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A 50 años del golpe: la democracia argentina entre el pluralismo y la grieta

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A medio siglo del golpe de Estado de 1976, que instauró la dictadura más brutal de la historia argentina, la memoria de aquella experiencia sigue vigente, aunque para muchos sectores las preocupaciones actuales eclipsan el pasado. Sin embargo, este aniversario invita a reflexionar no solo sobre el trauma de aquellos años, sino también sobre la construcción de la democracia que le sucedió y los desafíos que aún persisten.

El golpe militar de 1976, previsible para muchos, se enmarcó en una larga tradición de intervenciones castrenses desde 1930. Las Fuerzas Armadas se erigían como un poder insoslayable, con apoyo explícito o implícito de diversos sectores civiles que veían en ellas una solución a la inestabilidad. Lo que siguió fue un aparato de terrorismo de Estado inédito, represión y desmantelamiento de organizaciones sociales y políticas.

A pesar de la minimización inicial de sus efectos por parte de amplios sectores, el desgaste del poder militar y la derrota en la Guerra de Malvinas en 1982 marcaron el principio del fin del régimen. Esta dictadura, aunque en continuidad con la historia previa, se considera un parteaguas por la magnitud de su acción criminal, pero el viraje fundamental, según algunos análisis, vino después: un nuevo ciclo político que dejó atrás las características predominantes del medio siglo anterior.

El nuevo ciclo democrático: de Alfonsín a la “república quebrada”

El viraje se inició a fines de 1983 con el triunfo electoral de Raúl Alfonsín, un resultado que sorprendió al peronismo y evidenció un cambio en la sociedad. Alfonsín sintonizó con el “humor social” del ocaso militar, haciendo de la democracia el eje central de su discurso y proyecto para refundar la república.

Alfonsín se propuso reconstruir la república en clave de democracia pluralista

Su propuesta implicaba una crítica al régimen militar y una diferenciación de tradiciones previas que buscaban una uniformidad cultural o ideológica. El fundamento de la unidad remitía al pacto político de la Constitución, con una fuerte impronta de democracia pluralista. Este proyecto incorporó un motivo hasta entonces ausente en las preocupaciones políticas: los derechos humanos. A pesar de que en 1983 no era una prioridad ciudadana, el nuevo gobierno impulsó un proceso de revisión del pasado, culminando en el Juicio a las Juntas Militares y de los movimientos guerrilleros, y la consigna Nunca Más.

Sin el apoyo inicial de los poderes fácticos ni de gran parte de la oposición, Alfonsín apeló directamente a la ciudadanía y a sectores renovadores del peronismo. Esto permitió la reconstitución de las instituciones, la reactivación de los partidos, la ampliación de libertades y derechos, y un renacimiento de la vida pública pluralista. La alternancia presidencial con el triunfo de Carlos Menem en 1989, a pesar de una transición anticipada, fue una novedad auspiciosa para la joven democracia.

El gobierno de Menem impuso cambios económicos y sociales radicales, pero mantuvo la base de la democracia pluralista. Sin embargo, su estilo personalista y el debilitamiento de la división de poderes marcaron una diferencia. En el tratamiento del pasado, Menem buscó clausurar las controversias sobre el terrorismo de Estado, culminando con el indulto a jefes militares y guerrilleros condenados en 1985, en un mensaje de “reconciliación nacional” para “dejar atrás las divisiones”. También avanzó en debilitar el poder de las Fuerzas Armadas y llevó adelante una reforma constitucional.

El final del menemismo y las elecciones de 1999, que dieron el triunfo a una alianza entre la UCR y el Frepaso, se abrieron con la nota optimista de la alternancia. Sin embargo, los años siguientes fueron conflictivos, culminando en la profunda crisis de 2001. La renuncia del presidente Fernando De la Rúa y la vacancia del Poder Ejecutivo evidenciaron la incapacidad del sistema político para cumplir su rol representativo, dando lugar a la consigna “que se vayan todos”. Pese a la inestabilidad, la república sobrevivió, y el gobierno de transición de Eduardo Duhalde logró encauzar la salida de la crisis, sin recurrir a soluciones mágicas ni a los militares.

La democracia unanimista y la “grieta”

Las elecciones de 2003 llevaron a Néstor Kirchner a la presidencia con un magro 22% de los votos. Su gobierno optó por un camino diferente al de la democracia pluralista, impulsando un proyecto de nación homogénea política e ideológicamente, unida por un liderazgo hegemónico que encarnaba al “pueblo”. Kirchner y, posteriormente, Cristina Fernández de Kirchner, se erigieron como líderes populares, y quienes disputaban su lugar o proyecto quedaban en el “campo enemigo de la nación verdadera”.

Este viraje, que buscó desmontar el modelo pluralista, tuvo éxito inicial debido a la degradada situación política, la larga tradición unanimista argentina y una “colosal operación político cultural” para reinstalarla. La construcción de un relato del pasado fue clave para definir una identidad colectiva. Se forjó el peronismo kirchnerista, que reunió a sectores diversos en torno a la “causa nacional y popular”, identificada con un relato oficial que consagraba una verdad única y obstruía el debate sobre el pasado traumático. En palabras de Claudia Hilb, este período “estuvo signado por una apropiación crecientemente partisana de la temática de la memoria, que tuvo como consecuencia la erosión de la universalidad de la reivindicación de los derechos humanos”.

Quienes no se sentían interpelados por este relato eran tildados de “enemigos del pueblo”, “reaccionarios” o “gorilas”, categorías que implicaban la exclusión de la comunidad política nacional. Así se consolidó la “grieta”, que dividió familias, amistades y obstaculizó la conversación ciudadana. Aunque la matriz de comunidad política sobre la que se fundó el kirchnerismo no se descartó tras su derrota en 2015, sigue vigente como ideal para una parte de los argentinos.

Dos modelos en escena y el futuro de la república

Los años siguientes fueron complejos, con los dos modelos de nación, pluralista y unanimista, confrontando y alternándose en las presidencias de Mauricio Macri y Alberto Fernández. En este escenario, la política práctica no lograba satisfacer las demandas de una ciudadanía desencantada.

Javier Milei, en su encendido discurso al asumir

En este contexto, emergió Javier Milei, un outsider que se lanzó como “luchador contra la casta política” y ganó las elecciones. Si bien el triunfo de Milei representa una alternancia democrática, un análisis más profundo revela una afinidad entre las formas de hacer política de la nueva fuerza en el poder y el kirchnerismo al que desplazó, distantes del modelo ensayado en los veinte años previos. Ambos movimientos comparten rasgos como:

  • El desprecio por aspectos institucionales clave de la matriz republicana, como la división de poderes, y una jerarquización del Poder Ejecutivo ligada al personalismo.
  • La aspiración al unanimismo, presentándose como la única voz del pueblo.
  • El uso vicario de la historia en función del proyecto oficial, invirtiendo el lugar de héroes y villanos.
  • La subordinación de la defensa de los derechos humanos a la lucha partidaria, llegando a extremos que buscan borrar los logros en este terreno desde 1983.
  • La “batalla cultural” que busca imponer un relato único, hegemonizar el discurso público y deslegitimar opiniones diferentes, escalando la agresividad y poniendo en riesgo el mandato del “Nunca Más” ante la violencia política.

A pesar de los profundos conflictos de las últimas cuatro décadas, la república democrática argentina sigue en pie. En medio de proyectos diversos, esta Argentina plural ha demostrado capacidad de reacción para contrarrestar programas de uniformización. La esperanza radica en que, en un futuro cercano, se logre crear y sostener alternativas que profundicen la vocación republicana y democrática que da sentido a la vida en común.

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