La Mesa de los Galanes: el ritual de Fontanarrosa en El Cairo que se volvió leyenda
En el corazón de Rosario, el bar El Cairo alberga un rincón que trasciende el mero mobiliario: la legendaria “Mesa de los Galanes”. Durante más de tres décadas, este fue el epicentro del ritual cotidiano de Roberto “El Negro” Fontanarrosa, quien, junto a un grupo de amigos, tejió la trama de un espacio que hoy es un mito y una parte esencial de la identidad cultural de la ciudad.
Ricardo Centurión, uno de los últimos “galanes” que aún frecuentan la mesa, confiesa: “Lo que más extraño del Negro es su silencio”. Para ellos, Fontanarrosa era simplemente “el Negro, nuestro amigo”, una figura cuya fama nunca opacó la camaradería. El bar, fundado en 1943, mantiene viva su memoria con frases de sus personajes, su imagen en los ventanales y una estatua cerca de la cocina.
Protocolos y temas prohibidos: la filosofía de la mesa
La Mesa de los Galanes tenía sus propias reglas. “El Negro veía lo que nadie podía ver”, asegura Centurión. Uno de los protocolos más férreos era la prohibición de hablar de temas profundos, política o religión. El propio Fontanarrosa lo plasmó en uno de sus cuentos del libro homónimo:
No se hablan de temas personales o importantes; para eso estaban las otras mesas periféricas, para no alterar la grata vaguedad de la tertulia ni introducir un motivo de tensión o profundidad metafísica en la sabia pelotudez de los discursos cotidianos.
Ubicada estratégicamente al lado del mostrador, la mesa ofrecía una vista panorámica de las calles Santa Fe y Sarmiento, cuya esquina hoy lleva los nombres de Serrat y Fontanarrosa. El Cairo siempre fue un imán para artistas e intelectuales, un punto de encuentro que, como reconoce Centurión, “nunca pensamos que esta mesa iba a ser una leyenda”.
Fútbol, anécdotas y visitas ilustres
El fútbol fue, y sigue siendo, el tema central de la mesa. La pasión por la pelota llevó a los amigos a formar su propio equipo, “El Cairo”, con camisetas y hasta porristas, aunque estas últimas “al segundo partido, no vinieron”, recuerda Centurión entre risas. Fontanarrosa, un hábil jugador, también participaba de estas aventuras.
La fama del “Negro” atrajo a personalidades de la cultura. Eduardo Galeano, por ejemplo, viajó a Rosario con el objetivo de conocer la mesa y a Fontanarrosa. “Lo acompañé y lo buscamos juntos en el hotel; yo no podía creer que iba a verlo a Galeano; para el Negro era como ir a buscar a un tipo normal”, relata Centurión. En un momento de la noche, Galeano se confesó: “Es un monstruo el Negro, te voy a contar algo: cada vez que yo escribo algo, él ya lo escribió”.
Otro visitante de lujo fue Joan Manuel Serrat. El cantautor catalán, cuyo perfil también está grabado en los ventanales del bar, le dijo a Centurión: “Es de las personas que más admiro en el mundo, su obra es profunda, su sentido de la amistad”.
Joaquín Sabina también tuvo una relación cercana con Rosario y la mesa. Mucho antes de su reconocimiento masivo, Sabina pasó una noche inolvidable con los “galanes”. “Una vez entramos a las 2 de la mañana y salimos a las 11, cerca del mediodía”, cuenta Centurión, recordando una velada de vino y tabaco en la que Sabina le confió sus “secretos” y le expresó su admiración por Fontanarrosa, destacando su capacidad de observación y memoria.
Centurión incluso ideó una “conferencia de prensa” para promocionar a un Sabina aún desconocido en Argentina. Llamaba a gente de la vereda, les daba un papel con una pregunta para memorizar y así lograba organizar el evento. “Si lee esta nota, lo estamos esperando; lo queremos mucho”, dice Centurión, reflejando el espíritu de camaradería que aún perdura.
Resurgimiento de El Cairo y el legado de Fontanarrosa
El bar El Cairo, que operó ininterrumpidamente desde 1943 hasta 2001, sufrió el impacto de la crisis de aquel año y bajó sus persianas. “Nos quedamos huérfanos”, describe Centurión. En 2004, un incendio devastó gran parte de sus instalaciones, pero el bar fue restaurado y reabrió ese mismo año, recuperando su rol como punto de encuentro y refugio.
Rubén Díaz, uno de los dueños, afirma que El Cairo es “un emblema de lo rosarino”, un espacio tan indisoluble de la identidad de la ciudad como el Monumento a la Bandera. “Nosotros jamás cerramos, ni siquiera en feriados o en las fiestas; es un orgullo sostener este lugar”, agrega.
Fernando Santarelli, dueño del restaurante Negre y de una familia gastronómica icónica de Rosario, destaca la importancia de El Cairo y la Mesa de los Galanes para quienes crecieron con la obra de Fontanarrosa. “Muchas de sus mejores historias nacieron en esa mesa”, reflexiona, y elogia la gastronomía del lugar, especialmente los “Carlitos”, el sándwich tostado de jamón, queso y kétchup que es un emblema rosarino.
El libro La Mesa de los Galanes, publicado en 1996, es el testimonio de la capacidad del escritor para transformar las conversaciones y anécdotas de sus amigos en literatura. “Cuando él necesitaba alguna historia, venía a la mesa y ya la tenía”, asegura Centurión. La humildad de Fontanarrosa era tal que, cuando recibió el Konex de Platino, simplemente avisó que no podía asistir a la mesa al día siguiente, sin mencionar el motivo.
Con el tiempo, la mesa se convirtió en una atracción turística. Fontanarrosa, hincha confeso de Rosario Central, logró lo impensado: borrar la grieta con los hinchas de Newell’s Old Boys. “Jamás habló mal de la lepra y venían a saludarlo de los dos clubes”, recuerda Centurión.
En 2003, a Fontanarrosa le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica. A pesar de la dura enfermedad, siempre que podía volvía a su mesa. Falleció el 19 de julio de 2007, dejando un vacío inmenso. “Jamás quiso dejar esta ciudad”, confiesa Centurión.
La Mesa de los Galanes, con sus patas pintadas con los colores de Rosario Central, Newell’s y Central Córdoba, y las fotos de sus mejores momentos, sigue recordando al amigo que se fue. “Nosotros extrañamos a un amigo”, concluye Centurión, manteniendo viva la esencia de un ritual que hizo de Fontanarrosa un mito.

