Brisa, la adolescente de Tigre que va descalza a la escuela para no faltar
Cuando la lluvia inunda las calles de La Villita, un barrio popular de Rincón de Milberg, Tigre, la vida de muchos se detiene. Pero no la de Brisa. Con apenas 16 años, esta adolescente elige ir descalza hasta la parada del colectivo para preservar el único par de zapatillas que posee, adquirido con el fruto de su trabajo de niñera durante el verano. Su prioridad es clara: no faltar a la escuela y mantener su promedio por encima de 8.
La historia de Brisa es un testimonio de resiliencia y aspiración en un contexto de vulnerabilidad. Acaba de cumplir 16 años y, con la madurez que le otorga su experiencia, ya planea su futuro: “Ya puedo trabajar en alguna casa de comidas rápidas y además me puedo anotar para ir adelantando materias del CBC”, cuenta con una sonrisa que revela su entusiasmo por las nuevas oportunidades que se abren.
Un futuro diferente: la Fundación Más Humanidad como pilar
Brisa vive con su mamá, Carolina, y sus dos hermanos en la casa de su abuela, una realidad de hacinamiento que comparten miles de familias en el país. Su hermana mayor, Lara, tiene 19 años y un diagnóstico de microcefalia, mientras que Jairo, el menor, tiene tres años. La separación de sus padres hace siete años redefinió la dinámica familiar, dejando a Carolina al frente del hogar con ingresos limitados.
La vida de Brisa y su familia comenzó a cambiar gracias a la intervención de la Fundación Más Humanidad, una organización que trabaja con poblaciones atravesadas por la pobreza estructural en Rincón de Milberg, Derqui y Lima. Carolina se acercó a la fundación cuando sus hijas, Brisa y Lara, padecían desnutrición y la familia enfrentaba serias dificultades para garantizar la alimentación y una vivienda digna. “Un día, una vecina me cuenta que había abierto una fundación que tenía médicos y ayudaba con la leche, así que me acerqué”, recuerda Carolina.
En Más Humanidad, Brisa y Lara recibieron atención pediátrica y ayuda alimentaria. Además, entre los 3 y los 5 años, asistieron a una sala de jardín de infantes con modelo Montessori, un programa clave para estimular el desarrollo neuronal en chicos en contextos vulnerables. “Cuando nació Lara, me habían dicho que no iba a poder caminar y salió caminando. Brisa terminó sabiendo leer y escribir”, relata Carolina, orgullosa de los avances de sus hijas.
Rompiendo el círculo de la pobreza
La historia de Brisa es un reflejo del impacto de la desnutrición y la pobreza estructural en el desarrollo infantil. Adriana Manzur, directora general de la Fundación Más Humanidad, explica que la desnutrición debilita las defensas y prioriza la supervivencia, dejando el desarrollo neuronal en segundo plano. Esto puede generar graves consecuencias a futuro, afectando el aprendizaje, los vínculos y la capacidad de sostener un trabajo estable, condenando a muchos a vivir de changas esporádicas.
“Brisa es el ejemplo de que el cambio es posible. Ella es la primera generación de su familia que se proyecta con un título profesional. Quebró el círculo de la pobreza estructural”, sostiene Manzur.
La fundación, con 15 años de historia y más de 2500 niños y 900 familias asistidas, ha identificado que el 66% de los chicos atendidos padece o padeció desnutrición. Además, el 62% de los adultos no completó la secundaria, el 62% carece de acceso a baño e higiene personal, el 69% no tiene agua caliente y el 59% vive en condiciones de hacinamiento. Estos datos, sumados a los de la UCA de 2025 que indican que 4,3 millones de chicos sufrieron reducción de porciones o pasaron hambre, y que el 18,1% vive en viviendas precarias, pintan un panorama desolador.
Manzur subraya la importancia de educar a las madres con pautas de crianza, ya que son ellas quienes, en la mayoría de los casos, manejan la batuta del hogar. Carolina es un ejemplo de este empoderamiento: logró terminar la secundaria que había abandonado a los 15 años y aprendió a coser en un taller de la fundación. “Gracias a la fundación aprendí que mi vida vale. Hoy puedo ser una mamá distinta con mis hijos”, afirma.
El desafío de la universidad y un celular para estudiar
Brisa cursa 5° año de bachillerato con orientación en Economía. Eligió esta especialidad luego de charlas en la escuela y, a pesar de no saber inicialmente qué hacían los contadores, se sintió atraída por el área. Ahora, su próximo gran desafío es el CBC de la universidad, pero hay un obstáculo: necesita un celular para estudiar. “En la escuela nos pasan los libros por PDF, que se pueden imprimir o trabajar desde el celular. Como yo no tengo celu, trabajo con el de mi compañero”, explica.
Carolina, con su sueldo de empleada doméstica, la pensión por discapacidad de Lara y la AUH de Brisa y Jairo, apenas cubre los gastos de comida. “Me encantaría tener un emprendimiento propio de arreglo de ropa para juntar unos pesos más y ayudarla. Pero no tengo máquina de coser”, se lamenta. A pesar de las dificultades, la madre confía en que Brisa, con su determinación, encontrará la manera de alcanzar sus metas, tal como lo demuestra cada vez que sale descalza bajo la lluvia, protegiendo sus sueños y sus únicas zapatillas.

