DeportesSociedad

Identidad colectiva: por qué el Mundial suspende las grietas y moviliza a millones sin un jefe que lo ordene

Compartir:

Durante un mes, millones de desconocidos en la Argentina y el mundo experimentan exactamente la misma emoción al mismo tiempo, sin que medie ninguna orden ni libreto previo. Este fenómeno de sincronía masiva, que alcanza su punto cúlmine cada cuatro años, desafía las explicaciones lineales y encuentra paralelismos tanto en la física de la naturaleza como en las teorías fundamentales de la sociología y la psicología social.

La física de la bandada y el impacto de Qatar 2022

En el ámbito científico, el comportamiento de las bandadas de estorninos —que forman gigantescas nubes coordinadas en el cielo sin un líder aparente— fue bautizado como «murmuración». Los investigadores Andrea Cavagna y Irene Giardina, de la Universidad Sapienza de Roma, demostraron en la revista PNAS que cada ave solo ajusta su vuelo observando a sus siete vecinas más cercanas. De esa regla mínima surge una coreografía perfecta que funciona sin jefe, sin plan y sin comité organizador.

Algo similar ocurre en la sociedad durante la Copa del Mundo. La escala del fenómeno es inédita: según datos de la FIFA, la final de Qatar 2022 entre Argentina y Francia alcanzó una audiencia global de 1.420 millones de espectadores, y el torneo en su totalidad involucró a 5.000 millones de personas. En el instante en que Lionel Messi alzó la copa, la sintonía emocional superó la cantidad de hablantes de español, inglés y portugués combinados.

El pacto de la ficción colectiva

Para el sociólogo y ensayista Pablo Alabarces, el Mundial se sostiene sobre un acuerdo implícito de alta intensidad. «El Mundial es una ficción increíble pero en la que todo el mundo cree», sostiene el especialista, explicando que el pacto consiste en depositar expectativas, fantasías y alegrías en un grupo de veintiséis futbolistas que representan a la nación. Alabarces evita el término comercial de «pasión» y prefiere hablar de una inversión emocional genuina.

Este mecanismo evoca el concepto de «efervescencia colectiva» acuñado por Emile Durkheim en 1912 en su obra Las formas elementales de la vida religiosa. Durkheim describía la energía que atraviesa a una comunidad reunida en torno a un símbolo compartido, generando una trascendencia imposible de lograr de forma individual.

«Es el tipo de grupo perfecto, sin división, sin rupturas, en la que de pronto, milagrosamente, todos somos iguales, aunque sabemos perfectamente que al día siguiente dejamos de serlo», analiza Alabarces.

Identidad, paradojas y el «interruptor de la colmena»

Por su parte, el antropólogo e investigador del Conicet, Alejandro Grimson, observa una paradoja histórica en el caso argentino: mientras el país inició hace 48 años un marcado retroceso socioeconómico, ese mismo período coincidió con la etapa más gloriosa de su fútbol, obteniendo tres copas mundiales y cobijando a los dos máximos astros del planeta. «Mientras la política fragmenta, la camiseta celeste y blanca se ubica, durante algunas semanas, por encima de cualquier otra», señala Grimson.

El escritor e historiador Eduardo Sacheri coincide en que el torneo habilita una experiencia de identidad compartida que la vida cotidiana bloquea, actuando además como un revelador social donde las personas exhiben «lo bueno y lo malo» de sí mismas.

Desde la psicología, este comportamiento se asocia con la teoría de la identidad social de Henri Tajfel y John Turner (1979), y con el concepto del «interruptor de la colmena» formulado por Jonathan Haidt de la Universidad de Nueva York en su libro La mente de los justos. Haidt define esta capacidad humana como la suspensión temporal del interés individual para fundirse en un cuerpo colectivo mayor, generando una euforia de carácter casi religioso.

La resaca emocional: el vacío del día después

El cierre de la competencia da paso al denominado «síndrome pos Mundial» o «letdown effect» (efecto de caída libre), descripto por el investigador Jerome Suls en 1977. Tras un período de tensión y alerta sostenida, el cuerpo social experimenta un bajón anímico y físico al retornar a la rutina individual.

Sacheri describe este proceso como un duelo necesario: «Se va deshilachando esa urdimbre que nos tuvo un mes unidos, y por eso, cuando el Mundial termina, salimos de una comunidad para volver cada uno a su casa». Grimson añade que no es posible habitar permanentemente dentro de un ritual, comparándolo con el silencio que sucede a las grandes fiestas populares como el carnaval.

Finalmente, Alabarces reflexiona sobre lo que este fenómeno revela acerca de la sociedad actual, advirtiendo que la capacidad de construir lazos comunitarios por fuera del fútbol se encuentra debilitada. Ante la dificultad de la política y los liderazgos sociales para generar encuentros genuinos, el fútbol persiste como el último refugio que ofrece una «felicidad democrática» al alcance de todos. Al igual que los estorninos que se dispersan para volver a unirse al año siguiente, la sociedad parece replegarse a la espera del próximo silbato que la vuelva a convocar.

Compartir: