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Fútbol y política: la historia detrás de la histórica rivalidad entre la Argentina e Inglaterra

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En la antesala de un nuevo enfrentamiento entre la Selección Argentina e Inglaterra, el director técnico nacional, Lionel Scaloni, intentó desactivar la histórica carga política que rodea a este clásico mundial con una frase contundente: «Es un partido de fútbol, no busquemos otra cosa». Sin embargo, desvincular el deporte de la geopolítica resulta una tarea casi imposible en el contexto local. La intensa rivalidad futbolística entre ambos países no nació con la Guerra de Malvinas en 1982, sino que hunde sus raíces en décadas de explotación política, discursos nacionalistas y narrativas oficiales que moldearon la identidad deportiva argentina.

1953: Perón y la «nacionalización» del fútbol

El origen de esta politización se remonta al 14 de mayo de 1953, el día en que Inglaterra jugó por primera vez en suelo argentino. Aquella tarde en el estadio de River Plate, ante más de 80.000 espectadores, la Selección se impuso por 3 a 1 con una actuación consagratoria de Ernesto Grillo, autor del legendario «Gol imposible». El triunfo fue capitalizado de inmediato por el gobierno de Juan Domingo Perón. La Asociación del Fútbol Argentino (AFA), entonces presidida por Valentín Suárez —un estrecho colaborador de la Fundación Eva Perón—, instituyó esa fecha como el «Día del Futbolista».

Para el oficialismo de la época, la victoria deportiva se alineaba perfectamente con su retórica soberanista. Ese mismo 14 de mayo se cumplían cuatro años de la estatización del Ferrocarril Central de Buenos Aires, un hito de la nacionalización de los servicios británicos iniciada por Perón. El gobierno celebró el triunfo bajo la consigna «ya nacionalizamos los ferrocarriles, ahora nacionalizamos el fútbol», atribuyendo la hazaña a los logros de la «Nueva Argentina». Mientras tanto, la prensa británica reaccionó con dureza ante el impacto político del encuentro:

The Times describió el partido como «un carnaval de propaganda» utilizado por el peronismo para alimentar el fervor nacionalista.

La tensión diplomática corría en paralelo. Apenas dos semanas después del histórico partido, Perón envió secretamente a Londres al almirante Alberto Teisaire con una propuesta para comprar las Islas Malvinas, oferta que el Foreign Office rechazó argumentando que la transacción provocaría la caída del primer ministro Winston Churchill.

De Grillo a Maradona: el cambio de la efeméride

Con el paso de las décadas, la narrativa oficial sobre el fútbol y la soberanía continuó mutando. En 2020, la conducción de la AFA liderada por Claudio «Chiqui» Tapia decidió modificar el Día del Futbolista. La fecha se trasladó del 14 de mayo al 22 de junio para conmemorar el «Gol del Siglo» de Diego Maradona ante Inglaterra en el Mundial de México 1986. De esta manera, el gol lícito de Grillo fue reemplazado por la mística maradoneana, que incluyó la célebre «mano de Dios», una acción ilegal que la memoria colectiva resignificó con un fuerte componente antibritánico y de revancha tras la guerra de 1982.

Wembley 1966 y la «conspiración» de la dictadura

Otro hito fundamental de esta rivalidad ocurrió en el Mundial de Inglaterra 1966. La expulsión del capitán argentino, Antonio Ubaldo Rattin, en el estadio de Wembley, desató un escándalo internacional que transformó las reglas del juego. La incomunicación entre el jugador y el árbitro alemán debido a la barrera idiomática fue el detonante para que la FIFA inventara las tarjetas amarilla y roja. Tras la eliminación, el técnico inglés calificó de «animales» a los futbolistas argentinos, un insulto que el dictador Juan Carlos Onganía aprovechó para encender un rústico nacionalismo defensivo.

Onganía recibió al plantel en Ezeiza como héroes nacionales, presentando la derrota deportiva como una «victoria moral» frente a una supuesta «conspiración anglosajona». Este uso político del fútbol se perfeccionaría trágicamente años más tarde, durante el Mundial de 1978 organizado por la última dictadura militar, evidenciando cómo el poder político recurrió históricamente al deporte para canalizar tensiones sociales y legitimar sus discursos.

Hoy, el pragmatismo y la prudencia de Scaloni actúan como un escudo mental para proteger a sus dirigidos del peso de una historia que, aunque ocurra sobre el césped, siempre se juega también en los despachos de la política y en la memoria de la sociedad.

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