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Acústica monumental: Gustavo Basso, el guardián del sonido del Teatro Colón y las grandes salas del país

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El sonido de una sala no es una casualidad, sino el resultado de una delicada combinación de física, arquitectura y sensibilidad artística. Pocas personas en el país entienden este equilibrio tan a fondo como el ingeniero y músico Gustavo Basso. Durante cuatro años, entre 2006 y 2010, período en el que el Teatro Colón permaneció cerrado por obras de restauración, Basso asumió una de las tareas más complejas de su carrera: preservar y garantizar la legendaria calidad acústica del coliseo porteño mientras se realizaban reformas estructurales profundas.

Basso, quien además de ingeniero en telecomunicaciones es exviolinista profesional, doctor en Artes y titular de la cátedra de Acústica Musical en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), trabajó durante décadas junto a otra leyenda de la especialidad, el hoy retirado Rafael Sánchez Quintana. Juntos dejaron su impronta en los espacios culturales más importantes de la Argentina, desde la Usina del Arte y el Palacio Libertad hasta el Teatro San Martín y el Teatro Cervantes. Actualmente, lidera un equipo multidisciplinario junto a la arquitecta María Andrea Farina, con proyectos que traspasan las fronteras, como el diseño de la Gran Sala Sinfónica Nacional de Chile.

Un «pacto con el diablo» y diez desvíos del canon

La restauración del Teatro Colón planteó una presión monumental sobre el equipo de acústicos. Para graficar la magnitud del reto, Basso lo compara con una metáfora futbolística: “Lo vivimos como si fuéramos a operar de la rodilla a Maradona en el Mundial de 1986”. La comunidad de melómanos, trabajadores y expertos internacionales seguía cada paso con atención microscópica.

Para minimizar el margen de error, el equipo desarmó la sala por etapas, como capas de cebolla, midiendo la acústica de cada elemento y desarrollando un modelo digital en 3D sumamente especializado. La precisión fue tal que llegaron a rechazar siete muestras de tela para las butacas —que representan el 80% de la absorción de la sala— antes de dar con la indicada. El esfuerzo dio sus frutos: la medición final de 2010 resultó prácticamente idéntica a la tomada en 2006.

Al desarmar el Colón, los especialistas descubrieron secretos asombrosos sobre su construcción original, iniciada por Francesco Tamburini y continuada por Vittorio Meano y Jules Dormal. Aunque el diseño seguía el tradicional modelo de herradura italiana, el análisis con tecnología del siglo XXI reveló diez desviaciones importantes respecto al canon establecido. Sorprendentemente, todos esos desvíos favorecían la acústica. “No hay explicación, salvo un pacto con el diablo. Es una posibilidad”, bromea Basso, reconociendo que ni siquiera hoy se tiene la receta exacta para replicar una sala de semejante perfección.

La ciencia de moldear el sonido: de la Ballena Azul a Chile

El trabajo de Basso no se limita a conservar el pasado, sino a proyectar el futuro del sonido. Uno de los mayores hitos modernos de la arquitectura acústica local fue la creación de la sala Ballena Azul en el Palacio Libertad (ex CCK). Diseñada específicamente para música sinfónica, su forma nació directamente de los oídos de los futuros oyentes tras un proceso de simulación digital de casi 500 pruebas complejas.

En este tipo de proyectos, detalles que suelen pasar desapercibidos para el público general, como el diseño de las butacas, adquieren un rol protagónico. Para la Ballena Azul y la Usina del Arte, el equipo de Basso trabajó junto a fabricantes para desarrollar asientos específicos que absorbieran la misma cantidad de sonido estuvieran vacíos u ocupados. Esto garantiza que los músicos experimenten exactamente la misma acústica durante los ensayos que en el concierto a sala llena.

El desafío frente a la era de la música comprimida

La acústica física enfrenta hoy un rival inesperado: los nuevos hábitos de consumo digital. La costumbre de escuchar música mediante auriculares y el fenómeno de la compresión del rango dinámico —que reduce la diferencia entre los sonidos más fuertes y los más débiles— están alterando la percepción auditiva de las generaciones más jóvenes.

“El desafío para los acústicos es lograr que en las salas sin amplificación el sonido tenga una presencia tan grande que los jóvenes digan: ‘Guau, esto es diferente, no lo tengo en casa’”

Para Basso, la pérdida de matices en los formatos de reproducción actuales pone en riesgo la apreciación de obras complejas como La mer de Claude Debussy, donde conviven silencios casi absolutos con explosiones orquestales. “Si no nos defendemos con herramientas acústicas y salas adecuadas, vamos a perder un repertorio formidable”, advierte el especialista, subrayando que la experiencia de la música en vivo, sin amplificación artificial, sigue siendo un hecho artístico insustituible.

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