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Espionaje en Buenos Aires: la «microfísica social» que permea la vida cotidiana

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Buenos Aires enfrenta un fenómeno que trasciende la esfera política tradicional: el espionaje al prójimo se ha desprendido de la exclusividad de los servicios de inteligencia del Estado para arraigarse como una práctica cotidiana y una herramienta de poder. Así lo analiza José Luis Vila, ex funcionario de Inteligencia y Defensa, quien describe esta tendencia como una “microfísica social” que evidencia la penetración de lógicas mafiosas en el trato social ordinario.

Durante décadas, la actividad de inteligencia fue concebida como una excepción del Estado, sujeta a regulaciones jurídicas y con implicancias políticas. La ética de la inteligencia, según Vila, no cuestiona la moralidad del espionaje en sí, sino que busca determinar cuándo una actividad secreta, engañosa o invasiva puede justificarse en el marco de una democracia constitucional. Este principio es central en la obra de autores como Cécile Fabre, David Omand y Mark Phythian, quienes sostienen que el espionaje solo se legitima por los límites que acepta, bajo la consigna de “defender el Estado sin debilitar la República”. Una operación de inteligencia, en este contexto, solo debería autorizarse si no existe un medio menos intrusivo para obtener la información.

Sin embargo, la situación se complejiza cuando esta lógica abandona los organismos estatales y se convierte en una práctica social disponible para cualquiera. En este escenario, desaparecen los protocolos, el control parlamentario y la autorización judicial. En su lugar, emergen celulares, grabaciones clandestinas, micrófonos, rastreadores, archivos íntimos y una cultura cada vez más dispuesta a transformar la confianza de terceros en una oportunidad de extorsión.

Casos emblemáticos: de la corrupción estatal al espionaje íntimo

Vila destaca varios episodios recientes que ilustran esta preocupante tendencia:

“Los casos recientes no son episodios aislados: son síntomas de la penetración de lógicas mafiosas en el trato social ordinario.”

El caso ANDIS, que investiga presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad, pone de manifiesto una trama donde la corrupción estatal se entrelaza con una feroz disputa interna de poder. La aparición de audios, cuya integridad está en discusión pero que según el fiscal Franco Picardi no son imprescindibles para la causa, destapó manejos turbios. Estos audios no revelan una gesta justiciera, sino el modus operandi de una guerra de facciones: un funcionario grabado en su entorno de confianza por personas insospechadas, quienes utilizaron el material con fines mercantiles y luego políticos. La traición interna, en este caso, activó lo que los controles estatales no habían logrado.

Otro ejemplo es el caso de Facundo Leal, ex presidente de ARSAT y ORSNA, detenido el 2 de junio. En sus domicilios, la Policía Federal encontró más de 2,4 millones de dólares, cocaína y una valija con diecinueve artefactos de intromisión, incluyendo micrófonos ocultos y rastreadores. Aunque el fiscal Ramiro Gonzales descartó, por el momento, que Leal los haya utilizado para espiar, la causa se enfoca en los millones y las irregularidades en contratos estatales. La presencia de este equipamiento en manos de un hombre con veinte años de trayectoria en el Estado sugiere una preparación para registrar, seguir y emboscar a sus interlocutores, incluso sin probar un delito específico de espionaje.

Finalmente, el espionaje íntimo revela una faceta devastadora sin despachos oficiales ni agentes de poder. El 11 de abril, Shadya Altamirano, abogada de 29 años, fue encontrada sin vida. Cuarenta días antes, había denunciado a su exnovio por difundir fotos y videos íntimos. Su familia atribuye la decisión a la humillación y el hostigamiento. Un caso similar es el de Belén San Román, una joven policía bonaerense que murió tras dispararse con su arma reglamentaria, luego de que su expareja viralizara imágenes íntimas como extorsión. José Luis Vila subraya que, aunque en la política se les llama “carpetazos”, en la intimidad, por su repugnancia, aún carecen de un nombre. El mecanismo es idéntico: información privada, y más aún íntima, utilizada para controlar y extorsionar. En la era de las redes, el daño es incalculable, ya que lo publicado no se borra y atormenta a la víctima.

La disolución de la frontera moral y la necesidad de una respuesta social

La suerte judicial de estos casos, según Vila, es secundaria para el análisis del fenómeno. Lo verdaderamente alarmante es la ruptura de los códigos de amistad, de pareja y de confianza que la sabiduría popular aún comprende mejor que muchos códigos penales. Se está disolviendo la sutil frontera entre privacidad, protegida por la ley, e intimidad, infinitamente más frágil y dependiente de la confianza. El autor lamenta que la sociedad argentina no se escandalice lo suficiente ante esta degradación.

Mientras el espionaje estatal cuenta con una teoría de justificación basada en la necesidad, proporcionalidad, autoridad y finalidad pública, el espionaje privado cotidiano carece de todo ello. No protege la soberanía, no evita amenazas ni defiende el orden constitucional. Simplemente convierte un vínculo en un archivo y la intimidad ajena en algo susceptible de ser robado. Esta degradación, concluye Vila, no se resuelve únicamente en los tribunales de Comodoro Py, sino que requiere la recuperación de una frontera moral elemental: no todo lo que puede grabarse debe grabarse, y no todo lo que puede dañar a otro merece circular. La lección del periodista de Tiananmén, que divulgó la imagen para controlar el poder, es un recordatorio de que lo que siempre debe publicarse es aquello que controle a quienes detentan el poder.

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