La Teresa: de tambo familiar a pyme quesera en Brandsen, el legado de María Alejandra Espinosa
De chica, María Alejandra Espinosa esperaba con entusiasmo la llegada del fin de semana. Desde Lomas de Zamora viajaba junto a sus abuelos hasta el campo familiar en Jeppener, partido bonaerense de Brandsen, donde descubrió un mundo que terminaría marcando su vida para siempre. “Ahí comenzó el amor por el campo y el tambo”, recuerda hoy a LA NACION, al frente de La Teresa, el establecimiento que fundó su abuelo materno hace seis décadas y que ella convirtió, junto a su familia, en una pyme láctea en expansión.
Aquellos recuerdos de infancia, marcados por las visitas al tambo y la figura de su abuelo Juan Antonio Gritta, apasionado por la vida rural, terminaron convirtiéndose en la base de un proyecto productivo que hoy sostiene junto a su hermano Diego y su esposo, Juan Pedro.
Ingeniera agrónoma, egresada de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, María Alejandra nunca imaginó que su destino estaría en el tambo. Tras recibirse y capacitarse, su padre, Eduardo Alejandro Espinosa, le pidió que se hiciera cargo del emprendimiento familiar junto a su hermano, quien ya trabajaba en el tambo. Este pedido marcó un giro en su vida profesional.
La evolución de La Teresa: de 30 a 250 vacas
El establecimiento, llamado La Teresa en honor a su madre, fue comprado por su abuelo hace unos 60 años. Comenzó como un tambo pequeño, con 30 vacas ordeñadas a mano, que vendía leche a una industria de la zona. Más tarde, su padre continuó el desarrollo, mecanizó el tambo y amplió el rodeo. “Mi padre lo hizo mecánico y llegó a tener hasta 140 vacas”, explica María Alejandra. Además, mantuvo un rodeo de cría de vacas Angus, que sirvió como un amortiguador económico en tiempos difíciles, demostrando el valor del equilibrio entre producción lechera y ganadería.
Hace 25 años, María Alejandra y su hermano tomaron la posta como tercera generación tambera. “Arrancamos con 140 vacas y ahora ya tenemos 250 madres”, señala. Este crecimiento fue gradual, sostenido con reinversión y una estrategia clara: mejorar la productividad, la genética y la calidad de la leche. Pasaron de producir 18 litros diarios por vaca a 24 litros, y el volumen total del tambo se incrementó de 1800 a 5300 litros diarios. “Buscamos tener un rodeo de vacas más chicas, de contextura más pequeña, y aumentar mucho la producción individual”, explica Espinosa.
Para lograr esta expansión, alquilaron otro campo de 140 hectáreas donde trasladaron las madres y terneros, mientras el establecimiento original de 421 hectáreas se mantuvo enfocado en el tambo. “Fuimos creciendo pese a toda una coyuntura adversa política, económica y climática de por medio”, resume. El objetivo actual es ambicioso: llegar a sacar 7500 litros y tener 350 vacas en ordeñe, una meta que exige inversiones continuas en infraestructura, caminos y personal.
Además de la gestión productiva, María Alejandra lleva adelante la administración financiera del negocio. “Me ocupo de pagar a proveedores, del personal, del manejo, de las siembras de verdeos y pasturas y de la guachera”, enumera. La capacitación permanente, a través de su pertenencia a un grupo CREA de la zona Abasto Este, también fue clave para profesionalizar decisiones y sostener la evolución.
El crecimiento de La Teresa se dio sin créditos y con reinversión constante. “Siempre, solos y sin crédito, fuimos creciendo muy de a poco”, dice. La filosofía familiar ha sido reinvertir cada peso generado por el tambo, lo que les permitió alcanzar un equilibrio económico que hoy lo hace autosustentable.
El Mesías: quesos artesanales y el desafío de ser mujer en el campo
La búsqueda de calidad se volvió una obsesión diaria en La Teresa, respondiendo a otro gran paso de la familia: agregar valor a la producción. Dos años después de que María Alejandra se hiciera cargo del tambo, nació El Mesías, la fábrica de quesos artesanales que instalaron en paralelo con su marido, Juan Pedro, también ingeniero agrónomo. “Fue una idea mía. El agregado de valor fue lo que nos incentivó a hacerlo”, recuerda. Allí elaboran queso gouda y destinan el 20% de la producción del tambo a esta línea.
Más allá de los desafíos productivos y económicos, María Alejandra enfrentó otro frente complejo: abrirse camino como mujer en un ámbito históricamente masculino. “Fue muy difícil insertarme en un mundo de hombres. Me pegué 1000 golpes; hacerme valer me costó muchísimo y todavía me cuesta”, reconoce. La administración económica fue uno de los mayores desafíos, donde el aprendizaje fue acelerado y exigente. “Es una lucha eterna y más siendo mujer”, dice, reflejando la experiencia de muchas mujeres rurales que deben ganarse su espacio en la gestión productiva.
Al mirar el camino recorrido, María Alejandra Espinosa vuelve inevitablemente a la figura de su abuelo. “Estaría muy orgulloso de nosotros, de que pudimos sostener el tambo a pesar de todo y seguir adelante”, dice. En esa frase se resume la esencia de La Teresa: una empresa que nació como un pequeño tambo manual, atravesó generaciones, sumó valor agregado y se mantuvo en pie en uno de los sectores más desafiantes del agro argentino, liderada con la misma pasión de aquella chica que iba feliz al campo con sus abuelos.

