Velorio del Indio Solari: La política detrás de las multitudes y un repaso histórico de funerales icónicos
En un país donde los grandes velorios suelen ser escenarios de apropiación política, con figuras ilustres convertidas en símbolos y sus restos objeto de negociaciones, resulta inevitable analizar las implicancias del imponente funeral del Indio Solari el pasado fin de semana. Aunque el artista no ocupaba un rol político tradicional, su figura contracultural y su posicionamiento ideológico, como su explícito apoyo a “Cristina libre”, otorgaron una relevancia particular a su despedida.
La masiva convocatoria, que causó más impresión que la propia muerte sorpresiva del ídolo, remite a la memoria genética argentina. El 17 de octubre de 1945 en Plaza de Mayo, el “big bang” del escenario político moderno, marcó a fuego la irrupción inesperada de un subsuelo social. Desde entonces, toda multitud imprevista y difícil de catalogar genera un sobresalto político. Hoy, la pregunta latente es: toda esta gente conmocionada, dispuesta a peregrinar a Avellaneda bajo la lluvia para despedir al mítico rockero, ¿por quién votará el año próximo?
Un clásico: el rechazo a velatorios en el Congreso
La discusión pública sobre dónde velar al Indio Solari y la negativa del gobierno a habilitar el Congreso no es novedosa. Se trata casi de un clásico en la historia argentina. Ya en 1877, los rosistas intentaron organizar honras fúnebres para Juan Manuel de Rosas en la Catedral, pero los gobernantes mitristas y alsinistas lo impidieron. Domingo Faustino Sarmiento, fallecido en 1888, no sufrió rechazos gubernamentales, pero sí el de la Iglesia Católica, que no autorizó honores religiosos a quien había impulsado la enseñanza laica.
Con Leandro N. Alem, quien se suicidó en 1896, el gobierno de José Evaristo Uriburu ofreció honores oficiales y quiso pagar el sepelio. Sin embargo, su hijo Leandro y su sobrino Hipólito Yrigoyen rechazaron todo. El velorio se realizó en la casa de Alem bajo una enorme tensión política, con la policía temiendo que la pena derivara en una insurrección civil.
Si es por multitudes que sorprendieron por su envergadura, el primer caso también sucedió en un funeral: año 1933, cuando murió Yrigoyen. Se produjo la concentración más grande de la historia hasta ese momento.
Yrigoyen, derrocado en 1930, pasó casi un año y medio preso en Martín García. Recién en sus funerales, en 1933, se estrenó como mártir de la democracia. Noventa y tres años antes de que el gobierno mileísta rechazara el pedido (inspirado por Cristina Kirchner e impulsado por Máximo Kirchner) para que el Indio Solari fuera velado en el Congreso, el gobierno de Agustín P. Justo dio la misma respuesta al entorno de Yrigoyen. El dos veces presidente terminó velado durante tres días en su casa de la calle Sarmiento al 900.
Durante el entierro, en medio de un desborde absoluto, se rompió todo protocolo. La gente descartó la carroza tirada por caballos y llevó a pulso el féretro, que pasó de mano en mano en las cincuenta cuadras de recorrido hasta la Recoleta. La sepultura, que incluyó encendidos discursos de Marcelo T. de Alvear y un joven Arturo Frondizi, se convirtió en un acto contra el fraude patriótico.
El siguiente velorio desbordado fue, en 1942, el de Alvear, realizado en la Casa Rosada. Una multitud irrumpió por la fuerza y se llevó el cajón, que recorrió en andas las calles porteñas con consignas contra el régimen fraudulento.
Gardel y el Obelisco: la política del espectáculo
En el caso de Carlos Gardel, fallecido en Colombia el 24 de junio de 1935, las peripecias fúnebres fueron tan largas como politizadas. Sus restos llegaron al cementerio de Chacarita siete meses después del accidente, tras un recorrido de 18 mil kilómetros que incluyó Panamá, Nueva York, Río de Janeiro y Montevideo. En cada escala se organizaba un velorio de varios días, todos muy concurridos.
