cancha de 11, se desempeña como lateral derecho, volante o central en la categoría 2015 masculina, y como delantera o extremo en la sub-12 femenina.

El sueño de River y el apoyo comunitario

El salto hacia el fútbol profesional se gestó a partir de una promesa hecha a su mamá: “Si alguna vez ves una convocatoria para una prueba de fútbol, anotame”. La oportunidad llegó con una prueba de River Plate en Hurlingham para la categoría 2015. La confirmación del 12 de diciembre de 2025 marcó el inicio de un desafío económico para la familia, que fue superado gracias a la solidaridad de la comunidad y las familias del Club Nébel, quienes organizaron rifas y abrieron un alias para recaudar fondos.

El proceso de selección fue riguroso. Tras superar el primer filtro junto a solo diez niñas, Alyson viajó a Buenos Aires en febrero de 2026 para entrenar con el plantel estable durante casi dos semanas. La tensión creció cuando le pidieron una semana adicional de prueba. “El último día, los profes llamaban a las familias una por una para dar el veredicto; los nervios eran totales cuando llamaron a mi mamá y le pidieron que me quedara una semana más”, relata Alyson. La noticia más esperada llegó tres días después: “Querían que fuera, oficialmente, jugadora de River. No podía creerlo. Sentí una felicidad inexplicable”.

“Al principio, me dolió verla tan nerviosa y frustrada; se notaba en su carita que se estaba comparando con las demás y las cosas no le salían. En un descanso la llamé a un costado y, mirándola a los ojos, le pedí que soltara todo, que simplemente jugara a lo que ella ama. Cuando entendió que no tenía que demostrarle nada a nadie, su fútbol cambió por completo: se relajó, empezó a disfrutar y su talento fluyó de otra manera. Me llenó de orgullo ver cómo escuchaba cada indicación de la profe, entendiendo que el fútbol no es solo meter goles o gambetear a todas, sino saber ser parte de un equipo. Verla divertirse en esa cancha fue el momento en que supe que, pase lo que pase, ella ya había ganado”, se enorgullece Flavia, su mamá.

La vida en el Millonario y el rol de sus padres

Para Alyson, el día a día en River es una “locura hermosa”. La emoción de cruzarse con jugadores de Primera División como Juan Fernando Quintero, Matías Suárez o Lucas Beltrán, y la camaradería con sus compañeras, forman parte de una experiencia inolvidable. Incluso recuerda con gracia una anécdota en la que, junto a una compañera, se metió sin querer en la sala de conferencias durante un ensayo del coro.

El apoyo de sus padres, Flavia y Carlos, es fundamental. Flavia, su mamá, es su refugio emocional, siempre atenta a los estados de ánimo de Alyson, recordándole su inteligencia para jugar y la importancia de confiar en su potencial. Carlos, su papá, equilibra su rol de padre con el de profesor, sufriendo y celebrando cada paso de su hija en el fútbol.

La rutina de Alyson se divide entre Concordia y Buenos Aires. En la capital, desayuna, realiza sus tareas escolares, almuerza y entrena en River. En su ciudad natal, asiste a la escuela, descansa y suma un turno nocturno en el gimnasio. A pesar de amar su casa, la pasión por el Millonario la impulsa a preguntar a sus padres a diario cuándo volverán a Buenos Aires.

Sus sueños son claros: “Poder seguir entrenando en River porque se nos dificulta juntar el dinero para viajar. Sueño con jugar en la Primera de River y en la Selección Argentina. Me gustaría un día jugar con Palo, Meme y Lara Esponda de la Primera de River”. Flavia, su mamá, resume el orgullo: “Me llena de satisfacción que le guste estudiar, que tenga sus objetivos tan claros y que entienda que la vida no se termina en el fútbol. Pero lo que más me conmueve es su generosidad: sueña con llegar lejos para poder ayudar a otras nenas que hoy pasan por las mismas dificultades que le tocaron a ella”.

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