Milada Voldan Mac Gaul: la pintora checa que inmortalizó los conventillos de La Boca
Durante medio siglo, los ojos de Milada Voldan Mac Gaul han sido un escáner. Esta dama checa, nacida en Praga, República Checa (entonces Checoslovaquia), llegó a Buenos Aires antes de cumplir los cuatro años y, de adulta, se enamoró de la geografía recostada sobre el Riachuelo. Con un carrito de compras cargado de pinceles y acuarelas, recorrió La Boca, deteniéndose frente a sus fachadas para congelarlas en el trazo. Sin saberlo, estaba construyendo un poderoso registro patrimonial.
Hoy, a sus 93 años, Milada posee un inventario valiosísimo de inmuebles que desaparecieron o cambiaron su forma. En las tierras de Quinquela Martín, es la guardiana invisible de una parte fundamental de la historia visual de La Boca. Sus cuadros, con su suavidad cromática de rosas, celestes y amarillos gastados, son un acto de preservación arquitectónica, inmortalizando balcones de hierro, escaleras externas y chapas pintadas.
De Praga al arrabal porteño: una vida dedicada al arte de La Boca
Nacida en Chlumec, al sur de Praga, el 16 de agosto de 1932, Milada recuerda poco de su país natal. A los tres años, el desarraigo la trajo a Buenos Aires junto a su familia, huyendo de los horrores de la Primera Guerra Mundial que su padre había presenciado.
«Mi padre estaba estudiando agronomía cuando empezó la Primera Guerra Mundial y fue convocado para pelear por su patria. No había tocado un arma, no quería ser parte de la guerra, pero tuvo que ir», relata con emoción. «Volvió entero, pero horririzado, se casó, tuvo dos hijas, y decidió buscar paz en América».
En Buenos Aires, su padre se empleó en el consulado checo. Meses después, Milada, su hermana y su madre llegaron al puerto porteño. La ciudad, que su padre llenó de rosas rojas para recibirlas, se convirtió en su hogar, aunque la tragedia golpeó nuevamente con la muerte de su progenitor tras enterarse del inicio de otra guerra. Las tres mujeres se refugiaron entonces en el arte y la educación. Milada estudió en la escuela pública Nicolás Avellaneda, frente al Teatro Colón, y tomó clases con profesoras de Bellas Artes, siguiendo los pasos de su madre, una pintora al óleo aficionada.
A diferencia de su hermana Helena, quien obtuvo tres títulos universitarios, Milada se empleó en la empresa agrícola Nidera, pero su verdadera vocación la llevó a «clonar» conventillos con sus pinceles, capturando la asombrada mirada de los vecinos. Su obsesión no reside en los puntos obvios como Caminito o la cancha de Boca, sino en los detalles: rejas, ventanas, sogas de tender ropa y cimientos que parecen desafiar el tiempo.
La «Gentildonna de La Boca» y el legado de sus pinceladas
Recientemente, Milada fue honrada con el diploma de «Gentildonna de La Boca», un título honorífico otorgado por la simbólica República de La Boca, que mantiene viva la tradición de una fallida independencia de inmigrantes genoveses de 1882. Este reconocimiento subraya su profundo vínculo con el barrio al que dedicó su arte.
Madre de cinco, abuela de diez y bisabuela de siete, esta prolífica acuarelista, admiradora de Van Gogh y Soldi, se siente más porteña que «praguense». Sus pinturas, que cada una tiene su dirección postal exacta, resisten el avance de la modernización, los incendios y las demoliciones, recreando huellas borradas y sirviendo como testimonios urbanos invaluables. Ha publicado cuatro libros, entre ellos Rejas de balcones de La Boca y Antiguas casas de La Boca, y ha exhibido su obra en el Museo Quinquela Martín.
A pesar de su vasta producción, Milada no lleva un registro exacto de sus cientos de pinturas.
«Doscientas, trescientas, no sé. Es que ahora estoy en una etapa de querer sacarme de encima todo. Puse en un tachito las acuarelas enroscadas y dejé que la gente se llevara lo que quisiera», confiesa con una sonrisa.
Su arte, que dejó de ser un secreto para los entendidos, promete, según los pronósticos, convertirse en objeto de culto en los próximos años.