La demora en su arribo a Buenos Aires no fue casual. La muerte de El Zorzal coincidió con el debate parlamentario sobre las carnes, un escándalo de corrupción que, junto con el de la CHADE y el del Palomar, marcó la “Década Infame”. El 23 de julio se produjo el asesinato de Enzo Bordabehere en el Senado. El general Justo, amigo de Natalio Botana, dueño del diario Crítica, combinó con este un operativo distractor para paliar el daño a su imagen.
Según las memorias de Helvio Botana, el culto a Gardel fue acelerado para oponerlo a la hora de descrédito y decepción que sacudía a la República. El Estado y Crítica, que estaba cerca de superar los 800 mil ejemplares diarios y era un actor político deliberado, desviaron la mirada de la opinión pública. Crítica incluso propuso un mausoleo a Gardel en la confluencia de Corrientes y la flamante Diagonal Norte, pero al final ahí se construyó el Obelisco.
El féretro arribó al puerto de Buenos Aires el 5 de febrero de 1936, esperado por unas 40 mil personas, y fue llevado al Luna Park. La capilla ardiente duró 22 horas. El 6, el cortejo popular recorrió toda la calle Corrientes hasta Chacarita, atravesando una marea humana. Nadie podía imaginar que el siguiente gran sepelio sería el del propio Natalio Botana, en 1941, que también alcanzó una dimensión colosal en las calles de Buenos Aires.
De Evita a Maradona: los funerales del último siglo
Las exequias de Eva Perón (1952) fueron las más concurridas y extensas de la historia argentina, “un espectáculo impresionante” según las crónicas. Se estima que en los 16 días de duración, el flujo ininterrumpido de personas sumó entre dos y tres millones. El velatorio se realizó en el edificio de Perú 160 (hoy Legislatura porteña), donde Evita tenía su despacho. El dolor y la veneración popular eran genuinos, a la vez que Juan Domingo Perón implementó medidas celebratorias. El traslado hasta la CGT llevó casi tres horas.
Tras el golpe de estado de 1955, un comando militar secuestró el cadáver de Evita, el cual inició un derrotero macabro de veinte años, pasando por Milán y Puerta de Hierro, hasta su repatriación en 1974, luego de que Montoneros robara el cadáver de Pedro Aramburu para exigir su devolución.
El sepelio de Perón, quien murió en 1974, duró tres días y, aunque no se impuso el luto obligatorio, igualmente paralizó el país. Se calcula que 135 mil personas entraron al Congreso y cerca de un millón se movilizaron. El discurso de Ricardo Balbín (“este viejo adversario despide a un amigo”) es el suceso político más mencionado, aunque no se tradujo en un cambio histórico significativo ni sirvió para frenar el golpe de estado de 1976.
Los grandes sepelios de este siglo, como los de Raúl Alfonsín (2009), Mercedes Sosa (2009), Néstor Kirchner (2010), Sandro (2010), Luis Alberto Spinetta (2012), Leonardo Favio (2012), Gustavo Cerati (2014), Fernando de la Rúa (2019), Diego Maradona (2020) y Carlos Menem (2021), están más frescos en el recuerdo colectivo. Kirchner y Maradona fueron velados en la Casa de Gobierno. Alfonsín, Mercedes Sosa, Sandro, Favio, De la Rúa y Menem, en el Congreso. Cerati, en la Legislatura porteña. El descontrol absoluto del velatorio de Maradona dejó una huella traumática.
La historia demuestra que la despedida final de una figura pública ha involucrado casi siempre a la política, lo cual en muchos casos supuso una utilización de la figura. Lo que distinguió el velatorio del Indio Solari fue la decisión gubernamental provincial y no nacional, con intervención estatal pero sin la solemnidad de un espacio público institucional. El tiempo dirá si la ocasión, que al menos interrumpió la falta de comunicación en la interna peronista, tendrá o no secuelas prácticas.

